martes, 23 de octubre de 2007

Mis viajes a Zambia: capítulo II

En el aeropuerto esperaban los compañeros de viaje: Mauro y Marieta con su madre e Imelda con la suya. Protegimos el equipaje para facturar con una envoltura plástica que te colocan con una máquina a cuatro cincuenta por bulto. La maleta de Imelda pesaba más que ninguna, con diferencia. Entre risas nos contaba que necesitó una semana para hacerla. Al facturar, la empleada de Iberia, además de lamentarse por no poder hacer la facturación automática nos comentó que lo tendríamos crudo en Londres para enlazar con el vuelo a Lusaka, que había poco tiempo de margen ¡y eran dos horas! Gastamos el tiempo de espera en la cafetería. El vuelo se retrasó media hora. Se percibían los nervios, aunque cada cual los disimulaba como mejor podía, menos Imelda, que lo exteriorizaba todo.
Al fin embarcamos. El vuelo hasta Madrid nos dejó en menos de una hora en la inmensa T4, corriendo para buscar la puerta de embarque hacia Londres. Mi hija, que vive en Madrid y se había acercado a despedirnos, hizo el viaje en balde, porque no pudimos verla. Aquella nueva Terminal nos guiaba con señales bien claras, marcando además el tiempo que nos faltaba para llegar. Tardamos más de media hora en alcanzar nuestro objetivo. Una vez allí aprovechamos la espera para comer unos bocadillos.
Nada más terminar embarcamos. Anochecía cuando el avión nos depositó en Heathroow, con más de una hora de retraso. Sin pérdida de tiempo nos pusimos en la cola para el control policial. Otra hora hasta llegar a las ventanillas de la British donde nos darían una desagradable sorpresa, en inglés: “El vuelo a Lusaka ya está cerrado”. Nos dieron dos opciones, o esperar al siguiente hasta el miércoles o salir a las nueve en vuelo a Johannesburgo y de allí tomar otro a Lusaka. En lugar de las siete de la mañana llegaríamos a las dos de la tarde. Esta última nos pareció la menos mala y nos agarramos a ella. Nos aseguraron que las maletas viajaban con nosotros. Aunque ahora nos sobraba el tiempo nos fuimos hacia la puerta de embarque. Un nutrido grupo de viajeros, de lo más variopinto, se agolpaba ante la puerta. Abundaba la gente de piel oscura. Cuando embarcamos se nos había el mal humor por el cambio de vuelo. La nave tenía dos enormes pasillos, con tres asientos en los laterales y cuatro en el centro. Estábamos juntos en el centro, justo a continuación de una zona de servicio. La primera fila, justo delante de nosotros, se destinaba a pasajeros con bebés, porque disponían de una mesa para cambiarlos y poner la cuna. Nos coincidió una pareja joven con una niña y un bebé. Pero también detrás nuestra iba otra pareja con dos niños. Aunque después que nos instalamos y eché un vistazo me di cuenta que por todas partes nos rodeaban bebés. Me dio la impresión de que estábamos en el departamento guardería del avión. Que no se nos pusieran a llorar, pues el concierto prometía ser terrorífico. Al poco rato levantamos el vuelo, rumbo a África, para realizar el vuelo más largo que había hecho hasta la fecha. Iba a ser una noche especialmente larga y me dispuse a disfrutar de ella, minimizando los inconvenientes, para dejar que todos los elementos positivos de aquella travesía tomaran protagonismo y fueran los verdaderos animadores del vuelo. Un mini televisor incrustado en la parte trasera del asiento anterior, nos permitía visualizar la ruta del vuelo a cada instante, además de ofrecer varias cadenas de TV y radio, a través de los mandos situados en el brazo del asiento. Enseguida nos sirvieron bebidas, con unas galletitas que sabían a tomate. A las doce de la noche comenzaron a servir la cena: Una ensalada, que no probé porque me pareció que tenía mayonesa y pollo con arroz que estaba un poco picante, pero bueno. Como no hubo forma de entenderme con la azafata para que me explicara si la ensalada tenía queso o vinagre, conseguí que buscara a una azafata que hablara español: ya me hinchaba las narices que en todos los vuelos se hablara inglés, aunque estuviésemos en países de habla hispana y nadie nos atendiera en nuestra lengua. Al cabo de un buen rato, llegó una morenita que chapurreaba tres palabras de español. Total para decirme que no sabía que llevaba la ensalada y que mejor no arriesgar. La verdad es que ya se me habían esfumado las ganas. Me tomé el postre y me puse a ver la tele. Mis compañeros de viaje dormían. Dejé que las horas se deslizaran apacibles entre la película del Zorro, de Antonio Banderas, música clásica, el mapa señalizador del viaje, algún que otro lloro de bebé y los paseitos de los que iban al baño. Nos sirvieron bebidas varias veces. En el exterior la temperatura era de -40º C. y dentro hacía calor. Al sobrevolar el Sahara, turbulencias, y nos obligaron a poner el cinturón de seguridad: fue la hora más desagradable del viaje. Y casi sin darme cuenta ya volábamos sobre Lusaka. ¡Tan cerca de nuestra destino y nos alejaríamos dos mil kilómetros hacia el sur, hasta Johannesburgo!