domingo, 16 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo VII

En la homilía JM se dirige a la gente, es como si entablara un diálogo con ellos: se ríen, comentan, exclaman, contestan, aplauden. En muchos momentos de la celebración alguna mujer lanza gritos haciendo vibrar la lengua con el paladar, algo parecido a nuestros “aturuxos”. En el momento de la paz JM va por todos los bancos dando la paz a todo el mundo. Para un pueblo en el que el contacto físico no es frecuente, este gesto alcanza mucha trascendencia en su cultura. Se hace patente que en la comunidad creyente todos se hermanan y este gesto de darse la mano adquiere una dimensión muy significativa de cómo Dios forma parte de su vida, de su intimidad, de la familia, es el Dios amigo, el amor fraterno que se hace visible.
Cuando se termina la celebración hay como una especie de reunión en el mismo templo. Uno de los presentes, sube al altar y habla, es como si diera las noticias, los avisos, es como una crónica local de la comunidad. En un momento se dirige a JM. Según él nos explica le pregunta que quienes somos nosotros y el se lo explica y al nombrarnos a cada uno, tenemos que ponernos de pie. El cronista agradece nuestra presencia y manifiesta el deseo que la comunidad tiene de saludarnos. Hemos de ponernos de pie, a la vista de todos, en el centro y todo el que quiera se acerca a saludarnos. Vienen en procesión, cantando y nos van dando la mano, haciendo una graciosa reverencia al saludarnos.
Cuando salimos del templo, JM nos dice que vamos a comer en casa de una familia. Vamos caminando, rodeados de bastante gente. Somos la noticia del día.
La casa es rectangular, de ladrillos de barro, como todas. Entramos en una estancia casi cuadrada. Han puesto asientos alrededor de la mesa. Una mesa pequeña, como las que usamos de centro en el salón de nuestras casas. No es una mesa de comedor como acostumbramos a tener. Tal y como estamos, de pie, mientras la mujer sostiene una pequeña tina, el marido nos echa agua caliente en las manos, para lavarnos. La comida ya está en la mesa. JM nos va explicando. En una cazuela hay pollo, “atlético”, nos dice, porque está criado al aire libre. Está guisado con abundante salsa, cuyo componente básico es tomate. En una fuente hay una masa, como de bechamel, de harina de maíz, que se llama nshima. En un cuenco hay verduras. Es la comida tipica del país, la nshima acompañada de verduras y carne o pescado. En este caso nos han ofrecido lo mejor que tienen: al ofrecernos pollo nos están dando de comer una exquisita fuente del mejor marisco. Tenemos que aprender a comer y miramos a JM. Cada uno tenemos un plato sobre las rodillas, se sirve un trozo de pollo, una porción de nshima y verduras. Con las manos, naturalmente, no hay cubiertos. Se toma una pequeña porción de nshima y se amasa entre los dedos, hasta conseguir una especie de pequeña torta, con ella se pueden coger las verduras, actuando como tenazas y mojar la salsa. Antes de volver a servirse hay que dejar el plato bien limpio. No es correcto dejar nada de salsa en el plato. Es importante comer las mollejas del pollo, porque consideran que es el bocado más exquisito, reservado para el huésped. Sería de mal gusto no comerlas. Cuando ya todos han comido, se vuelve a repetir la operación del lavado de manos con el agua caliente. Entonces, con las manos limpias se puede beber. Se bebe agua. Nosotros tomamos de la que JM ha traído de casa, que está filtrada. Lo más peligroso es el agua de cada lugar.
Durante la comida, oímos fuera los niños que están muy atentos a todo lo que sucede dentro y en cuanto oyen alguna de las palabras que decimos y les gusta, la repiten continuamente. Cuando salimos fuera, gran parte del poblado está allí. Tomamos algunas fotos con ellos, hasta que llega el momento de la despedida. Los niños nos siguen corriendo un buen rato, saludando con las manos.
