miércoles, 19 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo X

Martes, 14 de febrero de 2006.
Durante la noche hubo tormenta. Me despierto a las seis menos veinte. Me levanto para acudir a la estimulante ducha fría. Lo peor de todo es que por vergüenza no canto ni grito, para amortiguar el impacto Pronto se levantan los demás. Hoy las sábanas nos han amarrado bien a la cama. JM se va al banco. Imelda lleva la ropa a la lavadora. Viene ChT a desayunar y estamos un rato de cháchara. Al regresar JM nos comunica que vamos a visitar a los leprosos. Primero se carga el furgón con sacos de maíz, almacenados en un local cercano. Después se compra aceite, jabón y azúcar en una tienda. Marieta, Imelda y yo nos acomodamos atrás, con tres ayudantes que lleva JM para cargar la mercancía. Mauro va delante. Imelda me había dicho que fuera yo solo, junto a JM, que conduce, pero Mauro se me adelantó, así que me subo con las chicas. La hernia discal molesta un poco, pero quien puede pensar en quejarse cuando uno se dirige hacia un poblado de leprosos.
Estoy un poco nervioso y el corazón se me acelera. Es la primera que voy a contemplar de cerca los efectos de la lepra. En menos de media hora el vehículo se detiene en un poblado. Al instante un nutrido grupo de gente nos rodea, sobre todo niños. Se forma un círculo y JM se sienta en el centro. Se intercambian frases de saludo y luego libreta en mano, nombra al cabeza de cada familia. Treinta y seis familias viven aquí. Les reparte a todos la misma cantidad. Las que se acercan, con un recipiente para el maíz, la mayoría son mujeres muy jóvenes, de catorce o dieciséis años.
Ya no padecen la enfermedad pero sufren las consecuencias: les faltan dedos en las manos o los pies, están ciegos. Los niños nos miran sin pestañear, con mezcla de asombro y tristeza, como si nos interrogaran. Tomamos fotos, pero cuesta arrancarles una sonrisa. Aquí solo viven los enfermos y los niños, la mayoría son nietos, los padres se han ido. Es como si en aquel pequeño lugar se concentrara la hipocresía del opulento mundo en el que vivimos.
Al terminar el reparto uno de los hombres habla, en kaonde. JM traduce y escuchamos sin atrevernos ni a tragar saliva. Nos dice que está bien que vengamos de lejos a visitarlos, pero que no olvidemos que ellos pasan necesidades. Agradecen mucho nuestra visita, pues nadie va a verlos, que solo “el father” los ayuda y el día que falte, ¿quién lo hará? Nos dan las gracias, que ellos han padecido la enfermedad, que ahora ya no son enfermos, sino gente normal.
Cruzamos el poblado a pie para acercarnos al río, donde hace poco un hipopótamo les comía las cosechas y lo mataron. En compensación tuvieron un poco de carne extra.
Ahora hay que regresar y cargar de nuevo la camioneta para ir a otro poblado, pues no podemos irnos de uno, cargados con la comida para otro. ¿Como irte de un lugar donde pasan hambre con comida? Es más cerca y son unas veinte familias. Aquí el entorno familiar acompaña al enfermo y están mejor cuidados, aunque son más pobres. Se repite la operación de reparto como el anterior. Impresiona ver como visten algunos niños con harapos. Y algunas personas en Vigo me dicen que también en nuestro país hay pobres. El más pobre de nuestros conciudadanos sería allí un potentado.
Al final también nos habla un miembro del poblado, este es ciego. Nos agradece la visita. Nos dice que les gusta y está bien que les hagamos fotos, pero que ellos también tienen ojos para verlas, así que agradecerían mucho si le enviamos alguna. En ese momento hago el propósito firme de hacer copia de todas las fotos para enviárselas por JM. A mi pregunta de quien es el que nos habla, me dice que un espontáneo.
Recorremos el poblado a pie, nos sigue bastante gente, sobre todo niños, somos un acontecimiento para ellos, un espectáculo, probablemente su mayor distracción del año. Nos muestran alguna casa con problemas, por las termitas, el pozo, con más de doce metros de profundidad. El agua se extrae con una roldada que mueven dos mujeres girando una manivela cada una. Esta operación cada vez que se necesita agua, para cocinas, para regar, para lavar, para beber. Conseguir lo más elemental aquí requiere un gran esfuerzo. A nosotros no nos llega el tiempo para muchas cosas y a ellos les sobra para casi todo, no tienen otra cosa que hacer. Su vida es un quehacer inagotable.
De vuelta en casa, JM nos da un desinfectante para lavar las manos. Hoy alubias y arroz para comer. Por la tarde duermo una siesta.
ChT nos lleva a las tres y media, hora local, al centro juvenil. Todos los jóvenes quieren jugar con nosotros y hacen grandes fiestas cuando nos ganan. Son inteligentes. Juego varias partidas a las damas y luego al billar americano, hasta que uno me gana, entonces todos lo festejan y da gusto verlos tan felices, mostrando dos hileras de dientes muy blancos. Lo cierto es que parece un grupo muy agradable de jóvenes el que allí se reúne. Llueve con fuerza.
Atardece. En casa los niños nos quieren cantar la Rianxeira. Han aprendido los gestos que les enseñaron Imelda y Marieta. Los grabo con la cámara. Hacemos una foto con Dany y se apuntan todos. Marietta me pide la maleta pequeña y preparo un poco la grande. Es la última noche. Da pena marcharse. Sabe a poco, queda hambre de estar aquí, aunque JM siempre está ocupado y no es fácil moverse solo por aquí.
Anochece. JM me firma el convenio por cinco años con la Fundación.. Nos sentamos a cenar. JM no está. Hay arroz, alubias y salchichas. Vemos un rato la tele: están pasando los juegos olímpicos de invierno: patinaje artístico. Vamos desfilando para la cama, de uno en uno, a intervalos: JM, Mauro, Marietta, ChT y yo que paso antes por el baño. Se queda Imelda sola con la tele.

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