miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XVII

Martes, 21 de febrero de 2006.
Me despierta JM diciéndome que son las cinco. El móvil no ha sonado. Lo reviso y me entero de que no estaba conectada la alarma. Hay que apurar. Recogemos a las chicas y nos vamos al aeropuerto. Llueve. Llegamos al aeropuerto un poco después de las seis. JM sube con Imelda a las oficinas de la British. Los demás esperamos junto a las maletas. Regresan con la noticia de que es posible que la maleta de Imelda esté en Madrid. Ahí tendremos que reclamar los cien dólares por los dos días perdidos en Lusaka, esperando por las maletas y luego reclamar la maleta de Imelda.
Nos vamos por la ventanilla del visado y luego la policía. Ahí nos despedimos de JM, el ya no puede entrar. Después de facturar subimos a la zona de embarque. Solo disponemos de quince dólares posteriores al 96 para desayunar. Imelda dice que no nos alcanza para el desayuno porque había visto los precios. Pero en la cafetería, un té o un café cuesta menos de dos dólares. Pedimos tostadas con mermelada. La cuenta llega a veinte dólares. Pagamos con dos billetes de diez, de los que al parecer no sirven y pasan. A mi me pareció como que la camarera se los entregada a una chica de color en la barra.
Después de desayunar, mientras esperamos, voy a una tienda de ropa a preguntar por un vestido típico africano para mi nieta. Me muestran uno muy lindo. Cuesta quince dólares y en euros me cobran lo mismo. Aquí los pareos cuestan cinco y diez euros, más baratos que en el mercadillo. La pena es no disponer de dólares, pues sería un treinta por ciento más barato. Me llevo dos y un vestido. Aun estamos con las compras cuando avisan para embarcar. Mauro se ha ido al baño.
Al fin subimos al avión. Es más pequeño que el que nos llevó a Johannesburgo. Nos tocan las filas 18 y 10 en un lateral, encima del ala. A las dos horas nos traen la comida. Es un poco temprano, pero bueno. Yo tomo pollo, ensalada de frutas, zumo, mermelada y una madalena un poco rara que sabe a manzana. Tomo té e Imelda también por error. Es demasiado impulsiva. Veo una película y pasa el tiempo. Quedan unas seis horas para llegar a Londres. Intento descansar un rato. Estamos casi a cinco mil km. de Londres. Ahí abajo queda Bossangoa. La temperatura es de 43ª C bajo cero, en el exterior, claro. Son las 11,45, hora española. No logro dormir. Termino de ver la película, sobre la vida de un músico que tiene problemas con la bebida y al final se reconcilia con su esposa. Me dedico a observar a una pareja con un bebé muy lindo, rubio y sonriente. Ella es algo redondita, con una cara simpática, aire inglés y el parece el de los Simpson: un gran cabezón con gafas. Por el pasillo camina un señor de pelo blanco y gran bigote, muy tostado por el sol, parece Livingstone. Tengo que ir al baño.
Llegamos a Londres con tiempo de sobra. Aun tenemos media hora de espera antes que nos den la puerta de embarque. Volamos hacia España. El viaje es muy tranquilo. Leo el libro de González Carvajal, que es muy interesante, sobre la globalización. Imelda duerme casi todo el tiempo. Nos ponen un bocata y una ensaladilla de frutas. El bocata lleva mayonesa y no lo tomo.
Ya estamos en Madrid. En la espera por el equipaje llamo a mi hija, que ya está esperando. Ellos se van a un hotel y yo con mi hija a su casa en Alcorcón. Tomando un té, viendo fotos y un poco de grabación se nos va el tiempo volando. Me voy a la cama a las dos y veinte. Nos levantaremos a las cinco. Me quedo dormido enseguida.

Miércoles, 22 de febrero de 2006.
Me despierta mi hija. Estoy algo atontado. Todo a correr, incluso el añorado colacao. ¡Por fin! ¡Colacao! Mis compañeros ya están en el aeropuerto. Después de facturar, ellos desayunan hasta el embarque. Aprovecho para poner al día mis notas. En dos horas mas o menos estaremos en casa. Hace frío. Hemos vuelto al invierno, después de un breve verano en Zambia. Ha llegado a su fin una experiencia inolvidable. Y lo mejor de todo es el deseo de volver pronto.

martes, 25 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XVI

Lunes, 20 de febrero de 2006.

Nos levantamos muy temprano. Me ducho rápido con agua fría. Tomo solo cacao bebido. Cargamos las maletas y salimos. Tengo molida la espalda. Hacemos el trayecto todo seguido hasta un hospital donde está una hermana de Grace que es enfermera. Solo nos detenemos unos minutos. De allí JM nos lleva a un almacén para comprar café a 20.000 k. los 250 gramos. Es caro. Compro cinco. Muy cerca de Lusaka JM compra plátanos y naranjas a los vendedores en la carretera. Son para Grace. Antes de llegar nos desviamos hacia donde vive Salomé. Allí JM pasa sus fotos a mi memoria USB. Salomé me regala un vestido tradicional para Emma, además de para Imelda y Marieta. Para Mauro y para mi, una camisa a cada uno. Le regalo una estampa del mes de Mayo, con una oración por la paz. Ella nos dice que el año que viene irá a Vigo. Seguimos camino para dejar a Grace en casa de su mamá, que es profesora. Su padre fue un alto funcionario del ejército, que murió en circunstancias extrañas, haciendo unas maniobras, nos cuenta JM. Nos despedimos de Grace y solo queda ir a recoger la llave de nuestro alojamiento en las monjas. Las chicas dormirán allí y nosotros en el mismo albergue. Dormiremos los tres en la habitación grande. De regreso a la ciudad a JM le urge ver el correo. Lo acompaño para ver el mío. Hay uno de casa y lo contesto para comunicar que llamaré desde Madrid, al llegar. Vamos al aeropuerto. Allí vamos al cambio porque Imelda quiere convertir cincuenta euros en kwachas, pero aunque el euro está a más de 3.900 cobran un quince por ciento de comisión. Subimos a la British. No hay nadie. De allí a la Zambiam airways, luego a información, seguimos a sudafricans airways. En resumen: que hay que volver a las seis de la mañana. En el Shoprite encontramos el café más barato que en el almacén. Volvemos a casa porque JM quiere darse una ducha antes de cenar. Al parecer tiene las piernas muy rozadas por el sudor. Imelda le da una crema hidratante. Ordeno más o menos la maleta para mañana y nos vamos. Atrás, sin la mochila para apoyarme se mucho peor. Para la cena JM nos lleva al pub del primer día. Marietta se pidió una ensalada, Mauro una carne guisada con Guinnes y arroz. Imelda churrasco y JM calamares fritos con patatas. Yo ceno un bistec con patatas. Ellos tomaron tarta de queso de postre. Regresamos a casa nada más terminar. Preparo la maleta y me acuesto. Pongo el móvil para las cuatro. Me pasan las horas pensando en el regreso. Algunos huéspedes llegan tarde, encienden la luz y me desvelo aún más. Me levanto a ver la hora. Es la una y cuarto. Apago la luz de fuera y JM se despierta. Se levanta y luego poco a poco me quedo dormido.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XV

Domingo, 19 de febrero de 2006.
Ha llovido toda la noche, creo que hasta hubo tormenta. Desperté varias veces. Ahora el goteo insistente sobre el tejado de uralita me parece un tambor que interpreta una monótona danza africana. Al amanecer me levanto. Cuando entro al retrete me cruzo con Grace, que viene de la ducha. Me enjabono bien y me quedo un buen rato bajo el agua. Pienso en Vigo, en el aeropuerto, en mi esposa esperándome. ¡Tengo ganas de volver y emprender esta nueva etapa de mi vida! Porque este viaje será el punto de inserción de un antes y un después. Ahora estoy en la cocina, sentado, solo, pensando. A mi lado está el gato. Es el único momento en que puede estar tranquilo porque Marietta e Imelda lo ahuyentan nada más verlo. Siento una gran alegría interior, más que alegría esperanza. Pero el reflejo de la ventana me devuelve un rostro serio. ¡Tantas cosas me parecen superfluas! Es como si perdiera las ganas de hablar. Deseo el silencio. Viene Grace, que va a la misa en la ciudad. Nosotros la tendremos en español con JM. Se van levantando mientras escribo. Ya vi a JM pasar para la ducha y Marietta me ha dicho hola. Solo quiero estar tranquilo, suave, no entrar en ninguna discusión, ni en conflicto con nadie.
Ayer me dijo JM que los billetes anteriores al 96 no los aceptan aquí, ni fuera de Europa, en general. Me queda todo tan lejos. Me doy cuenta de que mi verdadero confidente, mi único interlocutor fiel es la hoja en blanco de mi libreta. Me doy cuenta lo poco que nos escuchamos. Es frecuente que alguien diga algo en medio de tu conversación, sin dejarte acabar lo que estabas contando. Aquí nadie me interrumpa. He tratado de grabar en mi cerebro todos las imágenes, porque no todo lo puede captar la cámara.
Ya han venido a la cocina Imelda y Marietta, rompiendo el silencio como si tiraran contra el suelo una botella de cristal. El pobre gato ha salido disparado. Ya no me es posible estar solo. Desayuno cacao con agua. Al terminar tenemos la misa. Es una experiencia inolvidable. Se agolpan los recuerdos: el poblado de Kaminzekenzeke, los leprosos, los niños. El sol entra con fuerza por la ventana y lo ilumina todo de repente.
Mientras esperamos a Grace, JM me explica como funciona la cuestión de poner nombre a los hijos. Por ejemplo, en el caso de Grace, ese es su nombre cristiano, pero los padres la llaman Mwila, y los abuelos tienen derecho a darle otro, un nombre tradicional, con significado. Cuando llega nos vamos. Voy detrás con Imelda y Mauro. Llegamos al mercadillo. Imelda quiere comprar unos pareos. Le digo que yo también, que cuando compre me lo diga, ya que por comprar más, seguramente conseguiremos mejor rebaja, pero no me hace caso. Encuentro un instrumento musical que me parece interesante para mi hija, se llama Marimba y cuesta unos tres euros. Después de comprar algunos pequeños recuerdos más me voy con JM que me pide le acompañe al Shoprite. Estoy deseando salir de allí. Me agobia, los puestos están muy cerca unos de otros, y no paran de asediarte para que compres. Compramos pollo, spaghetti, carne, tomates, repollo, agua y harina de maiz porque Grace nos va a preparar nzima. Regresamos en busca de los demás. JM compra una fruta que por fuera es verde y amarilla por dentro, como la sandía, me dice que son gwabas. La caminata hasta la casa, bajo el sol del mediodía se hace dura. Termino sudando a tope. Después de una ducha descanso sobre la cama hasta la comida. Grace ha preparado la comida tradicional: nzima con verdura y pollo. Me gusta, aunque la nzima resulta pesada. De postre tomamos helado. Después de comer me voy a la habitación y me tumbo en la cama hasta que Mauro me avisa para irnos. Vamos a contemplar la gran falla del río desde distintos lugares.
Todo el mundo quiere sacarse fotos. Tomo fotos y película. Realmente es impresionante sacarle fotos a Grace con estas vistas. Nos avisa de un ciempiés gigante. Espero que salga en el video. Por un camino infernal, dando unos botes tremendos, JM nos lleva a un lugar que hay sobre la garganta. Está todo decorado al estilo más tradicional, con cañas, maderas. Grace toca el tambor. Volvemos al anochecer.
Mañana es el último día. Tengo ganas de volver, de llegar a Madrid, de abrazar a mi hija, de encontrarme entre de nuevo en casa.
Al regreso hemos visto un poblado muy primitivo. Es todo tan distinto, una cultura tan diferente. No creo que se vayan de mi memoria tantas miradas. Sobre todo las de los niños. Parece que te miran hasta lo más hondo de tu mismo, allí donde eres tu y no puedes poner máscaras.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XIV