En el camino de vuelta, saltando dentro del vehículo, por los socavones, voy pensando en todo ello. Son tantas las vivencias, las emociones vividas, que me parece que en lugar de rebotar en cada desnivel del camino, contra una superficie dura, floto entre algodones o viajo entre nubes. La experiencia ha sido inolvidable. No se va de mi pensamiento la luz del sol que se filtraba entre las rendijas de la uralita, en aquel templo de barro, el mantel sobre el altar, limpio, raído, con algún agujero, los cantos y bailes, los niños sentados en el suelo, descalzos. Creo que nunca sentí con tanta fuerza mi fe en el Dios de Jesús, el Señor que enaltece a los humildes y humilla a los poderosos.
De regreso en la misión, descansamos un rato antes de ir a dar una vuelta. Aún aprieta el sol, cuando nos acercamos al núcleo urbano. Me sonrío al poner esto de núcleo urbano, porque uno puede pensar en calles, con edificios y aceras, pero aquí no hay aceras ni calles, solo tierra y pequeños barracones de barro con pinturas en la fachada. Por el camino vemos unas gallinas africanas y un colegio de infantil. JM entra en un establecimiento para comprar una tarjeta de teléfono y al salir viene acompañado de una joven que luce una peluca muy brillante. Las mujeres son muy coquetas y les encanta lucir peinados diferentes, pero como sus cabellos son tan difíciles de manejar, no tienen problema en usar una peluca. El nombre de la joven es Belinda, una de las primeras becadas por la Fundación, nos dice JM. Es guapa, culta, estilizada y muy elegante. La elegancia es innata en la mayoría de las mujeres en Zambia. Belinda gracias a sus estudios tiene un buen trabajo y es independiente, algo muy importante aquí, pues de otro modo, por el he hecho de ser mujer, podría verse sometida a los requerimientos de cualquier hombre soltero. En esta sociedad tan primitiva, la vida es injusta, sobre todo con los más débiles, mujeres y niños.
Belinda se viene con nosotros a tomar un refresco. Nos reímos un buen rato con los esfuerzos de Imelda para explicarle como arreglarse las uñas. La joven solo habla inglés y kaonde. Nos dice que le gustaría tener un novio español. ¡Mira que graciosa! ¡Y a muchas! Tiene la edad de mi benjamín. Es maestra y JM nos cuenta que hubiera podido ir a la universidad, pero la competencia en la ciudad es muy grande.
Llegamos a la misión y Belinda se despide, vive muy cerca. Enseguida acuden los niños y posan para su sesión de fotos. Como premio, nos cantan “A Rianxeira” que aprendieron de dos visitas que tuvo JM. Nos piden caramelos, pero JM nos explica que hay que ser prudente a la hora de darles algo, pues se les crean unas esperanzas que luego no serán cumplidas, cuando nos vayamos. En una palabra, que no hay que comprar el afecto con regalos. Nos cantan muchas canciones, hasta su himno nacional. Luego bailan y bailan hasta que es de noche y se van a cenar. Nos dicen muertos de risa “kuja nekulala”, “a comer y dormir”. También nosotros hemos de ir a cenar. Dany nos ha preparado carne con patatas fritas y piña de postre. JM abre un turrón de mazapán. ¡Cómo le gusta! Se nos acaba la tableta en un abrir y cerrar de ojos. Imelda le dice que guarde algo para otro día y el contesta riéndose a carcajadas: “No que se puede estropear”. “También se te puede estropear la carne y la guardas”. “Cierto, pero la carne la puedo comprar y el turrón no”.
Tras la cena nos sentamos en la kimsasa de cháchara. Más tarde se nos une su compañero en la misión. La noche es muy hermosa, cuajada de estrellas. A eso de las nueve nos vamos para cama.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo VI

