jueves, 13 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo IV

Dormí poco pero me desperté temprano y descansado. A las seis ya no aguantaba más en cama, era completamente de día. Me fui a la ducha mientras Mauro dormía. JM ya estaba a pie.
Para el desayuno había cacao y café, agua caliente en una jarra eléctrica, pan cuadrado, como el que decimos en Vigo de molde, pero que en Zambia es el corriente. También un cartucho de leche, de medio litro, “solo para manchar” nos dijo JM. La leche es un artículo de lujo en Zambia.. Después del desayuno y fregoteo de cacharros nos fuimos al centro a dar una vuelta. JM tenía que ver el correo, así que entramos el y yo en un ciber mientras los demás esperaban fuera. Envié un correo a casa, aunque la víspera ya había telefoneado para comunicar la llegada. Enseguida llego la hora de comer y entramos en un restaurante de comida rápida. Marietta e Imelda se pidieron una carne hindú, Gandi y Mauro otra carne rara y yo pollo a la brasa que estaba muy bueno. Nos cobraron ochenta mil kwachas, unos veinte euros al cambio en ese momento: cuatro mil kwachas por euro. En lugar de hacer la siesta, JM nos llevó a ver cobras y cocodrilos, a un lugar a doce kilómetros, por una carretera de tierra, de lo más típico. Aquí las carreteras locales, se hacen más o menos así: Una pala excavadora levanta las hierbas, luego una apisonadora la remata. La estación lluviosa, finalmente, pone un socavón aquí, otro allá y la carretera queda lista para probar la robustez de las suspensiones. Entonces lo mejor es ir en bici o a pie. Por el camino vemos toda clase de gente caminando: niños de uniforme descalzos, con las sandalias en la mano, muchachas con pareos anudados en el pecho, portando sus bebés, hombres y mujeres que vienen o van al mercado, cargados con artículos de lo más variado, que vienen o van a trabajar al campo, que vienen o van para alguna gestión en el centro y, los menos, que regresan al hogar después de la jornada laboral. Algunos, escasos, van en bicicleta, en la que llevan cerdos, muebles, sacos de fertilizante o harina, productos del huerto, maletas enormes, bidones de agua, etc.
Tardamos unos cuarenta minutos en recorrer los doce kilómetros. Hugo que abonar veinte mil kwachas acceder al recinto. Se trataba de una gran finca, con la hierba muy cuidada y varias construcciones circulares, con tejado de paja en forma de cono, mesa y bancos. Muy cerca estaban las celdas de las cobras. Un guía nos explicaba en inglés y JM traducía. Las cobras eran pequeñas, no se movían. Todas eran altamente peligrosas, de algunas solo había el antídoto contra el veneno, en Johannesburgo, para otras no existía antídoto. Alguna lanzaba su veneno a varios metros de distancia directamente a los ojos, para cegar a las víctimas. Como las veíamos a través de un cristal era imposible tomar fotos. En una especie de fosa redonda se escondía entre unos arbustos una gigantesca pitón. El guía puso una escalera y bajó para sacarla y que nos la pusiéramos sobre los hombros como una estola, para la foto. JM fue el primero y yo detrás, a pesar de que me daba un poco de repelús. Al acariciar la piel del ofidio, la sentí suave y una sensación sorprendente, sensual, notando como los anillos se movían bajo la piel, como si percibiera mi caricia y sintiera placer en ello. A continuación nos acompañó para ver los cocodrilos. Los más pequeños, de dos y tres años, descansaban perezosos al sol, sobre las piedras o la arena, junto al agua. Abrían la boca y se quedaban así, como pasmados. Como las crías de todos los animales resultaban graciosos, aunque ya se adivinaba su peligrosidad. Avanzamos por un camino y desde un puente, sobre un lago artificial pudimos observar a los grandes reptiles. Aun desde la distancia y seguridad que nos daba el lugar inaccesible para los bichos desde donde podíamos verlos, resultaban inquietantes. Apenas se movían, o lo hacían muy despacio. Sus ojos brillaban maliciosos, con disimulo, al acecho siempre. Los que se deslizaban por el lago, apenas removían el agua en su desplazamiento. Uno abrió su boca de pronto, era como una entrada terrorífica a una caverna, en donde las estalactitas y estalagmitas se muestran amenazadoras para todo el que se aventure a cruzar el umbral. No tienen lengua y al fondo solo está la oscuridad que conduce a un almacén donde puedes encontrar de todo, ya que al no masticar la comida, en su estómago puede haber objetos variados: relojes, dientes de oro, gafas, mecheros, restos de algún turista despistado. Después de dos horas de tan “arriesgado safari”, las emociones y el sol habían resecado nuestras gargantas, era el momento de sentarnos en uno de aquellos recintos circulares para tomar una cerveza a la sombra. Regresamos a Lusaka, brincando como a la ida, dentro del todo terreno, como si nuestros vehículo fuera un saltamontes. JM había quedado con la monja para llevarla a donde vive, a diez kilómetros de Lusaka. Al regreso nos llevó al súper para hacer la compra y cenar en casa. El establecimiento no se diferenciaba de cualquiera de los que hay en nuestras ciudades, solo que abundaban algunas marcas desconocidas y aquellos productos que aquí son de mayor consumo, como la harina de maíz. La cena fue a base de jamón, mortadela, uvas y plátanos. Las chicas esta noche no dormían en el mismo lugar y JM fue a llevarlas mientras que Mauro lavaba los platos. A la vuelta aún charlamos los tres un buen rato, bajo un cobertizo. La temperatura era deliciosa. Con en el mapa de Zambia delante nos contó historias acerca de los nazis que hicieron experimentos con los bosquimanos. La tribu de los Herero, de setenta mil que eran, se quedaron en doce mil. Es triste comprobar hasta donde puede llegar la barbaridad humana. A eso de las nueve nos fuimos a dormir. JM dormía en la misma habitación que nosotros, porque el resto de los dormitorios, el suyo y el de las chicas, estaba comprometido para otra gente, ya que nuestra estancia se hubiera reducido a un día solamente sino hubiera sido por el retraso ocasionado por la pérdida de las maletas.

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