Sábado, 18 de febrero de 2006.
Cuando me levanto ya es día. JM se ha ido a decir la misa a las monjas. Después de desayunar nos vamos a un parque natural que hay cerca. Enseguida vemos impalas, cebras y monos, sobre todo. También hay hipopótamos, ñus, búfalos, y jirafas. Los elefantes solo se pueden ver desde muy lejos, porque están con las crías y son peligrosos. Hace calor. Me duele la hernia. Damos vueltas y vueltas, pero no hay manera de encontrar a los rinocerontes. Les digo a mis compañeros que le voy a decir a JM que les pregunte si se lo comieron. Imelda me reprende, porque se puedan molestar los guardias del parque. Bueno, me parece una tontería, claro, como si pudieran entenderme o como si no fuera simplemente una broma que comento con ellos. Bueno, surge un pequeño roce con ella, por esa tontería, pero a partir de ahí me siento un poco aislado.


Al regreso se ponen con la comida. No tengo apetito, me basta con una tortilla francesa, un plátano y un helado. Después de una hora y media de descanso, nos vamos. El plan por la tarde es un paseo en barco por el Zambeze, contra corriente. Cuesta cuarenta dólares el pasaje, en el que va incluida la cena y toda la bebida que quieras tomar. Ocupamos una mesa. Al poco rato todos se levantan para recorrer el barco. Me quedo solo con las bolsas.
Cerca de la orilla se ven bastantes hipopótamos, pero ni un cocodrilo. Nos traen cosas para picar y bebidas. Tomo una coca-cola. Al poco rato, algunos turistas ya están bebidos. Seguro que son ingleses. El camarero pregunta a Grace de donde es y le asombra que sea de Zambia y esté con nosotros.
La verdad es que no tengo muchas ganas de hablar. Pienso en los poblados, en la gente de Kasempa, en los leprosos. En este barco lleno de turistas, paseando por el río. No puedo dejar de admirar la belleza que hay ante mis ojos, pero los pensamientos atenazan un poco mi alegría.
La cena es en bufé, bajo cubierta, pero yo no voy a buscarla. Prefiero seguir aquí, contemplando el agua, el sol bajando entre las nubes, coloreándolo todo. Es noche cerrada cuando regresamos al muelle. Dos indígenas, vestidos como guerreros, con lanza, saltan, cantan, bailan una danza de caza, creo. Nos vamos. Nadie habla y me gusta el silencio. JM nos lleva al hotel a tomar algo, junto a la piscina. La orquesta toca una melodía suave. Tomo una kastell. La música, la noche, es tiempo de nostalgias. Grace me pregunta, al verme tan pensativo, le digo: “I remember my wife”. (Recuerdo a mi esposa.) Me pregunta cuantos hijos tengo y le hago relación de ellos, chapurreando en inglés, como buenamente puedo. Ella luego me habla de sus hermanos. Uno trabaja en computadoras, otro en agricultura, dos estudian todavía, los más pequeños y ella quiere estudiar para profesora de religión.
Llega una animadora que canta, acompañada por la orquesta. Después de escuchar algunas canciones, emprendemos el regreso a casa. Al llegar, doy las buenas noches y me voy a la cama. Ellos se quedan en la cocina, cantando y tocando el tambor. Cuando Mauro se acuesta todavía no duermo.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XIII

Viernes, 17 de febrero de 2006.
Me despierto. No se la hora. Es de noche. Me levanto. Voy al baño y me ducho y desnudo me meto bajo la sábana, esperando a que amanezca, para no despertar a Mauro. Veo en mi imaginación la película de todo lo vivido hasta entonces. Cuando la luz se filtra por la ventana, me visto. Ruidos de cacharros en la cocina me indican que alguien anda por ahí. En efecto, Imelda ya está en pie. A las siete nos vamos con JM a la misa. La dice en inglés, para las monjas y nos enteramos a medias. Luego en el desayuno, JM nos indica lo que hemos de llevar. Preparo una bolsa con el chubasquero, chancletas, camiseta y calzoncillo de repuesto. Me echo el protector para la piel y los mosquitos y calzo deportivos.


Nos dirigimos a las cataratas. Voy delante con Grace. Es muy cerca. Como aún es temprano, JM nos enseña los dos grandes hoteles de lujo: el Zumbeam Sun, de estilo africano y el Livingstone hotel, al más puro estilo colonial inglés. En la cafetería y salones anexos, hay diversos recuerdos del famoso explorador, incluso fotografías: es todo un museo. Luego recorremos los jardines con muchos árboles y un césped exquisitamente cuidado, que recuerdan a Inglaterra. Hay monos por todas partes.



Caminamos hasta un mirador desde donde se ve saltar el agua de las cataratas hasta fundirse con las nubes. A la vuelta un grupo de impalas y cebras pastan tranquilos, saben que somos cazadores inofensivos, únicamente armados de cámara de fotos. Son hermosos. Están allí, quietos, posando, invitándonos a usar la cámara. Y nosotros amablemente no nos resistimos y nos damos una buena sesión fotográfica.
JM hace un buen arreglo y entramos pagando por dos nada más. Un sendero nos lleva hasta un mirador para tomar fotos, después no podremos hacerlo con tanta facilidad, pues el agua mojaría las cámaras. Se oye un estruendo formidable. Al dar la vuelta a un recodo, se ofrecen a nuestra vista, impresionantes, las cataratas. Se forman tres y hasta cuatro arco iris. El agua se precipita a 107 metros de profundidad, en una anchura de 1,7 km. La cámara es pequeña para un espectáculo tan grandioso. El agua precipitándose atrae nuestras miradas, absorbe todo nuestro pensamiento, solo soy capaz de experimentar esa naturaleza exuberante que pone de manifiesto nuestra pequeñez ante las manifestaciones de la naturaleza. En unos minutos nos desplazamos a otro mirador. Allí alquilan chubasqueros. JM había dicho que los lleváramos de casa y pero ahora los alquila. También dijo de ir en dos tandas, para unos quedaran cuidando de las bolsas. Ahora quiere que vayamos juntos, pero yo no puedo llevar las cosas bajo el chubasquero. Así que se van él con Mauro y Marietta y nos quedamos Grace, Imelda y yo. Tardan unos cuarenta y cinco minutos. En ese tiempo sacamos fotos y nos sobra tiempo para disfrutar de las vistas.
Al fin regresan y emprendemos el camino nosotros tres. Yo voy en bañador, con una camiseta y chancletas, dispuesto a mojarme. El sendero es muy estrecho, formado por pequeñas piedras, que enseguida se tornan húmedas. En cuanto salimos al exterior, una lluvia finísima y fría nos envuelve. Cada poco hay pequeños senderos que conducen a los miradores. Desde ellos el agua en plena caída parece que se puede tocar con los dedos. No puedo acercarme mucho, porque no hay protección y tengo vértigo. Estoy empapado, con las gafas mojadas impidiéndome ver. Pero más que ver, experimento el abrazo inmenso del Zambeze. Imelda lleva la máquina y se le moja. Grace se tapa los oídos y grita. Aquellos millones de litros de agua saltando al vacío para salvar la falla ahogan nuestras voces, lo llenan todo. Hemos de cruzar un puente sobre la garganta. Ahí el agua te envuelve, te llega de todas partes, por arriba y por abajo. El puente es muy seguro, metálico y con barandillas altas. Caminas despacio, por miedo a resbalar. No puedo mirar hacia abajo, pero sería inútil hacerlo, no hay nada más al alcance de la vista que una cortina de agua, es como ir dentro de una nube en movimiento, viajando dentro de la catarata misma.
Al otro lado es agradable sentir los rayos de sol. Se ve el puente que une Zambia y Zimbabwe. Un grupito hace pointing. La ruta ahora es seca. El río fluye manso y humilde por la garganta, ingenuo después de la formidable caída, como un niño que nos mira inocente. En efecto, parece increíble, que este inocente arroyo, haya sido capaz unos metros más arriba de lanzar sobre el abismo aquella tromba de agua.
Al regreso me quedo con las ganas de que Mauro nos haga una foto, pues seguro que ofrecemos una imagen única. Me calzo y visto una camiseta seca. Aun hay tiempo para acercarnos al río, unos metros antes de precipitarse para observar con asombro una corriente tranquila e inocente, que invita al baño. Nadie podría imaginar viendo el antes y el después de aquel río, que fuera capaz de una hazaña semejante. Se me ocurre pensar en que podría tener cierta semejanza con JM, nadie diría al verlo tan sencillo y humilde, que fuera capaz de realizar una actividad tan enorme como la que lleva a cabo en su misión en Kasempa. Una vez más llego al convencimiento de que la naturaleza es un gran libro lleno de sabiduría que nos enseña a leer el gran libro de la vida.
Es hora de comer. En el restaurante aprovecho para ir a los servicios a mudarme. JM me ha pedido un filete con patatas. A el le traen cuatro gigantescas costilletas de cerdo. La carne es muy buena. Hay que ayudar a JM con las costilletas. La verdad es que el agua y el ejercicio son el mejor ingrediente para un menú.
Después de la comida, nos vamos al mercadillo donde venden recuerdos. Es igual que cualquiera de nuestras ferias, pero los puestos están más cerca unos de otros, apenas hay un estrecho pasillo para pasar y te agobian con su parloteo para que compres. En cuanto saben que somos españoles, chapurrean alguna palabra en nuestra lengua para hacer más atractiva su oferta. Compro un par de cosillas, aconsejado por JM y luego, él, Mauro y yo nos vamos a la ciudad dejando allí a las chicas que disfrutan con toda aquella algarabía de ofertas y regateos. Imelda está en su salsa, se entiende a la perfección con aquel mundillo. Al regreso aun hay que esperar un buen rato por ellas.
Aún nos guía JM a otro mercado, más o menos con los mismo artículos, pero más caros. El y yo nos quedamos tomando un refresco mientras los demás compran. Marieta regresa con un tambor y otros instrumentos musicales nativos, además de algunos collares. Imelda viene sofocada y con las bolsas rebosando regalos para todo el mundo.
En la cafetería del Zumbiam Sun nos sentamos a tomar un refresco para hacer tiempo antes de la puesta de sol. Las cebras son el elemento decorativo, paseando por los alrededores de la piscina.
Desde un lugar estratégico en los jardines contemplamos la puesta de sol. Grabo con la cámara, mientras Grace, muy bajito canta. Es un postre espléndido después de un día tan completo. La capacidad de la naturaleza para asombrarnos es interminable.
En casa cenamos el resto del guiso del día anterior. Tengo prisa en irme para cama y rumiar en el silencio de la noche todas las imágenes grabadas. Alguien dijo que recordar es volver a pasar por el corazón las vivencias. Es delicioso dejar que en esta noche los recuerdos me acunen.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XII