Sábado, 11 febrero 2006.

Me despierto antes de las cinco pero no salto de la cama hasta las y media. Me voy directamente a la ducha. El agua está fría. Imelda también se ha levantado y JM. Después de vestirme escribo un poco en el diario hasta el desayuno. Hoy vamos a ir a un poblado. Mi corazón palpita fuerte, porque al fin nos encontraremos con un lugar apartado, lejos de la civilización, en lo más profundo del rural africano. Cargo en la mochila la cámara de DVD además de la de fotos. Voy atrás, con Mauro. La carretera es un sendero ancho, de tierra, con unos desniveles impresionantes. Mi hernia se resiente, pero se soporta con otro talante el dolor cuando ves a la gente que camina, la mayoría descalzos. Muchos nos saludan al pasar. Lo peor de ir atrás es que no puedes escuchar las explicaciones que va dando JM.
Se tardan dos horas en llegar a Kaminzekenzeque, que es nuestro destino. El coche se detiene delante de la iglesia: un edificio rectangular, con ladrillos de barro y tejado de uralita, al más puro estilo zambiano. Enseguida nos rodean los niños, que brotan de todas partes, la mayoría descalzos, con la mirada sorprendida brillando es sus enormes ojos y sin dejar de mostrar dos hileras de dientes blanquísimos. Somos la novedad, lo exótico, ellos no están acostumbrados a ver más blancos que a JM cuando los visita, unas ocho o diez veces en el año. No da para más, hay que visitar sesenta poblados como este durante el año, algunos a mayor distancia todavía. Nos presenta al catequista, que se llama Kisambala; nos sonríe, extiende su mano y nos alegra poder saludarle en kaonde.
Comienza la divertida e interminable sesión de fotos, A los niños les fascina que su imagen quede captada en un pequeño aparato de metal, como un televisor miniatura. Posan sin parar, componen figuras muy graciosas, se colocan delante de la cámara y gritan: “Photo, photo, me”. Al mostrarles la imagen en la cámara, se ríen, gritan, hacen aspavientos y se vuelvo a poner para que le hagas otra. “Photo, photo, me”. Son incansables, como todos los niños.
JM nos muestra las construcciones típicas de un poblado: la Kimsasa, ya familiarizados con ella, porque es esa especie de choza redonda, cuyas paredes no se levantan más de un metro: lugar de reunión para charlar, para comer, para cantar; a pocos metros hay una especie de mesa no muy alta, para secar los cacharros de cocinas y otra más alta y alargada, para secar el maíz.
Llegan las mamás con sus bebés sujetos a la espalda o al pecho. Tenemos otra sesión de fotos. Todos quieren estar en primera fila. JM toma un bebé en su colo y luego me lo pasa a mi. Es precioso, vestido de rosa, un verdadero bombón. Las mujeres se ríen viendo lo bien que está el bebé en mis brazos. En mi recuerdo se almacena un verdadero álbum de sonrisas, ojos grandes, pies descalzos, bebés, sobre un fondo azul, marrón y verde.
Le pregunto a JM cuando comienza la celebración. “Cuando se reúna la gente”, me dice. A la puerta de la iglesia alguien toca un tambor llamando a la gente del poblado. La gente se prepara, viste sus mejores galas y acude a la llamada. Al cabo de un rato Kisambola nos indica que le sigamos. Junto a los muros de la iglesia, JM, sentado en una banqueta, confiesa a una joven. Hay una larga fila detrás, la mayoría jóvenes. Es una bella estampa, el sacerdote revestido de blanco, con su estola, sentado en una rústica banqueta, y frente a él, de rodillas en el suelo, el penitente. Es la representación viva de la parábola del Hijo pródigo.
Guiados por el catequista entramos en la iglesia. Algunos bancos ya están ocupados por el coro, que ensaya los cantos y los niños, que están en todas partes. Los niños están en todas partes. Ensayan las canciones. Al hacer ademán de sentarnos en el último banco, el catequista nos hace seños: tenemos reservado un lugar junto al altar. Al caminar por el pasillo, bajo un tejado de uralita, por donde se filtran algunos rayos de sol, entre aquellos toscos bancos, donde se sientan los fieles, oyendo aquellas voces, una emoción fuerte se apodera de mi, el corazón me late con fuerza, los ojos me arden y tengo que hacer un gran esfuerzo mental para que las piernas me obedezcan y caminar hasta mi sitio.
En los primeros bancos, a la izquierda, está el coro, formado casi todo por mujeres, algunas con sus bebés. Un muchacho dirige. A la derecha están los niños y detrás ya siguen los demás. Nosotros cuatro, junto al altar, estamos a la vista de todos. Los instrumentos musicales son artesanales y forman un conjunto armónico con las voces que no solo es de gran calidad, sino que además lleva dentro de si esa fuerza que solo tiene quien siente y trasciende aquello que hace. Comienzo a grabar con la cámara. Tengo que controlar los sentimientos para hacerlo, porque quisiera disfrutar sin otra preocupación de esta experiencia me aporta, pero no puedo evitar responder a la necesidad que siento de comunicar a otros lo que veo y vivo, aunque ya desde ahora sepa que lo que recogerán las máquinas estará muy lejos de la realidad que experimentamos. Claro que, en el futuro, cada vez que vea las imágenes grabadas, mi corazón se acelerará con el recuerdo.
Aun transcurre más de media hora antes de iniciar la celebración. El recinto se ha llenado. Los niños ya no caben en los bancos y se desparraman por el suelo, la mayoría descalzos, unos con la ropa hecha jirones, otros con mejores ropas, alguno con el dedo en la boca y los mocos colgando. Una niña aparece embutida en un vaporoso modelito rosa, como arrancada de una ilustración de “la cabaña del tío Tom”.
Se inicia la procesión de entrada con un grupo de adolescentes que avanzan bailando, mientras el coro canta sin dejar de moverse al ritmo que marca la música y su director que baila con todo su cuerpo mientras dirige con los brazos. El cuerpo de baile avanza hasta el altar y allí se abre hacia los lados, sin cesar la danza. Detrás llega el grupo de mujeres, con blusas blancas y faldas hasta el suelo, adornadas con círculos azules, que llevan una inscripción en su contorno que dice “catholic women”. Comienza la celebración. Es una verdadera fiesta: música, cantos, bailes, lecturas, unción y sobre todo la comunidad que participa y vive este momento desde su propia identidad, uniéndose la cultura más primitiva de este pueblo con la liturgia de una celebración que no impone nada diferente a como ellos son. Aquí la realidad cultual se une magníficamente a la realidad cultural. Por eso, ellos y nosotros, tan diferentes, podemos celebrar lo mismo y en este momento nadie es extraño, cada uno de los presentes siente el cobijo de un hogar común.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo V

