viernes, 20 de abril de 2007

Mis viajes a Zambia: capítulo I

Jueves, 9 febrero 2006.
Hemos llegado a Kitwe, una ciudad a mitad de camino hacia Kasempa. Nos alojamos en un convento franciscano. Queda poco día, así que nos apresuramos a dejar todo en las habitaciones para dar una vuelta. Vemos una plantación de plátanos. Es la primera vez que veo una planta de plátano. La platanera se extiende ampliamente dividida en grupos por la edad de las plantas. No se trata de un árbol, no tiene tronco, Son grandes hojas verdes que se desarrollan como las palmeras, hasta llegar a la edad adulta, un año, aproximadamente, entonces nace el fruto, una flor, enorme, con colores malvas, Hay una especie de nave grande pintada de amarillo que se refleja en un estanque dormido. Es el agua para el riego, porque los plátanos necesitan mucha agua. En torno al edificio donde están nuestras habitaciones, hay frutales, sobre todo mangos y otros que no conozco. Antes de cenar tenemos tiempo para una ducha y cambiarnos de ropa. Es la primera vez que tenemos acceso a nuestras maletas, desde hace tres días que llegamos a Zambia. Nuestro alojamiento es franciscano, salta a la vista. Enseguida me acuerdo de Canedo, de Papua, de Asís. El aire es tibio, nos envuelve una atmósfera apacible, con luces amortiguadas y un silencio dulce, como una nota musical alargada hasta el infinito. Y aquí todo es más humilde, más sencillo, que me hace tener la sensación de que lo africano es la expresión más pura del espíritu de Francisco. Por primera vez, desde que salimos de Vigo, el tiempo amortigua su carrera para tomar el ritmo lento y suave del país.
Mi libreta de notas quedó olvidada en el avión de Londres a Johannesburgo. Ahora utilizo una pequeña libreta, con las hojas de colores, que me ha dado Imelda.
Aquí, en mi habitación, sobria, como todo lo demás, frente a la ventana, donde la luz se desvanece, comienzo a recordar el viaje. Todo me llega lejano, irreal, como si fuera un sueño. Hay momentos mágicos en los no se sabe si el presente es un sueño del que pronto vamos a despertar, o es el pasado, todo lo que acude a nuestra mente, como una fuga de nuestra imaginación que se ha desviado a la memoria para confundirnos.
Me llegan las imágenes del nerviosismo de los días anteriores a nuestra partida, que a medida que se acerca, precipita los acontecimientos hasta provocar una prisa que nos esforzamos en disimular algunos, pero que se transparenta en otros, hasta llegar casi a la histeria. La gente pregunta, recomienda, aconseja, te enumeran listas de ropa, de medicinas, imprescindibles. A última hora aparecen los encargos, los regalos, y las maletas engordan como si fueran globos. Hasta el mismo domingo, la víspera, me trajeron un viejo portátil, enorme y pesado para llevar. Esa noche me costó conciliar el sueño, como si tuviera sobre mi panza todo el equipaje. El lunes por la mañana quería ir al gimnasio, pero no pude. Al fin llegó la hora. Cargamos el equipaje en el coche: Una gran maleta, con ropa de algodón, casi todo camisetas de manga larga y pantalones, varias tabletas de turrón, embutidos, botas de repuesto, un neceser, mudas y calcetines. En otra más pequeña, más turrones, conservas y el portátil, luego la mochila, con alguna ropa, gorra, traje de baño, chubasquero, la cámara de DVD, la de fotos, con todos los accesorios. La mañana era fría, pero muy soleada. Me vestí pantalón vaquero, dos pares de calcetines gruesos, botas, una camiseta de manga larga y un chubasquero con chaleco interior de pana.