Jueves, 16 de febrero de 2006.
Hoy viajamos de Lusaka a Livingstone. JM nos ha dicho que sería imperdonable irse de Zambia sin ver las cataratas Victoria. Nos acompaña Grace, una monjita de la misma orden que Salomé. Le cedemos el asiento delantero, acompañada de Imelda. JM nos explica que en este país es muy importante tener ese detalle, pues todavía se mantiene mucho la imagen del blanco como una clase superior al negro. La recogemos en su casa por la mañana. Después, como viene siendo habitual ya, hay que ir a un taller mecánico para arreglar la bocina. Es un gran problema viajar sin ella, porque es muy necesaria en la carretera. Aun hemos de ir al banco para cambiar. Le hemos dado dinero a JM para los gastos del viaje y algo más para comprar regalos. Antes de emprender el viaje, le hacemos una visita a Salomé, pues todavía no le habíamos dado su regalo: un frasquito de perfume. Aquí las mujeres son muy coquetas, aunque sean monjas. Salomé se lleva a las chicas al taller donde enseñan costura y les toman medidas para unos vestidos tradicionales.
Por fin nos hallamos en ruta hacia Livingstone: quinientos km. Desde Lusaka. La hernia me castiga un poco. A mitad de camino parada técnica para almorzar. Se le da fin a las empanadillas de Dany con un poco de embutido. La carretera está en mucho peor estado que la de Lusaka a Kasempa, tiene más agujeros que un queso de Gruyere y es como si viajáramos dentro de un sonajero en manos de un bebé nervioso. Mis huesos se resienten y siento como si fueran a soltarse.
Anochece cuando nos detenemos en la residencia de las monjas que será nuestro alojamiento. Es una casa de planta baja, al estilo del país, con un cuarto de baño y cuatro dormitorios. Mauro y yo compartimos uno, Marieta e Imelda otro, JM y Grace, se instalan en los otros dos. Se van a comprar comida, quedándonos en casa Marieta y yo, lo que aprovecho para darme una ducha. No hay agua caliente: ¡qué novedad! Regresan pronto. No encontraron pollo y JM prepara un buen guiso con carne, guisantes, zanahoria, fideos, tomate y cebolla. Lo cierto es que prepara bastante cantidad y sobra. Después de cenar, enseguida me voy a la cama. Estoy molido. Todo está en silencio. Ni el más leve ruido cruza la oscuridad. Apenas hemos podido ver la ciudad, aunque se parece a las que ya hemos visto. Nos hayamos al suroeste de Zambia, en la frontera con Zimbabwe, dibujada en gran parte por el río Zambeze. Esta es una ciudad turística y además histórica pues lleva el nombre del famoso explorador y misionero escocés que descubrió las cataratas más grandes del mundo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XI

Miércoles, 15 febrero 2006.
Me levanto a las cinco menos veinte, hora local. Hay agua calentando. Está solo Dany en la cocina. Aprovecho para ducharme. Cuando entro en la ducha Mauro sale vestido de la habitación. Justo en el momento de ponerme los calcetines, me da un apretón y salgo disparado al baño.
Ya todos desayunaron. Me tomo un té y una pastilla de Fortasec. Nos vamos. Dany nos abraza. El abrazo es algo especial aquí, solo se abraza en la intimidad, en familia, en los acontecimientos importantes. Como estoy mal me dejan ir delante yo solo. En Solwezi JM tiene que hablar con el obispo. Además aprovecha para que le revisen la bocina que no funciona. Allí mismo en la finca de la diócesis, hay un taller. Las chicas acompañan a JM para ir al servicio. Cuando regresa JM aun hemos de esperarle en el centro, pues tiene que ir al banco. La verdad es que el día es espléndido. Es maravilloso gozar del verano en pleno febrero.
En Kitwe se queda ChT. A falta de 300 km. Hacemos alto en la carretera para comer, igual que a la ida. Yo, por si acaso no pruebo bocado, solo bebo agua. Dany preparó empanadillas y parece que están buenas. Al atardecer estamos en Lusaka. En la residencia no hay quien nos atienda y hay que ir hasta las monjas. Por fin podemos dejar el equipaje e irnos a cenar. JM nos lleva a una pizzería. Ellos piden pizza y yo medio pollo a la brasa. Aunque es grande lo termino después de veinticuatro horas de ayuno. La pastilla ha hecho efecto y me encuentro bien.
JM necesita ver el correo, así que aprovecho para ver el mío. Hay un correo de casa. Envío uno rápido, porque el tiempo de uso es caro. Es tarde. En la residencia vemos un rato la tele, antes de acostarnos. JM, Mauro y yo estamos en la misma habitación. Al poco rato JM ronca plácidamente y a mi el calor no me deja conciliar el sueño. Pasan horas antes de caer rendido y las experiencias vividas acuden una y otra vez a mí. Creo que habrá un antes y un después de este viaje. La realidad adquiere una perspectiva diferente. El sueño me rinde al fin.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo X

