viernes, 14 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo V

Me desperté un poco antes de que sonara el despertador de JM. El se levantó y se vistió sin duchar. Yo me fui a la ducha y al salir desperté a Mauro. Tuve que volver a poner la camisa del primer día. Nos fuimos a buscar a las chicas y de allí a la estación. Cuando llegamos aterrizaba el avión de Londres. JM se fue para reclamar, mientras Imelda trataba de ver la cinta de las maletas.
-¡Ya vi tres maletas! –Grita.
Pero falta una, la suya precisamente. Nos quedamos Marietta y yo fuera, esperando: la maleta de Imelda no apareció. A JM le dieron cien dólares por el atraso de las maletas y a continuación hizo la reclamación de la de Imelda. Después del desayuno en casa nos fuimos para que Imelda comprara algo de ropa. Quedamos esperando Mauro y yo, no se puede dejar solo el vehículo cargado con las maletas. No soy capaz de conversar mucho con él, es tan callado, no le arranco mucho más que monosílabos. Tardaron algo más de una hora.
El aparcamiento estaba junto a una franja de terreno con hierba. Dos hombres la cortaban con una especie de machetes largos balanceándolos como péndulos. No tenían prisa alguna. Otros dos llenaban sacos con la hierba cortada. Apareció una dama blanca, de aspecto anglosajón, con la tez muy blanca, metida en carnes y en años. Hablaba muy deprisa con uno de los trabajadores, gesticulando mucho con las manos. Después comenzaron a cargar los sacos de hierba en una camioneta. Es como si les hubiera comprado el fruto de su trabajo. Entretenido con esto el tiempo de espera y el calor se hicieron menos pesados.
A las doce, hora local, regresaron los compradores y emprendimos la marcha hacia Kasempa. Hay ochocientos kilómetros por carretera. En el primer tramo fuimos Imelda y yo delante, hasta que paramos a comer en el camino, de pie, fuera de la carretera, las sobras de las compras de ayer para la cena. Luego nos turnamos, Imelda y yo nos arreglamos con las maletas. Llegamos al atardecer al convento franciscano de Kitwe, el lugar para dormir. Las habitaciones se parecían un poco a las de Canedo, aunque estas eran más rústicas. La penumbra, el recogimiento, el silencio de la casa apaciguaron toda nuestra prisa. Me pareció que el corazón latía a un ritmo más suave. Antes de anochecer JM nos enseñó la plantación de plátanos. Luego tuvimos tiempo para tomar una ducha y mudarnos. Al fin teníamos las maletas y ropa limpia. Nos llevó a cenar a un restaurante muy coqueto. Me parecía estar viviendo una novela de aventuras en África. Me tomé otra chuleta con dos cervezas. La noche era muy agradable y la cena más, en buena compañía, con música suave de fondo y el cielo cuajado de estrellas.
Pero aquí todo cambia rápidamente. En el regreso se desató una tormenta con lluvia torrencial y gran aparato eléctrico, una verdadera fiesta celeste. Estuvo lloviendo toda la noche. Antes de acostarnos tuvimos un buen rato de tertulia en un salón del convento. Esa noche me costó dormir con el ruido de la tormenta. Echamos un insecticida y luego me acosté bajo el mosquitero. No hacía demasiado calor. Tardé un poco, pero me dormí al fin.
Me despierto a las cinco menos cuarto. Me levanto y voy a la ducha. Hoy me puedo mudar de ropa. Como es temprano puedo anotar durante un rato en la libreta hasta ponerme al día. Me voy hasta la capilla. Creía que JM iba a decir la misa, pero estaba en un banco y me pongo a su lado. Vienen los demás: Mauro, Marietta e Imelda. Están todos los frailes y uno preside la celebración, en inglés, claro. Al salir vamos a desayunar, con los frailes. Hay café con chicoria, bizcocho de plátano, mermeladas, tostadas, huevos fritos, mantequilla. Entra un fraile, con poca pinta de serlo por la apariencia, es muy simpático y alborotador. JM me dice que es un pleiteador nato. Es un quijote, se embarca en todos los casos perdidos que le salen al paso y los gana. Un fraile anciano se sienta en una mesa aparte. Parece que anda a su bola. JM me cuenta que tiene casi cien años y es toda una historia. En su juventud vino de Escocia a Solwezi para trabajar en las minas de cobre, como ingeniero de minas, Conoció a los franciscanos y sintió curiosidad por conocer su labor, entró en el convento y se quedó hasta hoy.
Después del desayuno, nos ponemos en marcha para recorrer la última etapa de nuestro viaje. Nos detenemos a comer en Solwezi, a doscientos kilómetros de Kasempa. Es un restaurante que tiene un comedor alargado, pero preferimos comer fuera, en una construcción típica. Todos pedimos pollo salvo JM que pide cerdo. Bebemos cerveza de Zambia. Ya solo queda recorrer unos doscientos kilómetros para llegar a Kassempa. Llegamos a eso de las seis. La casa de la misión es un edificio alargado, de planta baja, con tejado de uralita y pintado de azul. Se entra por la cocina, a la derecha el comedor y de frente el salón, con una puerta que a una finca donde hay dos lugares de reunión, otro edificio para actividades y a la derecha la iglesia, construida por un polaco y que por eso tiene un parecido con las edificaciones de ese país, con materiales de la zona, claro. Cada uno tiene su habitación a lo largo de un pasillo, donde a la izquierda, en primer término está el baño, luego la despensa, el despacho y la habitación de JM. Al fondo el cuarto de su compañero de misión y por la derecha del pasillo, nuestras habitaciones, la mía es la tercera. Al descargar las maletas, acuden varios niños, al principio tímidos, cautelosos, pero luego sonrientes. Nos miran con curiosidad. Enseguida nos dicen sus nombres. Uno se llama Kristofer. Se ríen cuando les digo que mi nombre es Jesús. JM nos presenta a Dany, el cocinero. Nada más dejar las maletas, nos vamos a dar una vuelta hasta el centro “urbano”. Aquí los edificios me recuerdan esos pueblos que hemos visto tantas veces en las películas del “Oeste”, barracones, con un porche. Aquí las cubiertas son de madera y en las paredes repletas de dibujos que explican los servicios del establecimiento. Claro, aquí la mayor parte de la población no sabe leer, por eso las fachadas son comics. A JM lo conoce mucha gente. Algunos se paran y nos presenta. El saludo es “muji biepi” y la contestación es “tujitu borongo” y “borongo tu”. Sonríen mucho. Regresamos para cenar lo que nos ha preparado Dany: pollo, arroz y piña de postre. Al terminar echamos algo contra los mosquitos en las habitaciones. JM me deja el ordenador para enviar un correo a casa. Es curioso, después de escribirlo, hay que apagar el ordenador para mandarlo. Imelda lava la ropa y nos reímos un buen rato con ella, Se agradece el momento de irse a la cama. Todavía escribo durante un buen rato. Hay un gran silencio, al fin estamos en Kasempa.

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