Me desperté un poco antes de que sonara el despertador de JM. El se levantó y se vistió sin duchar. Yo me fui a la ducha y al salir desperté a Mauro. Tuve que volver a poner la camisa del primer día. Nos fuimos a buscar a las chicas y de allí a la estación. Cuando llegamos aterrizaba el avión de Londres. JM se fue para reclamar, mientras Imelda trataba de ver la cinta de las maletas.
-¡Ya vi tres maletas! –Grita.
Pero falta una, la suya precisamente. Nos quedamos Marietta y yo fuera, esperando: la maleta de Imelda no apareció. A JM le dieron cien dólares por el atraso de las maletas y a continuación hizo la reclamación de la de Imelda. Después del desayuno en casa nos fuimos para que Imelda comprara algo de ropa. Quedamos esperando Mauro y yo, no se puede dejar solo el vehículo cargado con las maletas. No soy capaz de conversar mucho con él, es tan callado, no le arranco mucho más que monosílabos. Tardaron algo más de una hora.
El aparcamiento estaba junto a una franja de terreno con hierba. Dos hombres la cortaban con una especie de machetes largos balanceándolos como péndulos. No tenían prisa alguna. Otros dos llenaban sacos con la hierba cortada. Apareció una dama blanca, de aspecto anglosajón, con la tez muy blanca, metida en carnes y en años. Hablaba muy deprisa con uno de los trabajadores, gesticulando mucho con las manos. Después comenzaron a cargar los sacos de hierba en una camioneta. Es como si les hubiera comprado el fruto de su trabajo. Entretenido con esto el tiempo de espera y el calor se hicieron menos pesados.
A las doce, hora local, regresaron los compradores y emprendimos la marcha hacia Kasempa. Hay ochocientos kilómetros por carretera. En el primer tramo fuimos Imelda y yo delante, hasta que paramos a comer en el camino, de pie, fuera de la carretera, las sobras de las compras de ayer para la cena. Luego nos turnamos, Imelda y yo nos arreglamos con las maletas. Llegamos al atardecer al convento franciscano de Kitwe, el lugar para dormir. Las habitaciones se parecían un poco a las de Canedo, aunque estas eran más rústicas. La penumbra, el recogimiento, el silencio de la casa apaciguaron toda nuestra prisa. Me pareció que el corazón latía a un ritmo más suave. Antes de anochecer JM nos enseñó la plantación de plátanos. Luego tuvimos tiempo para tomar una ducha y mudarnos. Al fin teníamos las maletas y ropa limpia. Nos llevó a cenar a un restaurante muy coqueto. Me parecía estar viviendo una novela de aventuras en África. Me tomé otra chuleta con dos cervezas. La noche era muy agradable y la cena más, en buena compañía, con música suave de fondo y el cielo cuajado de estrellas.
Pero aquí todo cambia rápidamente. En el regreso se desató una tormenta con lluvia torrencial y gran aparato eléctrico, una verdadera fiesta celeste. Estuvo lloviendo toda la noche. Antes de acostarnos tuvimos un buen rato de tertulia en un salón del convento. Esa noche me costó dormir con el ruido de la tormenta. Echamos un insecticida y luego me acosté bajo el mosquitero. No hacía demasiado calor. Tardé un poco, pero me dormí al fin.
Me despierto a las cinco menos cuarto. Me levanto y voy a la ducha. Hoy me puedo mudar de ropa. Como es temprano puedo anotar durante un rato en la libreta hasta ponerme al día. Me voy hasta la capilla. Creía que JM iba a decir la misa, pero estaba en un banco y me pongo a su lado. Vienen los demás: Mauro, Marietta e Imelda. Están todos los frailes y uno preside la celebración, en inglés, claro. Al salir vamos a desayunar, con los frailes. Hay café con chicoria, bizcocho de plátano, mermeladas, tostadas, huevos fritos, mantequilla. Entra un fraile, con poca pinta de serlo por la apariencia, es muy simpático y alborotador. JM me dice que es un pleiteador nato. Es un quijote, se embarca en todos los casos perdidos que le salen al paso y los gana. Un fraile anciano se sienta en una mesa aparte. Parece que anda a su bola. JM me cuenta que tiene casi cien años y es toda una historia. En su juventud vino de Escocia a Solwezi para trabajar en las minas de cobre, como ingeniero de minas, Conoció a los franciscanos y sintió curiosidad por conocer su labor, entró en el convento y se quedó hasta hoy.
Después del desayuno, nos ponemos en marcha para recorrer la última etapa de nuestro viaje. Nos detenemos a comer en Solwezi, a doscientos kilómetros de Kasempa. Es un restaurante que tiene un comedor alargado, pero preferimos comer fuera, en una construcción típica. Todos pedimos pollo salvo JM que pide cerdo. Bebemos cerveza de Zambia. Ya solo queda recorrer unos doscientos kilómetros para llegar a Kassempa. Llegamos a eso de las seis. La casa de la misión es un edificio alargado, de planta baja, con tejado de uralita y pintado de azul. Se entra por la cocina, a la derecha el comedor y de frente el salón, con una puerta que a una finca donde hay dos lugares de reunión, otro edificio para actividades y a la derecha la iglesia, construida por un polaco y que por eso tiene un parecido con las edificaciones de ese país, con materiales de la zona, claro. Cada uno tiene su habitación a lo largo de un pasillo, donde a la izquierda, en primer término está el baño, luego la despensa, el despacho y la habitación de JM. Al fondo el cuarto de su compañero de misión y por la derecha del pasillo, nuestras habitaciones, la mía es la tercera. Al descargar las maletas, acuden varios niños, al principio tímidos, cautelosos, pero luego sonrientes. Nos miran con curiosidad. Enseguida nos dicen sus nombres. Uno se llama Kristofer. Se ríen cuando les digo que mi nombre es Jesús. JM nos presenta a Dany, el cocinero. Nada más dejar las maletas, nos vamos a dar una vuelta hasta el centro “urbano”. Aquí los edificios me recuerdan esos pueblos que hemos visto tantas veces en las películas del “Oeste”, barracones, con un porche. Aquí las cubiertas son de madera y en las paredes repletas de dibujos que explican los servicios del establecimiento. Claro, aquí la mayor parte de la población no sabe leer, por eso las fachadas son comics. A JM lo conoce mucha gente. Algunos se paran y nos presenta. El saludo es “muji biepi” y la contestación es “tujitu borongo” y “borongo tu”. Sonríen mucho. Regresamos para cenar lo que nos ha preparado Dany: pollo, arroz y piña de postre. Al terminar echamos algo contra los mosquitos en las habitaciones. JM me deja el ordenador para enviar un correo a casa. Es curioso, después de escribirlo, hay que apagar el ordenador para mandarlo. Imelda lava la ropa y nos reímos un buen rato con ella, Se agradece el momento de irse a la cama. Todavía escribo durante un buen rato. Hay un gran silencio, al fin estamos en Kasempa.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo IV