Martes, 14 de febrero de 2006.
Durante la noche hubo tormenta. Me despierto a las seis menos veinte. Me levanto para acudir a la estimulante ducha fría. Lo peor de todo es que por vergüenza no canto ni grito, para amortiguar el impacto Pronto se levantan los demás. Hoy las sábanas nos han amarrado bien a la cama. JM se va al banco. Imelda lleva la ropa a la lavadora. Viene ChT a desayunar y estamos un rato de cháchara. Al regresar JM nos comunica que vamos a visitar a los leprosos. Primero se carga el furgón con sacos de maíz, almacenados en un local cercano. Después se compra aceite, jabón y azúcar en una tienda. Marieta, Imelda y yo nos acomodamos atrás, con tres ayudantes que lleva JM para cargar la mercancía. Mauro va delante. Imelda me había dicho que fuera yo solo, junto a JM, que conduce, pero Mauro se me adelantó, así que me subo con las chicas. La hernia discal molesta un poco, pero quien puede pensar en quejarse cuando uno se dirige hacia un poblado de leprosos.
Estoy un poco nervioso y el corazón se me acelera. Es la primera que voy a contemplar de cerca los efectos de la lepra. En menos de media hora el vehículo se detiene en un poblado. Al instante un nutrido grupo de gente nos rodea, sobre todo niños. Se forma un círculo y JM se sienta en el centro. Se intercambian frases de saludo y luego libreta en mano, nombra al cabeza de cada familia. Treinta y seis familias viven aquí. Les reparte a todos la misma cantidad. Las que se acercan, con un recipiente para el maíz, la mayoría son mujeres muy jóvenes, de catorce o dieciséis años.
Ya no padecen la enfermedad pero sufren las consecuencias: les faltan dedos en las manos o los pies, están ciegos. Los niños nos miran sin pestañear, con mezcla de asombro y tristeza, como si nos interrogaran. Tomamos fotos, pero cuesta arrancarles una sonrisa. Aquí solo viven los enfermos y los niños, la mayoría son nietos, los padres se han ido. Es como si en aquel pequeño lugar se concentrara la hipocresía del opulento mundo en el que vivimos.
Al terminar el reparto uno de los hombres habla, en kaonde. JM traduce y escuchamos sin atrevernos ni a tragar saliva. Nos dice que está bien que vengamos de lejos a visitarlos, pero que no olvidemos que ellos pasan necesidades. Agradecen mucho nuestra visita, pues nadie va a verlos, que solo “el father” los ayuda y el día que falte, ¿quién lo hará? Nos dan las gracias, que ellos han padecido la enfermedad, que ahora ya no son enfermos, sino gente normal.
Cruzamos el poblado a pie para acercarnos al río, donde hace poco un hipopótamo les comía las cosechas y lo mataron. En compensación tuvieron un poco de carne extra.
Ahora hay que regresar y cargar de nuevo la camioneta para ir a otro poblado, pues no podemos irnos de uno, cargados con la comida para otro. ¿Como irte de un lugar donde pasan hambre con comida? Es más cerca y son unas veinte familias. Aquí el entorno familiar acompaña al enfermo y están mejor cuidados, aunque son más pobres. Se repite la operación de reparto como el anterior. Impresiona ver como visten algunos niños con harapos. Y algunas personas en Vigo me dicen que también en nuestro país hay pobres. El más pobre de nuestros conciudadanos sería allí un potentado.
Al final también nos habla un miembro del poblado, este es ciego. Nos agradece la visita. Nos dice que les gusta y está bien que les hagamos fotos, pero que ellos también tienen ojos para verlas, así que agradecerían mucho si le enviamos alguna. En ese momento hago el propósito firme de hacer copia de todas las fotos para enviárselas por JM. A mi pregunta de quien es el que nos habla, me dice que un espontáneo.
Recorremos el poblado a pie, nos sigue bastante gente, sobre todo niños, somos un acontecimiento para ellos, un espectáculo, probablemente su mayor distracción del año. Nos muestran alguna casa con problemas, por las termitas, el pozo, con más de doce metros de profundidad. El agua se extrae con una roldada que mueven dos mujeres girando una manivela cada una. Esta operación cada vez que se necesita agua, para cocinas, para regar, para lavar, para beber. Conseguir lo más elemental aquí requiere un gran esfuerzo. A nosotros no nos llega el tiempo para muchas cosas y a ellos les sobra para casi todo, no tienen otra cosa que hacer. Su vida es un quehacer inagotable.
De vuelta en casa, JM nos da un desinfectante para lavar las manos. Hoy alubias y arroz para comer. Por la tarde duermo una siesta.
ChT nos lleva a las tres y media, hora local, al centro juvenil. Todos los jóvenes quieren jugar con nosotros y hacen grandes fiestas cuando nos ganan. Son inteligentes. Juego varias partidas a las damas y luego al billar americano, hasta que uno me gana, entonces todos lo festejan y da gusto verlos tan felices, mostrando dos hileras de dientes muy blancos. Lo cierto es que parece un grupo muy agradable de jóvenes el que allí se reúne. Llueve con fuerza.
Atardece. En casa los niños nos quieren cantar la Rianxeira. Han aprendido los gestos que les enseñaron Imelda y Marieta. Los grabo con la cámara. Hacemos una foto con Dany y se apuntan todos. Marietta me pide la maleta pequeña y preparo un poco la grande. Es la última noche. Da pena marcharse. Sabe a poco, queda hambre de estar aquí, aunque JM siempre está ocupado y no es fácil moverse solo por aquí.
Anochece. JM me firma el convenio por cinco años con la Fundación.. Nos sentamos a cenar. JM no está. Hay arroz, alubias y salchichas. Vemos un rato la tele: están pasando los juegos olímpicos de invierno: patinaje artístico. Vamos desfilando para la cama, de uno en uno, a intervalos: JM, Mauro, Marietta, ChT y yo que paso antes por el baño. Se queda Imelda sola con la tele.

martes, 18 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo IX

Lunes, 13 febrero 2006.
Me levanto a las cinco. Después de asearme y vestirme puedo oír a Imelda que se está duchando. Todavía falta un buen rato para el desayuno y ocupo el tiempo escribir. Internet no funciona, esto es frecuente. No recibí contestación de casa, así que no se si ha leído mis correos. Espero verlo en Lusaka. El cielo está despejado, hará calor. Desayunamos la dieta ordinaria: pan, mantequilla de cacahuete, mermelada de guayaba, cacao con agua y una gota de leche. Imelda le arregla las uñas de los pies al compañero de JM. Mauro no se donde está, Marietta lee “El ciervo” y yo sigo escribiendo. Mi pensamiento vuela a Puenteareas, al verano, a los días largos, al calor. Me imagino a los niños de aquí correteando por la finca, descalzos; seguro que mi hierba silvestre les parecería una alfombra de seda. ¡Qué estupendo tenerlos allí de vacaciones! Pero ¿sería bueno para ellos? Conocer algo y no volver a disfrutarlo.
Aquí la vida, aunque a ritmo lento, también se desliza entre los dedos. Si yo hubiera conocido esto con menos años, pero no puedo retroceder en el tiempo. Lo que ya se ha vivido, se ha gastado y solo nos queda gastar mejor lo que resta. Este es el capital del que todos disponemos: el presente. Gastar cada momento del mejor modo posible, hacer feliz a alguien, ese es el banco que mejor interés nos da. Este niño que está enfermo, Mutare, tiene hipotecada la existencia, limitada a unos pocos años y nosotros vivimos con una esperanza ilimitada. Me hubiera gustado que mi esposa estuviera aquí, pasear con ella, sentir su mirada sobre estos niños, ver su sonrisa tan llena de bondad, derramada sobre estas pieles morenas que reciben el cariño con avidez insaciable. Son ingenuos, me dice JM, se lo creen todo. Y pienso si esa no es la mejor forma de vivir, si la confianza no es generadora de un bienestar de otro modo inalcanzable. Creer en el otro es sentirse seguro y si alguna persona pierde la confianza en nosotros ¿cómo podrá recobrarla?
Hay experiencias en la vida que regeneran y está pienso que es una de ellas. El camino recorrido hasta aquí con baches y tropiezos forma una experiencia enriquecedora. No se puede renegar de la propia vida, porque somos como los caracoles, que construimos nuestra casa con todo lo que vivimos y hemos de llevarla a cuestas ¿Cómo conseguir que no pese? O bien la casa es ligera o el que la lleva es tan fuerte que no le supone un esfuerzo imposible y doloroso llevarla. Lo vivido no puede cambiarse, así que si la casa es pesada, no queda otro remedio que ponerse en forma para transportarla sin sucumbir bajo su peso. La mañana, esta mañana está formando parte de mi vida, pronto se convertirá en recuerdo, pero ahora que lo estoy viviendo he de poner todos los sentidos en tensión para no dejar de percibir cuanto acontece, para enriquecer precisamente esos recuerdos. Paciencia e impaciencia, todo a la vez. Paciencia para esperar que los acontecimientos se sucedan, sin pretender dominarlos. Impaciencia para no perder la oportunidad de enriquecer el presente con acciones que de no tenerlas hacen hueco, un vacío difícil de llenar.
Son las nueve, nos vamos con ChT, el compañero de JM. Nos lleva en su vehículo, un mitsubishi que no es suyo sino prestado. No tiene cubierta atrás y ahí van las chicas, tomando el sol. Mauro y yo vamos delante. Primero nos enseña el centro juvenil. Son dos edificios de ladrillos. Confeccionados con una máquina propia. El proyecto se llama Kadida y pretende que haya formación y ocio. ChT nos explica que son necesarios dos locales más para completar, cuyo coste está sobre los 4.000 euros. Nos muestra la máquina que hace los ladrillos. Es un armatoste en apariencia sencillo, pero el problema que tiene es que se necesita ser un experto en manejarla, eso añade el coste de un técnico para contratar la máquina, por lo que no resulta muy rentable. Desde allí, por una carretera de tierra, infame por las lluvias vamos a la guardería, constituida por dos casas. En una de ellas, en lo que sería el comedor, están los niños con la profesora, la otra es la vivienda de esta. Necesitan construir otro edificio porque pretenden que sea un centro de acogida diurno, con comedor. Los niños son huérfanos por el SIDA, su pizarra son las paredes. A la vuelta Mauro y yo subimos atrás. Se disfruta del aire libre, aunque es preciso sujetarse bien con una mano para no caer y con la otra evitar que el viento te lleve el gorro.
ChT nos lleva a ver la casa que está haciendo para su hijo adoptivo Marlon. Es hermosa y con una gran finca. Allí el terreo no se compra, se consigue una concesión por un largo periodo, que se puede prorrogar. Al regreso Mauro y yo fotografiamos el molino de la misión, una de las dos fuentes de ingresos de la misma, la otra es el autobús, porque allí, cada uno tiene que valerse por si mismo, no se reciben ayudas externas, cada misión, cada diócesis tiene que ser autosuficiente. Al poco rato es la comida. Después JM se queda dormido en el salón, Marietta lee, Imelda se va a la Kimsansha, Mauro mira las fotos de su cámara en la sala. Me entran unas ganas irresistibles de regalarme una siesta. Estoy un buen rato sobre la cama, hasta que JM nos avisa que a las tres y media subiremos la montaña que hay frente a la misión. Se llama Kamusongolwa.
Nada más salir a la carretera un camino recto llega hasta la base de nuestro objetivo. Nos acompañan dos nativos con machetes, porque dice JM que es posible que haya maleza por las lluvias, así que nuestra expedición es como un pequeño safari. Cerca ya del destino, nos desviamos por un camino estrecho entre maizales. Caminamos en fila india. El sol es fuerte. Comienza la pendiente. Ellos apuran y me cuesta aguantar el ritmo, me entra la fatiga, me falta aire. El último tramo es entre rocas. El pantalón se me pega a las piernas por el sudor. Los diez metros finales, casi verticales, se hacen interminables. Cuatro niños de la misión, que nos han seguido, llegan antes que nosotros y se mueren de risa con nuestras fatigas.
Desde la cumbre la vista es inmensa, el país es muy llano. Vemos perfectamente la misión desde allí y todo Kasempa. Apenas hay donde poner los pies en la roca. Marietta descansa bajo un paraguas de colores. Tomamos las fotos de rigor para el recuerdo. Luego la bajada es muy rápida. Cuando llegamos a casa estoy empapado en sudor. Es un alivio tomar una ducha caliente, la primera desde que estamos en Kasempa.
Marietta e Imelda arreglan los pantalones deportivos de JM, porque le quedan largos. Esperamos por el para cenar. Hay judías con huevos cocidos. Tras un poco de sobremesa, nos vamos a la cama: estamos agotados.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo VIII

