sábado, 22 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XIII

Viernes, 17 de febrero de 2006.
Me despierto. No se la hora. Es de noche. Me levanto. Voy al baño y me ducho y desnudo me meto bajo la sábana, esperando a que amanezca, para no despertar a Mauro. Veo en mi imaginación la película de todo lo vivido hasta entonces. Cuando la luz se filtra por la ventana, me visto. Ruidos de cacharros en la cocina me indican que alguien anda por ahí. En efecto, Imelda ya está en pie. A las siete nos vamos con JM a la misa. La dice en inglés, para las monjas y nos enteramos a medias. Luego en el desayuno, JM nos indica lo que hemos de llevar. Preparo una bolsa con el chubasquero, chancletas, camiseta y calzoncillo de repuesto. Me echo el protector para la piel y los mosquitos y calzo deportivos.


Nos dirigimos a las cataratas. Voy delante con Grace. Es muy cerca. Como aún es temprano, JM nos enseña los dos grandes hoteles de lujo: el Zumbeam Sun, de estilo africano y el Livingstone hotel, al más puro estilo colonial inglés. En la cafetería y salones anexos, hay diversos recuerdos del famoso explorador, incluso fotografías: es todo un museo. Luego recorremos los jardines con muchos árboles y un césped exquisitamente cuidado, que recuerdan a Inglaterra. Hay monos por todas partes.



Caminamos hasta un mirador desde donde se ve saltar el agua de las cataratas hasta fundirse con las nubes. A la vuelta un grupo de impalas y cebras pastan tranquilos, saben que somos cazadores inofensivos, únicamente armados de cámara de fotos. Son hermosos. Están allí, quietos, posando, invitándonos a usar la cámara. Y nosotros amablemente no nos resistimos y nos damos una buena sesión fotográfica.
JM hace un buen arreglo y entramos pagando por dos nada más. Un sendero nos lleva hasta un mirador para tomar fotos, después no podremos hacerlo con tanta facilidad, pues el agua mojaría las cámaras. Se oye un estruendo formidable. Al dar la vuelta a un recodo, se ofrecen a nuestra vista, impresionantes, las cataratas. Se forman tres y hasta cuatro arco iris. El agua se precipita a 107 metros de profundidad, en una anchura de 1,7 km. La cámara es pequeña para un espectáculo tan grandioso. El agua precipitándose atrae nuestras miradas, absorbe todo nuestro pensamiento, solo soy capaz de experimentar esa naturaleza exuberante que pone de manifiesto nuestra pequeñez ante las manifestaciones de la naturaleza. En unos minutos nos desplazamos a otro mirador. Allí alquilan chubasqueros. JM había dicho que los lleváramos de casa y pero ahora los alquila. También dijo de ir en dos tandas, para unos quedaran cuidando de las bolsas. Ahora quiere que vayamos juntos, pero yo no puedo llevar las cosas bajo el chubasquero. Así que se van él con Mauro y Marietta y nos quedamos Grace, Imelda y yo. Tardan unos cuarenta y cinco minutos. En ese tiempo sacamos fotos y nos sobra tiempo para disfrutar de las vistas.
Al fin regresan y emprendemos el camino nosotros tres. Yo voy en bañador, con una camiseta y chancletas, dispuesto a mojarme. El sendero es muy estrecho, formado por pequeñas piedras, que enseguida se tornan húmedas. En cuanto salimos al exterior, una lluvia finísima y fría nos envuelve. Cada poco hay pequeños senderos que conducen a los miradores. Desde ellos el agua en plena caída parece que se puede tocar con los dedos. No puedo acercarme mucho, porque no hay protección y tengo vértigo. Estoy empapado, con las gafas mojadas impidiéndome ver. Pero más que ver, experimento el abrazo inmenso del Zambeze. Imelda lleva la máquina y se le moja. Grace se tapa los oídos y grita. Aquellos millones de litros de agua saltando al vacío para salvar la falla ahogan nuestras voces, lo llenan todo. Hemos de cruzar un puente sobre la garganta. Ahí el agua te envuelve, te llega de todas partes, por arriba y por abajo. El puente es muy seguro, metálico y con barandillas altas. Caminas despacio, por miedo a resbalar. No puedo mirar hacia abajo, pero sería inútil hacerlo, no hay nada más al alcance de la vista que una cortina de agua, es como ir dentro de una nube en movimiento, viajando dentro de la catarata misma.
Al otro lado es agradable sentir los rayos de sol. Se ve el puente que une Zambia y Zimbabwe. Un grupito hace pointing. La ruta ahora es seca. El río fluye manso y humilde por la garganta, ingenuo después de la formidable caída, como un niño que nos mira inocente. En efecto, parece increíble, que este inocente arroyo, haya sido capaz unos metros más arriba de lanzar sobre el abismo aquella tromba de agua.
Al regreso me quedo con las ganas de que Mauro nos haga una foto, pues seguro que ofrecemos una imagen única. Me calzo y visto una camiseta seca. Aun hay tiempo para acercarnos al río, unos metros antes de precipitarse para observar con asombro una corriente tranquila e inocente, que invita al baño. Nadie podría imaginar viendo el antes y el después de aquel río, que fuera capaz de una hazaña semejante. Se me ocurre pensar en que podría tener cierta semejanza con JM, nadie diría al verlo tan sencillo y humilde, que fuera capaz de realizar una actividad tan enorme como la que lleva a cabo en su misión en Kasempa. Una vez más llego al convencimiento de que la naturaleza es un gran libro lleno de sabiduría que nos enseña a leer el gran libro de la vida.
Es hora de comer. En el restaurante aprovecho para ir a los servicios a mudarme. JM me ha pedido un filete con patatas. A el le traen cuatro gigantescas costilletas de cerdo. La carne es muy buena. Hay que ayudar a JM con las costilletas. La verdad es que el agua y el ejercicio son el mejor ingrediente para un menú.
Después de la comida, nos vamos al mercadillo donde venden recuerdos. Es igual que cualquiera de nuestras ferias, pero los puestos están más cerca unos de otros, apenas hay un estrecho pasillo para pasar y te agobian con su parloteo para que compres. En cuanto saben que somos españoles, chapurrean alguna palabra en nuestra lengua para hacer más atractiva su oferta. Compro un par de cosillas, aconsejado por JM y luego, él, Mauro y yo nos vamos a la ciudad dejando allí a las chicas que disfrutan con toda aquella algarabía de ofertas y regateos. Imelda está en su salsa, se entiende a la perfección con aquel mundillo. Al regreso aun hay que esperar un buen rato por ellas.
Aún nos guía JM a otro mercado, más o menos con los mismo artículos, pero más caros. El y yo nos quedamos tomando un refresco mientras los demás compran. Marieta regresa con un tambor y otros instrumentos musicales nativos, además de algunos collares. Imelda viene sofocada y con las bolsas rebosando regalos para todo el mundo.
En la cafetería del Zumbiam Sun nos sentamos a tomar un refresco para hacer tiempo antes de la puesta de sol. Las cebras son el elemento decorativo, paseando por los alrededores de la piscina.
Desde un lugar estratégico en los jardines contemplamos la puesta de sol. Grabo con la cámara, mientras Grace, muy bajito canta. Es un postre espléndido después de un día tan completo. La capacidad de la naturaleza para asombrarnos es interminable.
En casa cenamos el resto del guiso del día anterior. Tengo prisa en irme para cama y rumiar en el silencio de la noche todas las imágenes grabadas. Alguien dijo que recordar es volver a pasar por el corazón las vivencias. Es delicioso dejar que en esta noche los recuerdos me acunen.

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