lunes, 24 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo XV

Domingo, 19 de febrero de 2006.
Ha llovido toda la noche, creo que hasta hubo tormenta. Desperté varias veces. Ahora el goteo insistente sobre el tejado de uralita me parece un tambor que interpreta una monótona danza africana. Al amanecer me levanto. Cuando entro al retrete me cruzo con Grace, que viene de la ducha. Me enjabono bien y me quedo un buen rato bajo el agua. Pienso en Vigo, en el aeropuerto, en mi esposa esperándome. ¡Tengo ganas de volver y emprender esta nueva etapa de mi vida! Porque este viaje será el punto de inserción de un antes y un después. Ahora estoy en la cocina, sentado, solo, pensando. A mi lado está el gato. Es el único momento en que puede estar tranquilo porque Marietta e Imelda lo ahuyentan nada más verlo. Siento una gran alegría interior, más que alegría esperanza. Pero el reflejo de la ventana me devuelve un rostro serio. ¡Tantas cosas me parecen superfluas! Es como si perdiera las ganas de hablar. Deseo el silencio. Viene Grace, que va a la misa en la ciudad. Nosotros la tendremos en español con JM. Se van levantando mientras escribo. Ya vi a JM pasar para la ducha y Marietta me ha dicho hola. Solo quiero estar tranquilo, suave, no entrar en ninguna discusión, ni en conflicto con nadie.
Ayer me dijo JM que los billetes anteriores al 96 no los aceptan aquí, ni fuera de Europa, en general. Me queda todo tan lejos. Me doy cuenta de que mi verdadero confidente, mi único interlocutor fiel es la hoja en blanco de mi libreta. Me doy cuenta lo poco que nos escuchamos. Es frecuente que alguien diga algo en medio de tu conversación, sin dejarte acabar lo que estabas contando. Aquí nadie me interrumpa. He tratado de grabar en mi cerebro todos las imágenes, porque no todo lo puede captar la cámara.
Ya han venido a la cocina Imelda y Marietta, rompiendo el silencio como si tiraran contra el suelo una botella de cristal. El pobre gato ha salido disparado. Ya no me es posible estar solo. Desayuno cacao con agua. Al terminar tenemos la misa. Es una experiencia inolvidable. Se agolpan los recuerdos: el poblado de Kaminzekenzeke, los leprosos, los niños. El sol entra con fuerza por la ventana y lo ilumina todo de repente.
Mientras esperamos a Grace, JM me explica como funciona la cuestión de poner nombre a los hijos. Por ejemplo, en el caso de Grace, ese es su nombre cristiano, pero los padres la llaman Mwila, y los abuelos tienen derecho a darle otro, un nombre tradicional, con significado. Cuando llega nos vamos. Voy detrás con Imelda y Mauro. Llegamos al mercadillo. Imelda quiere comprar unos pareos. Le digo que yo también, que cuando compre me lo diga, ya que por comprar más, seguramente conseguiremos mejor rebaja, pero no me hace caso. Encuentro un instrumento musical que me parece interesante para mi hija, se llama Marimba y cuesta unos tres euros. Después de comprar algunos pequeños recuerdos más me voy con JM que me pide le acompañe al Shoprite. Estoy deseando salir de allí. Me agobia, los puestos están muy cerca unos de otros, y no paran de asediarte para que compres. Compramos pollo, spaghetti, carne, tomates, repollo, agua y harina de maiz porque Grace nos va a preparar nzima. Regresamos en busca de los demás. JM compra una fruta que por fuera es verde y amarilla por dentro, como la sandía, me dice que son gwabas. La caminata hasta la casa, bajo el sol del mediodía se hace dura. Termino sudando a tope. Después de una ducha descanso sobre la cama hasta la comida. Grace ha preparado la comida tradicional: nzima con verdura y pollo. Me gusta, aunque la nzima resulta pesada. De postre tomamos helado. Después de comer me voy a la habitación y me tumbo en la cama hasta que Mauro me avisa para irnos. Vamos a contemplar la gran falla del río desde distintos lugares.
Todo el mundo quiere sacarse fotos. Tomo fotos y película. Realmente es impresionante sacarle fotos a Grace con estas vistas. Nos avisa de un ciempiés gigante. Espero que salga en el video. Por un camino infernal, dando unos botes tremendos, JM nos lleva a un lugar que hay sobre la garganta. Está todo decorado al estilo más tradicional, con cañas, maderas. Grace toca el tambor. Volvemos al anochecer.
Mañana es el último día. Tengo ganas de volver, de llegar a Madrid, de abrazar a mi hija, de encontrarme entre de nuevo en casa.
Al regreso hemos visto un poblado muy primitivo. Es todo tan distinto, una cultura tan diferente. No creo que se vayan de mi memoria tantas miradas. Sobre todo las de los niños. Parece que te miran hasta lo más hondo de tu mismo, allí donde eres tu y no puedes poner máscaras.

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