Domingo, 12 febrero 2006.
Me levanto poco después de las cinco. La casa está en silencio. Me arreglo con calma. Para cuando termino JM e Imelda ya se han levantado. Después de ducharse JM se va la luz e Imelda no puede calentar el agua. Son divertidas sus protestas. En el desayuno pruebo la mantequilla de cacahuete con mermelada de guayaba. No está mal si pones poca mantequilla. Llueve seguido y es muy probable que no cese en todo el día. Cuando falta una hora para la celebración nos vamos al templo. Hay que usar los chubasqueros, aunque no son más de veinte metros, te empapas.
Comienza a sonar la música y el coro, dirigido por Dany, el cocinero, entona el canto de entrada. Un grupo de baile, formado por diez niñas inicia la procesión hacia el altar. Menudas y graciosas, avanzan moviéndose al ritmo que marca la melodía. Visten falda larga hasta un poco más arriba del tobillo, de color gris azulado. Cubren la cabeza con un pañuelo y usan como calzado medias blancas. Al llegar al altar, se abren hacia ambos lados del altar para dejar paso a seis monaguillos, que vienen imponentes, con alba blanco y capote verde oscuro.
Grabo con la cámara, sobre todo las actuaciones del coro y el grupo de baile, que es lo más diferenciado con nosotros, pero queda bastante oscuro porque seguimos sin luz eléctrica y el día está muy oscuro. Al parecer, cuando hay tormenta la caída es frecuente.
Las canciones y bailes son diferentes a los de Kaminzekenzeke. Tienen un repertorio muy amplio, que usan en toda la misión, compuesto por ellos mismos, en kaonde.
Es todo un espectáculo ver a Dany dirigiendo, con su chaqueta blanca y pantalón oscuro. Las voces son magníficas. La gente canta muy bien, en general y el ritmo lo llevan dentro: todos se mueven al son de la música. En las ofrendas hasta traen una gallina. Al final, JM nos presenta a la comunidad. Ha dejado de llover. La gente nos saluda fuera, nos presentan a la superiora del convento de monjas, a la secretaria y el director del consejo parroquial, o algo así. Nos vamos para casa.
JM me llama para presentarme a un muchacho. Es huérfano de padre y madre, obtiene las mejores notas del colegio y se le ayuda a través de la Fundación, pero habrá que mantener la ayuda más tiempo porque aún le faltan tres cursos para comenzar la formación profesional. Como es domingo no cesan de venir personas para hablar con JM, quien le trae correo para una moza que vive a setenta kilómetros, quien le viene a decir que quiere casarse, que una mujer en tal poblado acaba de quedarse viuda. El es lugar de encuentro, enlace entre la gente, correo, guía y consejero, amigo y jefe. Vemos un rato la tele antes de la hora de comer, mientras Imelda le corta el pelo al compañero de JM. Comemos arroz, huevos y salchichas. JM en lugar de los huevos se abre una lata de calamares. Allí la conserva es un majar exquisito.
JM se va a dormir la siesta, Imelda peina a su compañero con un encrespado de esos tan modernos. Marietta lee, Imelda lava la ropa y luego la acompañamos Mauro y yo a tenderla al aire libre, en unas cuerdas muy altas para ella.
Llega una señora que al parecer es la mujer del Ministro de Turismo y medio ambiente. Avisan a JM que se va a atenderla. Dany le prepara algo de comer. Marietta, Imelda y yo nos vamos a dar un paseo por la carretera. Menos mal que llevo el gorro. El calor es mortal y como vamos a buen paso enseguida me empapo en sudor. Caminamos media hora, pasando por delante de correos, el hospital, la policía y un buen trecho en dirección a Solwezi. En todo momento nos cruzamos con gente que camina,
Al regreso JM prepara la cena, pues vamos a celebrar su cumpleaños. Nos dice que vayamos a casa de Dany, donde está reunida la comunidad cristiana hablando de algunos temas. Que no nos preocupe que no entendamos, que él nos explicará luego.
La casa de Dany es la primera que se ve fuera del recinto que pertenece a la misión. Fuera de la casa, bajo unos árboles están reunidos hombres y mujeres. Ellos sentados en bancos y ellas en el suelo, descalzas, sobre unas esterillas. Tres de las mujeres tienen niños de pecho a los que dan de mamar cada vez que ellos lo piden. No importa que sea el suyo o no, los niños maman de cualquier madre. En kaonde, la palabra para llamar a la madre, es mama. Pero esa palabra no designa a la madre biológica, sino a cualquier mujer de su familia que cuida del niño, una hermana, una tía, una prima. En total son trece mujeres y diez hombres. En una mesa, uno de ellos toma notas, como si levantara acta de la reunión. Mientras uno habla, el resto escucha y al terminar hacen comentarios o se ríen, a veces a carcajadas. Dany nos dice que podemos tomar fotos si queremos. Al final nos piden que les contemos cualquier cosa que deseemos. Mauro algo les dice de nos gusta estar allí y conocerlos, que aunque no halamos su lengua nos entendemos. Me hubiera gustado decirles algo, pero me cohíbe el saber poco inglés y no saber expresarme bien. Los hombres se levantan y entran en la casa mientras las mujeres cantan y bailan. Dany les reparte “mirindas” que ha llevado de la casa.
Regresamos. Marieta se va a la Kimsasa con una libreta. Enseguida la rodean los chiquillos que le van diciendo en kaonde las partes del cuerpo. Se ríen pícaros cuando le dicen la palabra “culo”. Allí no son palabras que se dicen. Los niños son iguales en cualquier lugar del mundo. Nos inundan de palabras y palabras. Nos piden que les hagamos fotos, pero les digo que no, que ahora la máquina está descansando. No se molestan. Siempre aceptan las cosas si no levantas el tono de voz ni te enfadas. Juegan con una pelota pequeña deforme, hecha de restos de distintos materiales. Me recuerda a las pelotas de papel que me hacía cuando era niño. Cuando les digo que mi nombre es Suso, les hace mucha gracia. Luego utilizan ese nombre en sus juegos. Entre ellos está el pequeño que tiene una enfermedad que le come los glóbulos rojos. JM nos ha dicho que morirá en unos pocos años. Es probable que con un trasplante de médula pudiera salvarse, pero costaría mucho dinero. Es duro tener que elegir entre salvar a muchos o a uno solo.
En ese momento, alejado unos metros del bullicio de los niños, contemplándolos, pienso que aquí, en nuestro país, tenemos tantas cosas. Aquí siento la relatividad de las cosas. Casi nada es necesario. Es cierto que prescindimos de muchas cosas sin gran esfuerzo, pero es porque solo es durante unos pocos días. ¡Qué tendrá esta gente en sus casas! Muy poco, desde luego, cuando toda su vida la hacen al aire libre.
Atardece, el sol se oculta con rapidez tras los árboles. Los niños se despiden, nos dicen “kuja akurara”, cuyo significado nos explican con gestos: “a comer y a dormir”. También a nosotros nos espera la cena. Ponemos la mesa para ocho, porque vendrán el ministro con su esposa. Pero no esperamos por ellos. JM nos explica que no es correcto esperar por alguien para cenar. Ellos cuando lleguen se incorporan sin ningún problema. Nos preparó una ensaladilla de atún, con guisantes, zanahorias, patatas y huevos cocidos, sin más aceite que el de la lata. Aparte, en un tanque, tenía una salsa que el decía “de la abuela”, con vinagre, cebolla y aceite, para que cada uno se sirviera a gusto. Después, patatas fritas y lengua estofada, también una receta de la abuela. De postre turrón y piña. Una auténtica cena de lujo para celebrar un cumpleaños. Imelda coloca las velas para JM sobre una piña. Justo cuando hemos acabado, llegan el ministro y su esposa. Es una persona cordial. Ella apenas habla. La conversación se la reparte entre el, JM y su compañero. Mientras ellos comen picamos algunos cacahuetes. Tomamos algunas fotos, no todos los días puede uno hacerse fotos con un ministro. Enseguida se van. Nos quedamos fuera, un buen rato de tertulia mientras unos toman café y otros, como yo, un té. La noche es hermosa. Antes de acostarnos aún podemos ver como el Barça que pierde con el Valencia. El Celta gana y está de quinto.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo VII