Dormí poco pero me desperté temprano y descansado. A las seis ya no aguantaba más en cama, era completamente de día. Me fui a la ducha mientras Mauro dormía. JM ya estaba a pie.
Para el desayuno había cacao y café, agua caliente en una jarra eléctrica, pan cuadrado, como el que decimos en Vigo de molde, pero que en Zambia es el corriente. También un cartucho de leche, de medio litro, “solo para manchar” nos dijo JM. La leche es un artículo de lujo en Zambia.. Después del desayuno y fregoteo de cacharros nos fuimos al centro a dar una vuelta. JM tenía que ver el correo, así que entramos el y yo en un ciber mientras los demás esperaban fuera. Envié un correo a casa, aunque la víspera ya había telefoneado para comunicar la llegada. Enseguida llego la hora de comer y entramos en un restaurante de comida rápida. Marietta e Imelda se pidieron una carne hindú, Gandi y Mauro otra carne rara y yo pollo a la brasa que estaba muy bueno. Nos cobraron ochenta mil kwachas, unos veinte euros al cambio en ese momento: cuatro mil kwachas por euro. En lugar de hacer la siesta, JM nos llevó a ver cobras y cocodrilos, a un lugar a doce kilómetros, por una carretera de tierra, de lo más típico. Aquí las carreteras locales, se hacen más o menos así: Una pala excavadora levanta las hierbas, luego una apisonadora la remata. La estación lluviosa, finalmente, pone un socavón aquí, otro allá y la carretera queda lista para probar la robustez de las suspensiones. Entonces lo mejor es ir en bici o a pie. Por el camino vemos toda clase de gente caminando: niños de uniforme descalzos, con las sandalias en la mano, muchachas con pareos anudados en el pecho, portando sus bebés, hombres y mujeres que vienen o van al mercado, cargados con artículos de lo más variado, que vienen o van a trabajar al campo, que vienen o van para alguna gestión en el centro y, los menos, que regresan al hogar después de la jornada laboral. Algunos, escasos, van en bicicleta, en la que llevan cerdos, muebles, sacos de fertilizante o harina, productos del huerto, maletas enormes, bidones de agua, etc.
Tardamos unos cuarenta minutos en recorrer los doce kilómetros. Hugo que abonar veinte mil kwachas acceder al recinto. Se trataba de una gran finca, con la hierba muy cuidada y varias construcciones circulares, con tejado de paja en forma de cono, mesa y bancos. Muy cerca estaban las celdas de las cobras. Un guía nos explicaba en inglés y JM traducía. Las cobras eran pequeñas, no se movían. Todas eran altamente peligrosas, de algunas solo había el antídoto contra el veneno, en Johannesburgo, para otras no existía antídoto. Alguna lanzaba su veneno a varios metros de distancia directamente a los ojos, para cegar a las víctimas. Como las veíamos a través de un cristal era imposible tomar fotos. En una especie de fosa redonda se escondía entre unos arbustos una gigantesca pitón. El guía puso una escalera y bajó para sacarla y que nos la pusiéramos sobre los hombros como una estola, para la foto. JM fue el primero y yo detrás, a pesar de que me daba un poco de repelús. Al acariciar la piel del ofidio, la sentí suave y una sensación sorprendente, sensual, notando como los anillos se movían bajo la piel, como si percibiera mi caricia y sintiera placer en ello. A continuación nos acompañó para ver los cocodrilos. Los más pequeños, de dos y tres años, descansaban perezosos al sol, sobre las piedras o la arena, junto al agua. Abrían la boca y se quedaban así, como pasmados. Como las crías de todos los animales resultaban graciosos, aunque ya se adivinaba su peligrosidad. Avanzamos por un camino y desde un puente, sobre un lago artificial pudimos observar a los grandes reptiles. Aun desde la distancia y seguridad que nos daba el lugar inaccesible para los bichos desde donde podíamos verlos, resultaban inquietantes. Apenas se movían, o lo hacían muy despacio. Sus ojos brillaban maliciosos, con disimulo, al acecho siempre. Los que se deslizaban por el lago, apenas removían el agua en su desplazamiento. Uno abrió su boca de pronto, era como una entrada terrorífica a una caverna, en donde las estalactitas y estalagmitas se muestran amenazadoras para todo el que se aventure a cruzar el umbral. No tienen lengua y al fondo solo está la oscuridad que conduce a un almacén donde puedes encontrar de todo, ya que al no masticar la comida, en su estómago puede haber objetos variados: relojes, dientes de oro, gafas, mecheros, restos de algún turista despistado. Después de dos horas de tan “arriesgado safari”, las emociones y el sol habían resecado nuestras gargantas, era el momento de sentarnos en uno de aquellos recintos circulares para tomar una cerveza a la sombra. Regresamos a Lusaka, brincando como a la ida, dentro del todo terreno, como si nuestros vehículo fuera un saltamontes. JM había quedado con la monja para llevarla a donde vive, a diez kilómetros de Lusaka. Al regreso nos llevó al súper para hacer la compra y cenar en casa. El establecimiento no se diferenciaba de cualquiera de los que hay en nuestras ciudades, solo que abundaban algunas marcas desconocidas y aquellos productos que aquí son de mayor consumo, como la harina de maíz. La cena fue a base de jamón, mortadela, uvas y plátanos. Las chicas esta noche no dormían en el mismo lugar y JM fue a llevarlas mientras que Mauro lavaba los platos. A la vuelta aún charlamos los tres un buen rato, bajo un cobertizo. La temperatura era deliciosa. Con en el mapa de Zambia delante nos contó historias acerca de los nazis que hicieron experimentos con los bosquimanos. La tribu de los Herero, de setenta mil que eran, se quedaron en doce mil. Es triste comprobar hasta donde puede llegar la barbaridad humana. A eso de las nueve nos fuimos a dormir. JM dormía en la misma habitación que nosotros, porque el resto de los dormitorios, el suyo y el de las chicas, estaba comprometido para otra gente, ya que nuestra estancia se hubiera reducido a un día solamente sino hubiera sido por el retraso ocasionado por la pérdida de las maletas.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Mis viajes a Zambia: capítulo III