En la homilía JM se dirige a la gente, es como si entablara un diálogo con ellos: se ríen, comentan, exclaman, contestan, aplauden. En muchos momentos de la celebración alguna mujer lanza gritos haciendo vibrar la lengua con el paladar, algo parecido a nuestros “aturuxos”. En el momento de la paz JM va por todos los bancos dando la paz a todo el mundo. Para un pueblo en el que el contacto físico no es frecuente, este gesto alcanza mucha trascendencia en su cultura. Se hace patente que en la comunidad creyente todos se hermanan y este gesto de darse la mano adquiere una dimensión muy significativa de cómo Dios forma parte de su vida, de su intimidad, de la familia, es el Dios amigo, el amor fraterno que se hace visible.
Cuando se termina la celebración hay como una especie de reunión en el mismo templo. Uno de los presentes, sube al altar y habla, es como si diera las noticias, los avisos, es como una crónica local de la comunidad. En un momento se dirige a JM. Según él nos explica le pregunta que quienes somos nosotros y el se lo explica y al nombrarnos a cada uno, tenemos que ponernos de pie. El cronista agradece nuestra presencia y manifiesta el deseo que la comunidad tiene de saludarnos. Hemos de ponernos de pie, a la vista de todos, en el centro y todo el que quiera se acerca a saludarnos. Vienen en procesión, cantando y nos van dando la mano, haciendo una graciosa reverencia al saludarnos.
Cuando salimos del templo, JM nos dice que vamos a comer en casa de una familia. Vamos caminando, rodeados de bastante gente. Somos la noticia del día.
La casa es rectangular, de ladrillos de barro, como todas. Entramos en una estancia casi cuadrada. Han puesto asientos alrededor de la mesa. Una mesa pequeña, como las que usamos de centro en el salón de nuestras casas. No es una mesa de comedor como acostumbramos a tener. Tal y como estamos, de pie, mientras la mujer sostiene una pequeña tina, el marido nos echa agua caliente en las manos, para lavarnos. La comida ya está en la mesa. JM nos va explicando. En una cazuela hay pollo, “atlético”, nos dice, porque está criado al aire libre. Está guisado con abundante salsa, cuyo componente básico es tomate. En una fuente hay una masa, como de bechamel, de harina de maíz, que se llama nshima. En un cuenco hay verduras. Es la comida tipica del país, la nshima acompañada de verduras y carne o pescado. En este caso nos han ofrecido lo mejor que tienen: al ofrecernos pollo nos están dando de comer una exquisita fuente del mejor marisco. Tenemos que aprender a comer y miramos a JM. Cada uno tenemos un plato sobre las rodillas, se sirve un trozo de pollo, una porción de nshima y verduras. Con las manos, naturalmente, no hay cubiertos. Se toma una pequeña porción de nshima y se amasa entre los dedos, hasta conseguir una especie de pequeña torta, con ella se pueden coger las verduras, actuando como tenazas y mojar la salsa. Antes de volver a servirse hay que dejar el plato bien limpio. No es correcto dejar nada de salsa en el plato. Es importante comer las mollejas del pollo, porque consideran que es el bocado más exquisito, reservado para el huésped. Sería de mal gusto no comerlas. Cuando ya todos han comido, se vuelve a repetir la operación del lavado de manos con el agua caliente. Entonces, con las manos limpias se puede beber. Se bebe agua. Nosotros tomamos de la que JM ha traído de casa, que está filtrada. Lo más peligroso es el agua de cada lugar.
Durante la comida, oímos fuera los niños que están muy atentos a todo lo que sucede dentro y en cuanto oyen alguna de las palabras que decimos y les gusta, la repiten continuamente. Cuando salimos fuera, gran parte del poblado está allí. Tomamos algunas fotos con ellos, hasta que llega el momento de la despedida. Los niños nos siguen corriendo un buen rato, saludando con las manos.
En el camino de vuelta, saltando dentro del vehículo, por los socavones, voy pensando en todo ello. Son tantas las vivencias, las emociones vividas, que me parece que en lugar de rebotar en cada desnivel del camino, contra una superficie dura, floto entre algodones o viajo entre nubes. La experiencia ha sido inolvidable. No se va de mi pensamiento la luz del sol que se filtraba entre las rendijas de la uralita, en aquel templo de barro, el mantel sobre el altar, limpio, raído, con algún agujero, los cantos y bailes, los niños sentados en el suelo, descalzos. Creo que nunca sentí con tanta fuerza mi fe en el Dios de Jesús, el Señor que enaltece a los humildes y humilla a los poderosos.
De regreso en la misión, descansamos un rato antes de ir a dar una vuelta. Aún aprieta el sol, cuando nos acercamos al núcleo urbano. Me sonrío al poner esto de núcleo urbano, porque uno puede pensar en calles, con edificios y aceras, pero aquí no hay aceras ni calles, solo tierra y pequeños barracones de barro con pinturas en la fachada. Por el camino vemos unas gallinas africanas y un colegio de infantil. JM entra en un establecimiento para comprar una tarjeta de teléfono y al salir viene acompañado de una joven que luce una peluca muy brillante. Las mujeres son muy coquetas y les encanta lucir peinados diferentes, pero como sus cabellos son tan difíciles de manejar, no tienen problema en usar una peluca. El nombre de la joven es Belinda, una de las primeras becadas por la Fundación, nos dice JM. Es guapa, culta, estilizada y muy elegante. La elegancia es innata en la mayoría de las mujeres en Zambia. Belinda gracias a sus estudios tiene un buen trabajo y es independiente, algo muy importante aquí, pues de otro modo, por el he hecho de ser mujer, podría verse sometida a los requerimientos de cualquier hombre soltero. En esta sociedad tan primitiva, la vida es injusta, sobre todo con los más débiles, mujeres y niños.
Belinda se viene con nosotros a tomar un refresco. Nos reímos un buen rato con los esfuerzos de Imelda para explicarle como arreglarse las uñas. La joven solo habla inglés y kaonde. Nos dice que le gustaría tener un novio español. ¡Mira que graciosa! ¡Y a muchas! Tiene la edad de mi benjamín. Es maestra y JM nos cuenta que hubiera podido ir a la universidad, pero la competencia en la ciudad es muy grande.
Llegamos a la misión y Belinda se despide, vive muy cerca. Enseguida acuden los niños y posan para su sesión de fotos. Como premio, nos cantan “A Rianxeira” que aprendieron de dos visitas que tuvo JM. Nos piden caramelos, pero JM nos explica que hay que ser prudente a la hora de darles algo, pues se les crean unas esperanzas que luego no serán cumplidas, cuando nos vayamos. En una palabra, que no hay que comprar el afecto con regalos. Nos cantan muchas canciones, hasta su himno nacional. Luego bailan y bailan hasta que es de noche y se van a cenar. Nos dicen muertos de risa “kuja nekulala”, “a comer y dormir”. También nosotros hemos de ir a cenar. Dany nos ha preparado carne con patatas fritas y piña de postre. JM abre un turrón de mazapán. ¡Cómo le gusta! Se nos acaba la tableta en un abrir y cerrar de ojos. Imelda le dice que guarde algo para otro día y el contesta riéndose a carcajadas: “No que se puede estropear”. “También se te puede estropear la carne y la guardas”. “Cierto, pero la carne la puedo comprar y el turrón no”.
Tras la cena nos sentamos en la kimsasa de cháchara. Más tarde se nos une su compañero en la misión. La noche es muy hermosa, cuajada de estrellas. A eso de las nueve nos vamos para cama.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo VI

Sábado, 11 febrero 2006.

Me despierto antes de las cinco pero no salto de la cama hasta las y media. Me voy directamente a la ducha. El agua está fría. Imelda también se ha levantado y JM. Después de vestirme escribo un poco en el diario hasta el desayuno. Hoy vamos a ir a un poblado. Mi corazón palpita fuerte, porque al fin nos encontraremos con un lugar apartado, lejos de la civilización, en lo más profundo del rural africano. Cargo en la mochila la cámara de DVD además de la de fotos. Voy atrás, con Mauro. La carretera es un sendero ancho, de tierra, con unos desniveles impresionantes. Mi hernia se resiente, pero se soporta con otro talante el dolor cuando ves a la gente que camina, la mayoría descalzos. Muchos nos saludan al pasar. Lo peor de ir atrás es que no puedes escuchar las explicaciones que va dando JM.
Se tardan dos horas en llegar a Kaminzekenzeque, que es nuestro destino. El coche se detiene delante de la iglesia: un edificio rectangular, con ladrillos de barro y tejado de uralita, al más puro estilo zambiano. Enseguida nos rodean los niños, que brotan de todas partes, la mayoría descalzos, con la mirada sorprendida brillando es sus enormes ojos y sin dejar de mostrar dos hileras de dientes blanquísimos. Somos la novedad, lo exótico, ellos no están acostumbrados a ver más blancos que a JM cuando los visita, unas ocho o diez veces en el año. No da para más, hay que visitar sesenta poblados como este durante el año, algunos a mayor distancia todavía. Nos presenta al catequista, que se llama Kisambala; nos sonríe, extiende su mano y nos alegra poder saludarle en kaonde.
Comienza la divertida e interminable sesión de fotos, A los niños les fascina que su imagen quede captada en un pequeño aparato de metal, como un televisor miniatura. Posan sin parar, componen figuras muy graciosas, se colocan delante de la cámara y gritan: “Photo, photo, me”. Al mostrarles la imagen en la cámara, se ríen, gritan, hacen aspavientos y se vuelvo a poner para que le hagas otra. “Photo, photo, me”. Son incansables, como todos los niños.
JM nos muestra las construcciones típicas de un poblado: la Kimsasa, ya familiarizados con ella, porque es esa especie de choza redonda, cuyas paredes no se levantan más de un metro: lugar de reunión para charlar, para comer, para cantar; a pocos metros hay una especie de mesa no muy alta, para secar los cacharros de cocinas y otra más alta y alargada, para secar el maíz.
Llegan las mamás con sus bebés sujetos a la espalda o al pecho. Tenemos otra sesión de fotos. Todos quieren estar en primera fila. JM toma un bebé en su colo y luego me lo pasa a mi. Es precioso, vestido de rosa, un verdadero bombón. Las mujeres se ríen viendo lo bien que está el bebé en mis brazos. En mi recuerdo se almacena un verdadero álbum de sonrisas, ojos grandes, pies descalzos, bebés, sobre un fondo azul, marrón y verde.
Le pregunto a JM cuando comienza la celebración. “Cuando se reúna la gente”, me dice. A la puerta de la iglesia alguien toca un tambor llamando a la gente del poblado. La gente se prepara, viste sus mejores galas y acude a la llamada. Al cabo de un rato Kisambola nos indica que le sigamos. Junto a los muros de la iglesia, JM, sentado en una banqueta, confiesa a una joven. Hay una larga fila detrás, la mayoría jóvenes. Es una bella estampa, el sacerdote revestido de blanco, con su estola, sentado en una rústica banqueta, y frente a él, de rodillas en el suelo, el penitente. Es la representación viva de la parábola del Hijo pródigo.
Guiados por el catequista entramos en la iglesia. Algunos bancos ya están ocupados por el coro, que ensaya los cantos y los niños, que están en todas partes. Los niños están en todas partes. Ensayan las canciones. Al hacer ademán de sentarnos en el último banco, el catequista nos hace seños: tenemos reservado un lugar junto al altar. Al caminar por el pasillo, bajo un tejado de uralita, por donde se filtran algunos rayos de sol, entre aquellos toscos bancos, donde se sientan los fieles, oyendo aquellas voces, una emoción fuerte se apodera de mi, el corazón me late con fuerza, los ojos me arden y tengo que hacer un gran esfuerzo mental para que las piernas me obedezcan y caminar hasta mi sitio.
En los primeros bancos, a la izquierda, está el coro, formado casi todo por mujeres, algunas con sus bebés. Un muchacho dirige. A la derecha están los niños y detrás ya siguen los demás. Nosotros cuatro, junto al altar, estamos a la vista de todos. Los instrumentos musicales son artesanales y forman un conjunto armónico con las voces que no solo es de gran calidad, sino que además lleva dentro de si esa fuerza que solo tiene quien siente y trasciende aquello que hace. Comienzo a grabar con la cámara. Tengo que controlar los sentimientos para hacerlo, porque quisiera disfrutar sin otra preocupación de esta experiencia me aporta, pero no puedo evitar responder a la necesidad que siento de comunicar a otros lo que veo y vivo, aunque ya desde ahora sepa que lo que recogerán las máquinas estará muy lejos de la realidad que experimentamos. Claro que, en el futuro, cada vez que vea las imágenes grabadas, mi corazón se acelerará con el recuerdo.
Aun transcurre más de media hora antes de iniciar la celebración. El recinto se ha llenado. Los niños ya no caben en los bancos y se desparraman por el suelo, la mayoría descalzos, unos con la ropa hecha jirones, otros con mejores ropas, alguno con el dedo en la boca y los mocos colgando. Una niña aparece embutida en un vaporoso modelito rosa, como arrancada de una ilustración de “la cabaña del tío Tom”.
Se inicia la procesión de entrada con un grupo de adolescentes que avanzan bailando, mientras el coro canta sin dejar de moverse al ritmo que marca la música y su director que baila con todo su cuerpo mientras dirige con los brazos. El cuerpo de baile avanza hasta el altar y allí se abre hacia los lados, sin cesar la danza. Detrás llega el grupo de mujeres, con blusas blancas y faldas hasta el suelo, adornadas con círculos azules, que llevan una inscripción en su contorno que dice “catholic women”. Comienza la celebración. Es una verdadera fiesta: música, cantos, bailes, lecturas, unción y sobre todo la comunidad que participa y vive este momento desde su propia identidad, uniéndose la cultura más primitiva de este pueblo con la liturgia de una celebración que no impone nada diferente a como ellos son. Aquí la realidad cultual se une magníficamente a la realidad cultural. Por eso, ellos y nosotros, tan diferentes, podemos celebrar lo mismo y en este momento nadie es extraño, cada uno de los presentes siente el cobijo de un hogar común.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo V

Me desperté un poco antes de que sonara el despertador de JM. El se levantó y se vistió sin duchar. Yo me fui a la ducha y al salir desperté a Mauro. Tuve que volver a poner la camisa del primer día. Nos fuimos a buscar a las chicas y de allí a la estación. Cuando llegamos aterrizaba el avión de Londres. JM se fue para reclamar, mientras Imelda trataba de ver la cinta de las maletas.
-¡Ya vi tres maletas! –Grita.
Pero falta una, la suya precisamente. Nos quedamos Marietta y yo fuera, esperando: la maleta de Imelda no apareció. A JM le dieron cien dólares por el atraso de las maletas y a continuación hizo la reclamación de la de Imelda. Después del desayuno en casa nos fuimos para que Imelda comprara algo de ropa. Quedamos esperando Mauro y yo, no se puede dejar solo el vehículo cargado con las maletas. No soy capaz de conversar mucho con él, es tan callado, no le arranco mucho más que monosílabos. Tardaron algo más de una hora.
El aparcamiento estaba junto a una franja de terreno con hierba. Dos hombres la cortaban con una especie de machetes largos balanceándolos como péndulos. No tenían prisa alguna. Otros dos llenaban sacos con la hierba cortada. Apareció una dama blanca, de aspecto anglosajón, con la tez muy blanca, metida en carnes y en años. Hablaba muy deprisa con uno de los trabajadores, gesticulando mucho con las manos. Después comenzaron a cargar los sacos de hierba en una camioneta. Es como si les hubiera comprado el fruto de su trabajo. Entretenido con esto el tiempo de espera y el calor se hicieron menos pesados.
A las doce, hora local, regresaron los compradores y emprendimos la marcha hacia Kasempa. Hay ochocientos kilómetros por carretera. En el primer tramo fuimos Imelda y yo delante, hasta que paramos a comer en el camino, de pie, fuera de la carretera, las sobras de las compras de ayer para la cena. Luego nos turnamos, Imelda y yo nos arreglamos con las maletas. Llegamos al atardecer al convento franciscano de Kitwe, el lugar para dormir. Las habitaciones se parecían un poco a las de Canedo, aunque estas eran más rústicas. La penumbra, el recogimiento, el silencio de la casa apaciguaron toda nuestra prisa. Me pareció que el corazón latía a un ritmo más suave. Antes de anochecer JM nos enseñó la plantación de plátanos. Luego tuvimos tiempo para tomar una ducha y mudarnos. Al fin teníamos las maletas y ropa limpia. Nos llevó a cenar a un restaurante muy coqueto. Me parecía estar viviendo una novela de aventuras en África. Me tomé otra chuleta con dos cervezas. La noche era muy agradable y la cena más, en buena compañía, con música suave de fondo y el cielo cuajado de estrellas.
Pero aquí todo cambia rápidamente. En el regreso se desató una tormenta con lluvia torrencial y gran aparato eléctrico, una verdadera fiesta celeste. Estuvo lloviendo toda la noche. Antes de acostarnos tuvimos un buen rato de tertulia en un salón del convento. Esa noche me costó dormir con el ruido de la tormenta. Echamos un insecticida y luego me acosté bajo el mosquitero. No hacía demasiado calor. Tardé un poco, pero me dormí al fin.
Me despierto a las cinco menos cuarto. Me levanto y voy a la ducha. Hoy me puedo mudar de ropa. Como es temprano puedo anotar durante un rato en la libreta hasta ponerme al día. Me voy hasta la capilla. Creía que JM iba a decir la misa, pero estaba en un banco y me pongo a su lado. Vienen los demás: Mauro, Marietta e Imelda. Están todos los frailes y uno preside la celebración, en inglés, claro. Al salir vamos a desayunar, con los frailes. Hay café con chicoria, bizcocho de plátano, mermeladas, tostadas, huevos fritos, mantequilla. Entra un fraile, con poca pinta de serlo por la apariencia, es muy simpático y alborotador. JM me dice que es un pleiteador nato. Es un quijote, se embarca en todos los casos perdidos que le salen al paso y los gana. Un fraile anciano se sienta en una mesa aparte. Parece que anda a su bola. JM me cuenta que tiene casi cien años y es toda una historia. En su juventud vino de Escocia a Solwezi para trabajar en las minas de cobre, como ingeniero de minas, Conoció a los franciscanos y sintió curiosidad por conocer su labor, entró en el convento y se quedó hasta hoy.
Después del desayuno, nos ponemos en marcha para recorrer la última etapa de nuestro viaje. Nos detenemos a comer en Solwezi, a doscientos kilómetros de Kasempa. Es un restaurante que tiene un comedor alargado, pero preferimos comer fuera, en una construcción típica. Todos pedimos pollo salvo JM que pide cerdo. Bebemos cerveza de Zambia. Ya solo queda recorrer unos doscientos kilómetros para llegar a Kassempa. Llegamos a eso de las seis. La casa de la misión es un edificio alargado, de planta baja, con tejado de uralita y pintado de azul. Se entra por la cocina, a la derecha el comedor y de frente el salón, con una puerta que a una finca donde hay dos lugares de reunión, otro edificio para actividades y a la derecha la iglesia, construida por un polaco y que por eso tiene un parecido con las edificaciones de ese país, con materiales de la zona, claro. Cada uno tiene su habitación a lo largo de un pasillo, donde a la izquierda, en primer término está el baño, luego la despensa, el despacho y la habitación de JM. Al fondo el cuarto de su compañero de misión y por la derecha del pasillo, nuestras habitaciones, la mía es la tercera. Al descargar las maletas, acuden varios niños, al principio tímidos, cautelosos, pero luego sonrientes. Nos miran con curiosidad. Enseguida nos dicen sus nombres. Uno se llama Kristofer. Se ríen cuando les digo que mi nombre es Jesús. JM nos presenta a Dany, el cocinero. Nada más dejar las maletas, nos vamos a dar una vuelta hasta el centro “urbano”. Aquí los edificios me recuerdan esos pueblos que hemos visto tantas veces en las películas del “Oeste”, barracones, con un porche. Aquí las cubiertas son de madera y en las paredes repletas de dibujos que explican los servicios del establecimiento. Claro, aquí la mayor parte de la población no sabe leer, por eso las fachadas son comics. A JM lo conoce mucha gente. Algunos se paran y nos presenta. El saludo es “muji biepi” y la contestación es “tujitu borongo” y “borongo tu”. Sonríen mucho. Regresamos para cenar lo que nos ha preparado Dany: pollo, arroz y piña de postre. Al terminar echamos algo contra los mosquitos en las habitaciones. JM me deja el ordenador para enviar un correo a casa. Es curioso, después de escribirlo, hay que apagar el ordenador para mandarlo. Imelda lava la ropa y nos reímos un buen rato con ella, Se agradece el momento de irse a la cama. Todavía escribo durante un buen rato. Hay un gran silencio, al fin estamos en Kasempa.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo IV