Poco después del desayuno, comenzaron las maniobras de aproximación al aeropuerto de Johannesburgo. Ya en tierra enseguida buscamos la puerta de embarque. Una vez resuelto este requisito, nos pareció lo mejor buscar un lugar estratégicamente cerca para esperar allí el momento de salir hacia Lusaka. Ocupamos un banco al final de un pasillo repleto de tiendas y justo frente a los servicios. Imelda y yo dimos un paseo hasta el final del recinto. Los precios tenían una “R” al lado. Más tarde me enteré de que era la abreviatura del “rand” la moneda del país. Un euro equivale a siete rands. Los comercios me recordaban un safari, era como estar viviendo una aventura. Por fin en la pantalla apareció nuestro vuelo. Era un avión pequeño, de las African Airlines. Todas las azafatas eran de color, guapas y sonrientes. Nos sirvieron una especia de hamburguesa con queso y mostaza, así que ni la probé. Tomé un té y un botellín de agua.
Después de algo más de una hora de vuelo supuse que sobrevolábamos Zambia. Se veían grandes zonas verdes y unas líneas muy rectas que seguro eran carreteras: como si se hubieran trazado con tiralíneas. Este último vuelo se hizo muy corto. Habían transcurrido más de veinticuatro horas de nuestra partida. Aún tuvimos que hacer gala de paciencia y guardar cola para mostrar y pagar los veinticinco dólares del visado. Y allí tuvimos la sorpresa de conversar con una señora en español. Era chilena y había venido a Lusaka a un congreso. En la cinta de equipajes no veíamos nuestras maletas. Un muchacho nos indicó una ventanilla al fondo para hacer la reclamación. A la izquierda estaban las puertas de salida, desde allí enseguida vi a mi amigo que nos hacia señas. Mauro intentaba hacerse entender con la señorita de la ventanilla, mientras tanto yo le indiqué al muchacho de antes, que un amigo nos esperaba fuera, que el hablaba bien inglés. Se acercó conmigo a la puerta, habló con los guardias y pudo entrar JM. Tras una larga conversación nos enteramos que nuestro equipaje se quedó en Londres y que no llegarían a Lusaka hasta el jueves. No quedaba más remedio que esperar dos días en la capital. Al salir fuera nos inundó el sol tropical y nos dimos cuenta de que estábamos en Zambia, en el corazón del África negra. Nada podría hacernos sospechar que era un país africano, salvo que empecé a encontrarme raro, como una partícula de polvo en una taza de chocolate. En el aparcamiento, por primera vez vi de cerca el famoso todo-terreno de JM, que conocía por fotos, con su inconfundible cubierta roja, sobre carrocería blanca. Era fácil localizarlo en un aparcamiento. Cargamos el equipaje de mano y JM nos llevó a nuestro alojamiento. Cruzamos toda la ciudad. Edificios bajo, la mayoría, muchos vendedores en los cruces. Ofrecían de todo: juguetes, mapas, cuadros, lámparas, frutas, patatas, periódicos, libros, paraguas. En el centro algún edificio más a la europea y en las afueras, carreteras destartaladas, sin aceras, pero sobre todo gente caminando. Me pareció, que de pronto habíamos retrocedido cincuenta años. Tras una media hora de recorrido, JM detuvo el coche ante una puerta grande de hierro. Tocó la bocina y enseguida abrieron la puerta, para adentrarnos en una buena finca con una edificación al fondo. Como casi todas las casas en Lusaka, era de planta baja, con tejado de uralita, construcción alargada en forma de T, un pasillo con habitaciones a un lado y al fondo, en la sección horizontal, la cocina, el comedor en el centro y un gran salón al otro lado. JM tenía su habitación al principio, Mauro y yo compartimos una inmensa alcoba con tres camas y baño y las chicas en otra más pequeña, sin servicio. Claro que el nuestro estaba inundado. Acomodamos nuestras cosas y JM nos llevó al centro para encontrarnos con una monja que ya estuviera en Vigo. Fue una gran alegría volver a verla. Le di las fotos de cuando estuvo y se rió un montón al verse.
JM nos llevó al Irish Pub, una especie de restaurante y bar, al más puro estilo irlandés, aunque nuestro amigo nos dijo que el dueño era griego. Me tomé una cerveza zambiana. La temperatura era excelente. Acompañamos a la monja a su hogar. Todas sus compañeras abrían sus bocas en una sonrisa enorme al saludarnos. La construcción del mismo estilo, planta baja y de mucha extensión. Allí el terreno no resultaba caro al parecer. Tomamos algunas fotos en el jardín, y regresamos al centro. Aún nos dio tiempo a dar una vuelta por los centros comerciales antes de ir a cenar. Los establecimientos eran iguales que los de cualquier ciudad nuestra, las mismas marcas y productos, pero en general, más caros. Enseguida nos habituamos a ver los precios en kwachas y convertirlas a euros. El cambio estaba a unas cuatro mil k. por euro. La tarde se fue casi de repente. Anochecía muy temprano.
Sentí hambre: en mi estómago no había entrado más que aquel pollo en el vuelo de Londres a Johannesburgo. JM Nos llevó a cenar al Irish pub. Me recomendó un chuletón a la brasa. Imelda y Marietta pidieron costilletas de cordero, Mauro y él de cerdo. La carne era excelente. Nada más terminar nos fuimos a la “Guesthouse”. Ver la tele, un poco de charla y a dormir. Ya en el dormitorio, Mauro se puso el mosquitero, yo no. Tardé en dormir. Me resbalaban las gotas de sudar y sentía picor por todas partes, cualquier ruido me sobresaltaba. Pero finalmente el cansancio me rindió y quedé dormido por primera vez en Zambia, a nueve mil kilómetros de casa.