Dormí poco pero me desperté temprano y descansado. A las seis ya no aguantaba más en cama, era completamente de día. Me fui a la ducha mientras Mauro dormía. JM ya estaba a pie.
Para el desayuno había cacao y café, agua caliente en una jarra eléctrica, pan cuadrado, como el que decimos en Vigo de molde, pero que en Zambia es el corriente. También un cartucho de leche, de medio litro, “solo para manchar” nos dijo JM. La leche es un artículo de lujo en Zambia.. Después del desayuno y fregoteo de cacharros nos fuimos al centro a dar una vuelta. JM tenía que ver el correo, así que entramos el y yo en un ciber mientras los demás esperaban fuera. Envié un correo a casa, aunque la víspera ya había telefoneado para comunicar la llegada. Enseguida llego la hora de comer y entramos en un restaurante de comida rápida. Marietta e Imelda se pidieron una carne hindú, Gandi y Mauro otra carne rara y yo pollo a la brasa que estaba muy bueno. Nos cobraron ochenta mil kwachas, unos veinte euros al cambio en ese momento: cuatro mil kwachas por euro. En lugar de hacer la siesta, JM nos llevó a ver cobras y cocodrilos, a un lugar a doce kilómetros, por una carretera de tierra, de lo más típico. Aquí las carreteras locales, se hacen más o menos así: Una pala excavadora levanta las hierbas, luego una apisonadora la remata. La estación lluviosa, finalmente, pone un socavón aquí, otro allá y la carretera queda lista para probar la robustez de las suspensiones. Entonces lo mejor es ir en bici o a pie. Por el camino vemos toda clase de gente caminando: niños de uniforme descalzos, con las sandalias en la mano, muchachas con pareos anudados en el pecho, portando sus bebés, hombres y mujeres que vienen o van al mercado, cargados con artículos de lo más variado, que vienen o van a trabajar al campo, que vienen o van para alguna gestión en el centro y, los menos, que regresan al hogar después de la jornada laboral. Algunos, escasos, van en bicicleta, en la que llevan cerdos, muebles, sacos de fertilizante o harina, productos del huerto, maletas enormes, bidones de agua, etc.
Tardamos unos cuarenta minutos en recorrer los doce kilómetros. Hugo que abonar veinte mil kwachas acceder al recinto. Se trataba de una gran finca, con la hierba muy cuidada y varias construcciones circulares, con tejado de paja en forma de cono, mesa y bancos. Muy cerca estaban las celdas de las cobras. Un guía nos explicaba en inglés y JM traducía. Las cobras eran pequeñas, no se movían. Todas eran altamente peligrosas, de algunas solo había el antídoto contra el veneno, en Johannesburgo, para otras no existía antídoto. Alguna lanzaba su veneno a varios metros de distancia directamente a los ojos, para cegar a las víctimas. Como las veíamos a través de un cristal era imposible tomar fotos. En una especie de fosa redonda se escondía entre unos arbustos una gigantesca pitón. El guía puso una escalera y bajó para sacarla y que nos la pusiéramos sobre los hombros como una estola, para la foto. JM fue el primero y yo detrás, a pesar de que me daba un poco de repelús. Al acariciar la piel del ofidio, la sentí suave y una sensación sorprendente, sensual, notando como los anillos se movían bajo la piel, como si percibiera mi caricia y sintiera placer en ello. A continuación nos acompañó para ver los cocodrilos. Los más pequeños, de dos y tres años, descansaban perezosos al sol, sobre las piedras o la arena, junto al agua. Abrían la boca y se quedaban así, como pasmados. Como las crías de todos los animales resultaban graciosos, aunque ya se adivinaba su peligrosidad. Avanzamos por un camino y desde un puente, sobre un lago artificial pudimos observar a los grandes reptiles. Aun desde la distancia y seguridad que nos daba el lugar inaccesible para los bichos desde donde podíamos verlos, resultaban inquietantes. Apenas se movían, o lo hacían muy despacio. Sus ojos brillaban maliciosos, con disimulo, al acecho siempre. Los que se deslizaban por el lago, apenas removían el agua en su desplazamiento. Uno abrió su boca de pronto, era como una entrada terrorífica a una caverna, en donde las estalactitas y estalagmitas se muestran amenazadoras para todo el que se aventure a cruzar el umbral. No tienen lengua y al fondo solo está la oscuridad que conduce a un almacén donde puedes encontrar de todo, ya que al no masticar la comida, en su estómago puede haber objetos variados: relojes, dientes de oro, gafas, mecheros, restos de algún turista despistado. Después de dos horas de tan “arriesgado safari”, las emociones y el sol habían resecado nuestras gargantas, era el momento de sentarnos en uno de aquellos recintos circulares para tomar una cerveza a la sombra. Regresamos a Lusaka, brincando como a la ida, dentro del todo terreno, como si nuestros vehículo fuera un saltamontes. JM había quedado con la monja para llevarla a donde vive, a diez kilómetros de Lusaka. Al regreso nos llevó al súper para hacer la compra y cenar en casa. El establecimiento no se diferenciaba de cualquiera de los que hay en nuestras ciudades, solo que abundaban algunas marcas desconocidas y aquellos productos que aquí son de mayor consumo, como la harina de maíz. La cena fue a base de jamón, mortadela, uvas y plátanos. Las chicas esta noche no dormían en el mismo lugar y JM fue a llevarlas mientras que Mauro lavaba los platos. A la vuelta aún charlamos los tres un buen rato, bajo un cobertizo. La temperatura era deliciosa. Con en el mapa de Zambia delante nos contó historias acerca de los nazis que hicieron experimentos con los bosquimanos. La tribu de los Herero, de setenta mil que eran, se quedaron en doce mil. Es triste comprobar hasta donde puede llegar la barbaridad humana. A eso de las nueve nos fuimos a dormir. JM dormía en la misma habitación que nosotros, porque el resto de los dormitorios, el suyo y el de las chicas, estaba comprometido para otra gente, ya que nuestra estancia se hubiera reducido a un día solamente sino hubiera sido por el retraso ocasionado por la pérdida de las maletas.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo III

Poco después del desayuno, comenzaron las maniobras de aproximación al aeropuerto de Johannesburgo. Ya en tierra enseguida buscamos la puerta de embarque. Una vez resuelto este requisito, nos pareció lo mejor buscar un lugar estratégicamente cerca para esperar allí el momento de salir hacia Lusaka. Ocupamos un banco al final de un pasillo repleto de tiendas y justo frente a los servicios. Imelda y yo dimos un paseo hasta el final del recinto. Los precios tenían una “R” al lado. Más tarde me enteré de que era la abreviatura del “rand” la moneda del país. Un euro equivale a siete rands. Los comercios me recordaban un safari, era como estar viviendo una aventura. Por fin en la pantalla apareció nuestro vuelo. Era un avión pequeño, de las African Airlines. Todas las azafatas eran de color, guapas y sonrientes. Nos sirvieron una especia de hamburguesa con queso y mostaza, así que ni la probé. Tomé un té y un botellín de agua.
Después de algo más de una hora de vuelo supuse que sobrevolábamos Zambia. Se veían grandes zonas verdes y unas líneas muy rectas que seguro eran carreteras: como si se hubieran trazado con tiralíneas. Este último vuelo se hizo muy corto. Habían transcurrido más de veinticuatro horas de nuestra partida. Aún tuvimos que hacer gala de paciencia y guardar cola para mostrar y pagar los veinticinco dólares del visado. Y allí tuvimos la sorpresa de conversar con una señora en español. Era chilena y había venido a Lusaka a un congreso. En la cinta de equipajes no veíamos nuestras maletas. Un muchacho nos indicó una ventanilla al fondo para hacer la reclamación. A la izquierda estaban las puertas de salida, desde allí enseguida vi a mi amigo que nos hacia señas. Mauro intentaba hacerse entender con la señorita de la ventanilla, mientras tanto yo le indiqué al muchacho de antes, que un amigo nos esperaba fuera, que el hablaba bien inglés. Se acercó conmigo a la puerta, habló con los guardias y pudo entrar JM. Tras una larga conversación nos enteramos que nuestro equipaje se quedó en Londres y que no llegarían a Lusaka hasta el jueves. No quedaba más remedio que esperar dos días en la capital. Al salir fuera nos inundó el sol tropical y nos dimos cuenta de que estábamos en Zambia, en el corazón del África negra. Nada podría hacernos sospechar que era un país africano, salvo que empecé a encontrarme raro, como una partícula de polvo en una taza de chocolate. En el aparcamiento, por primera vez vi de cerca el famoso todo-terreno de JM, que conocía por fotos, con su inconfundible cubierta roja, sobre carrocería blanca. Era fácil localizarlo en un aparcamiento. Cargamos el equipaje de mano y JM nos llevó a nuestro alojamiento. Cruzamos toda la ciudad. Edificios bajo, la mayoría, muchos vendedores en los cruces. Ofrecían de todo: juguetes, mapas, cuadros, lámparas, frutas, patatas, periódicos, libros, paraguas. En el centro algún edificio más a la europea y en las afueras, carreteras destartaladas, sin aceras, pero sobre todo gente caminando. Me pareció, que de pronto habíamos retrocedido cincuenta años. Tras una media hora de recorrido, JM detuvo el coche ante una puerta grande de hierro. Tocó la bocina y enseguida abrieron la puerta, para adentrarnos en una buena finca con una edificación al fondo. Como casi todas las casas en Lusaka, era de planta baja, con tejado de uralita, construcción alargada en forma de T, un pasillo con habitaciones a un lado y al fondo, en la sección horizontal, la cocina, el comedor en el centro y un gran salón al otro lado. JM tenía su habitación al principio, Mauro y yo compartimos una inmensa alcoba con tres camas y baño y las chicas en otra más pequeña, sin servicio. Claro que el nuestro estaba inundado. Acomodamos nuestras cosas y JM nos llevó al centro para encontrarnos con una monja que ya estuviera en Vigo. Fue una gran alegría volver a verla. Le di las fotos de cuando estuvo y se rió un montón al verse.
JM nos llevó al Irish Pub, una especie de restaurante y bar, al más puro estilo irlandés, aunque nuestro amigo nos dijo que el dueño era griego. Me tomé una cerveza zambiana. La temperatura era excelente. Acompañamos a la monja a su hogar. Todas sus compañeras abrían sus bocas en una sonrisa enorme al saludarnos. La construcción del mismo estilo, planta baja y de mucha extensión. Allí el terreno no resultaba caro al parecer. Tomamos algunas fotos en el jardín, y regresamos al centro. Aún nos dio tiempo a dar una vuelta por los centros comerciales antes de ir a cenar. Los establecimientos eran iguales que los de cualquier ciudad nuestra, las mismas marcas y productos, pero en general, más caros. Enseguida nos habituamos a ver los precios en kwachas y convertirlas a euros. El cambio estaba a unas cuatro mil k. por euro. La tarde se fue casi de repente. Anochecía muy temprano.
Sentí hambre: en mi estómago no había entrado más que aquel pollo en el vuelo de Londres a Johannesburgo. JM Nos llevó a cenar al Irish pub. Me recomendó un chuletón a la brasa. Imelda y Marietta pidieron costilletas de cordero, Mauro y él de cerdo. La carne era excelente. Nada más terminar nos fuimos a la “Guesthouse”. Ver la tele, un poco de charla y a dormir. Ya en el dormitorio, Mauro se puso el mosquitero, yo no. Tardé en dormir. Me resbalaban las gotas de sudar y sentía picor por todas partes, cualquier ruido me sobresaltaba. Pero finalmente el cansancio me rindió y quedé dormido por primera vez en Zambia, a nueve mil kilómetros de casa.