martes, 23 de octubre de 2007

Mis viajes a Zambia: capítulo II

En el aeropuerto esperaban los compañeros de viaje: Mauro y Marieta con su madre e Imelda con la suya. Protegimos el equipaje para facturar con una envoltura plástica que te colocan con una máquina a cuatro cincuenta por bulto. La maleta de Imelda pesaba más que ninguna, con diferencia. Entre risas nos contaba que necesitó una semana para hacerla. Al facturar, la empleada de Iberia, además de lamentarse por no poder hacer la facturación automática nos comentó que lo tendríamos crudo en Londres para enlazar con el vuelo a Lusaka, que había poco tiempo de margen ¡y eran dos horas! Gastamos el tiempo de espera en la cafetería. El vuelo se retrasó media hora. Se percibían los nervios, aunque cada cual los disimulaba como mejor podía, menos Imelda, que lo exteriorizaba todo.
Al fin embarcamos. El vuelo hasta Madrid nos dejó en menos de una hora en la inmensa T4, corriendo para buscar la puerta de embarque hacia Londres. Mi hija, que vive en Madrid y se había acercado a despedirnos, hizo el viaje en balde, porque no pudimos verla. Aquella nueva Terminal nos guiaba con señales bien claras, marcando además el tiempo que nos faltaba para llegar. Tardamos más de media hora en alcanzar nuestro objetivo. Una vez allí aprovechamos la espera para comer unos bocadillos.
Nada más terminar embarcamos. Anochecía cuando el avión nos depositó en Heathroow, con más de una hora de retraso. Sin pérdida de tiempo nos pusimos en la cola para el control policial. Otra hora hasta llegar a las ventanillas de la British donde nos darían una desagradable sorpresa, en inglés: “El vuelo a Lusaka ya está cerrado”. Nos dieron dos opciones, o esperar al siguiente hasta el miércoles o salir a las nueve en vuelo a Johannesburgo y de allí tomar otro a Lusaka. En lugar de las siete de la mañana llegaríamos a las dos de la tarde. Esta última nos pareció la menos mala y nos agarramos a ella. Nos aseguraron que las maletas viajaban con nosotros. Aunque ahora nos sobraba el tiempo nos fuimos hacia la puerta de embarque. Un nutrido grupo de viajeros, de lo más variopinto, se agolpaba ante la puerta. Abundaba la gente de piel oscura. Cuando embarcamos se nos había el mal humor por el cambio de vuelo. La nave tenía dos enormes pasillos, con tres asientos en los laterales y cuatro en el centro. Estábamos juntos en el centro, justo a continuación de una zona de servicio. La primera fila, justo delante de nosotros, se destinaba a pasajeros con bebés, porque disponían de una mesa para cambiarlos y poner la cuna. Nos coincidió una pareja joven con una niña y un bebé. Pero también detrás nuestra iba otra pareja con dos niños. Aunque después que nos instalamos y eché un vistazo me di cuenta que por todas partes nos rodeaban bebés. Me dio la impresión de que estábamos en el departamento guardería del avión. Que no se nos pusieran a llorar, pues el concierto prometía ser terrorífico. Al poco rato levantamos el vuelo, rumbo a África, para realizar el vuelo más largo que había hecho hasta la fecha. Iba a ser una noche especialmente larga y me dispuse a disfrutar de ella, minimizando los inconvenientes, para dejar que todos los elementos positivos de aquella travesía tomaran protagonismo y fueran los verdaderos animadores del vuelo. Un mini televisor incrustado en la parte trasera del asiento anterior, nos permitía visualizar la ruta del vuelo a cada instante, además de ofrecer varias cadenas de TV y radio, a través de los mandos situados en el brazo del asiento. Enseguida nos sirvieron bebidas, con unas galletitas que sabían a tomate. A las doce de la noche comenzaron a servir la cena: Una ensalada, que no probé porque me pareció que tenía mayonesa y pollo con arroz que estaba un poco picante, pero bueno. Como no hubo forma de entenderme con la azafata para que me explicara si la ensalada tenía queso o vinagre, conseguí que buscara a una azafata que hablara español: ya me hinchaba las narices que en todos los vuelos se hablara inglés, aunque estuviésemos en países de habla hispana y nadie nos atendiera en nuestra lengua. Al cabo de un buen rato, llegó una morenita que chapurreaba tres palabras de español. Total para decirme que no sabía que llevaba la ensalada y que mejor no arriesgar. La verdad es que ya se me habían esfumado las ganas. Me tomé el postre y me puse a ver la tele. Mis compañeros de viaje dormían. Dejé que las horas se deslizaran apacibles entre la película del Zorro, de Antonio Banderas, música clásica, el mapa señalizador del viaje, algún que otro lloro de bebé y los paseitos de los que iban al baño. Nos sirvieron bebidas varias veces. En el exterior la temperatura era de -40º C. y dentro hacía calor. Al sobrevolar el Sahara, turbulencias, y nos obligaron a poner el cinturón de seguridad: fue la hora más desagradable del viaje. Y casi sin darme cuenta ya volábamos sobre Lusaka. ¡Tan cerca de nuestra destino y nos alejaríamos dos mil kilómetros hacia el sur, hasta Johannesburgo!

viernes, 20 de abril de 2007

Mis viajes a Zambia: capítulo I

Jueves, 9 febrero 2006.
Hemos llegado a Kitwe, una ciudad a mitad de camino hacia Kasempa. Nos alojamos en un convento franciscano. Queda poco día, así que nos apresuramos a dejar todo en las habitaciones para dar una vuelta. Vemos una plantación de plátanos. Es la primera vez que veo una planta de plátano. La platanera se extiende ampliamente dividida en grupos por la edad de las plantas. No se trata de un árbol, no tiene tronco, Son grandes hojas verdes que se desarrollan como las palmeras, hasta llegar a la edad adulta, un año, aproximadamente, entonces nace el fruto, una flor, enorme, con colores malvas, Hay una especie de nave grande pintada de amarillo que se refleja en un estanque dormido. Es el agua para el riego, porque los plátanos necesitan mucha agua. En torno al edificio donde están nuestras habitaciones, hay frutales, sobre todo mangos y otros que no conozco. Antes de cenar tenemos tiempo para una ducha y cambiarnos de ropa. Es la primera vez que tenemos acceso a nuestras maletas, desde hace tres días que llegamos a Zambia. Nuestro alojamiento es franciscano, salta a la vista. Enseguida me acuerdo de Canedo, de Papua, de Asís. El aire es tibio, nos envuelve una atmósfera apacible, con luces amortiguadas y un silencio dulce, como una nota musical alargada hasta el infinito. Y aquí todo es más humilde, más sencillo, que me hace tener la sensación de que lo africano es la expresión más pura del espíritu de Francisco. Por primera vez, desde que salimos de Vigo, el tiempo amortigua su carrera para tomar el ritmo lento y suave del país.
Mi libreta de notas quedó olvidada en el avión de Londres a Johannesburgo. Ahora utilizo una pequeña libreta, con las hojas de colores, que me ha dado Imelda.
Aquí, en mi habitación, sobria, como todo lo demás, frente a la ventana, donde la luz se desvanece, comienzo a recordar el viaje. Todo me llega lejano, irreal, como si fuera un sueño. Hay momentos mágicos en los no se sabe si el presente es un sueño del que pronto vamos a despertar, o es el pasado, todo lo que acude a nuestra mente, como una fuga de nuestra imaginación que se ha desviado a la memoria para confundirnos.
Me llegan las imágenes del nerviosismo de los días anteriores a nuestra partida, que a medida que se acerca, precipita los acontecimientos hasta provocar una prisa que nos esforzamos en disimular algunos, pero que se transparenta en otros, hasta llegar casi a la histeria. La gente pregunta, recomienda, aconseja, te enumeran listas de ropa, de medicinas, imprescindibles. A última hora aparecen los encargos, los regalos, y las maletas engordan como si fueran globos. Hasta el mismo domingo, la víspera, me trajeron un viejo portátil, enorme y pesado para llevar. Esa noche me costó conciliar el sueño, como si tuviera sobre mi panza todo el equipaje. El lunes por la mañana quería ir al gimnasio, pero no pude. Al fin llegó la hora. Cargamos el equipaje en el coche: Una gran maleta, con ropa de algodón, casi todo camisetas de manga larga y pantalones, varias tabletas de turrón, embutidos, botas de repuesto, un neceser, mudas y calcetines. En otra más pequeña, más turrones, conservas y el portátil, luego la mochila, con alguna ropa, gorra, traje de baño, chubasquero, la cámara de DVD, la de fotos, con todos los accesorios. La mañana era fría, pero muy soleada. Me vestí pantalón vaquero, dos pares de calcetines gruesos, botas, una camiseta de manga larga y un chubasquero con chaleco interior de pana.

Buenos días

Podar las rosas

Podar las rosas es un ejercicio positivo porque estimula el florecimiento. Cuando se podan las rosas marchitas, surgen nuevas flores más bel...