Domingo, 19 de febrero de 2006.
Ha llovido toda la noche, creo que hasta hubo tormenta. Desperté varias veces. Ahora el goteo insistente sobre el tejado de uralita me parece un tambor que interpreta una monótona danza africana. Al amanecer me levanto. Cuando entro al retrete me cruzo con Grace, que viene de la ducha. Me enjabono bien y me quedo un buen rato bajo el agua. Pienso en Vigo, en el aeropuerto, en mi esposa esperándome. ¡Tengo ganas de volver y emprender esta nueva etapa de mi vida! Porque este viaje será el punto de inserción de un antes y un después. Ahora estoy en la cocina, sentado, solo, pensando. A mi lado está el gato. Es el único momento en que puede estar tranquilo porque Marietta e Imelda lo ahuyentan nada más verlo. Siento una gran alegría interior, más que alegría esperanza. Pero el reflejo de la ventana me devuelve un rostro serio. ¡Tantas cosas me parecen superfluas! Es como si perdiera las ganas de hablar. Deseo el silencio. Viene Grace, que va a la misa en la ciudad. Nosotros la tendremos en español con JM. Se van levantando mientras escribo. Ya vi a JM pasar para la ducha y Marietta me ha dicho hola. Solo quiero estar tranquilo, suave, no entrar en ninguna discusión, ni en conflicto con nadie.
Ayer me dijo JM que los billetes anteriores al 96 no los aceptan aquí, ni fuera de Europa, en general. Me queda todo tan lejos. Me doy cuenta de que mi verdadero confidente, mi único interlocutor fiel es la hoja en blanco de mi libreta. Me doy cuenta lo poco que nos escuchamos. Es frecuente que alguien diga algo en medio de tu conversación, sin dejarte acabar lo que estabas contando. Aquí nadie me interrumpa. He tratado de grabar en mi cerebro todos las imágenes, porque no todo lo puede captar la cámara.
Ya han venido a la cocina Imelda y Marietta, rompiendo el silencio como si tiraran contra el suelo una botella de cristal. El pobre gato ha salido disparado. Ya no me es posible estar solo. Desayuno cacao con agua. Al terminar tenemos la misa. Es una experiencia inolvidable. Se agolpan los recuerdos: el poblado de Kaminzekenzeke, los leprosos, los niños. El sol entra con fuerza por la ventana y lo ilumina todo de repente.
Mientras esperamos a Grace, JM me explica como funciona la cuestión de poner nombre a los hijos. Por ejemplo, en el caso de Grace, ese es su nombre cristiano, pero los padres la llaman Mwila, y los abuelos tienen derecho a darle otro, un nombre tradicional, con significado. Cuando llega nos vamos. Voy detrás con Imelda y Mauro. Llegamos al mercadillo. Imelda quiere comprar unos pareos. Le digo que yo también, que cuando compre me lo diga, ya que por comprar más, seguramente conseguiremos mejor rebaja, pero no me hace caso. Encuentro un instrumento musical que me parece interesante para mi hija, se llama Marimba y cuesta unos tres euros. Después de comprar algunos pequeños recuerdos más me voy con JM que me pide le acompañe al Shoprite. Estoy deseando salir de allí. Me agobia, los puestos están muy cerca unos de otros, y no paran de asediarte para que compres. Compramos pollo, spaghetti, carne, tomates, repollo, agua y harina de maiz porque Grace nos va a preparar nzima. Regresamos en busca de los demás. JM compra una fruta que por fuera es verde y amarilla por dentro, como la sandía, me dice que son gwabas. La caminata hasta la casa, bajo el sol del mediodía se hace dura. Termino sudando a tope. Después de una ducha descanso sobre la cama hasta la comida. Grace ha preparado la comida tradicional: nzima con verdura y pollo. Me gusta, aunque la nzima resulta pesada. De postre tomamos helado. Después de comer me voy a la habitación y me tumbo en la cama hasta que Mauro me avisa para irnos. Vamos a contemplar la gran falla del río desde distintos lugares.
Todo el mundo quiere sacarse fotos. Tomo fotos y película. Realmente es impresionante sacarle fotos a Grace con estas vistas. Nos avisa de un ciempiés gigante. Espero que salga en el video. Por un camino infernal, dando unos botes tremendos, JM nos lleva a un lugar que hay sobre la garganta. Está todo decorado al estilo más tradicional, con cañas, maderas. Grace toca el tambor. Volvemos al anochecer.
Mañana es el último día. Tengo ganas de volver, de llegar a Madrid, de abrazar a mi hija, de encontrarme entre de nuevo en casa.
Al regreso hemos visto un poblado muy primitivo. Es todo tan distinto, una cultura tan diferente. No creo que se vayan de mi memoria tantas miradas. Sobre todo las de los niños. Parece que te miran hasta lo más hondo de tu mismo, allí donde eres tu y no puedes poner máscaras.
lunes, 24 de noviembre de 2008
domingo, 23 de noviembre de 2008
Mis viajes a Zambia: capítulo XIV
Sábado, 18 de febrero de 2006.
Cuando me levanto ya es día. JM se ha ido a decir la misa a las monjas. Después de desayunar nos vamos a un parque natural que hay cerca. Enseguida vemos impalas, cebras y monos, sobre todo. También hay hipopótamos, ñus, búfalos, y jirafas. Los elefantes solo se pueden ver desde muy lejos, porque están con las crías y son peligrosos. Hace calor. Me duele la hernia. Damos vueltas y vueltas, pero no hay manera de encontrar a los rinocerontes. Les digo a mis compañeros que le voy a decir a JM que les pregunte si se lo comieron. Imelda me reprende, porque se puedan molestar los guardias del parque. Bueno, me parece una tontería, claro, como si pudieran entenderme o como si no fuera simplemente una broma que comento con ellos. Bueno, surge un pequeño roce con ella, por esa tontería, pero a partir de ahí me siento un poco aislado.
Al regreso se ponen con la comida. No tengo apetito, me basta con una tortilla francesa, un plátano y un helado. Después de una hora y media de descanso, nos vamos. El plan por la tarde es un paseo en barco por el Zambeze, contra corriente. Cuesta cuarenta dólares el pasaje, en el que va incluida la cena y toda la bebida que quieras tomar. Ocupamos una mesa. Al poco rato todos se levantan para recorrer el barco. Me quedo solo con las bolsas.
Cerca de la orilla se ven bastantes hipopótamos, pero ni un cocodrilo. Nos traen cosas para picar y bebidas. Tomo una coca-cola. Al poco rato, algunos turistas ya están bebidos. Seguro que son ingleses. El camarero pregunta a Grace de donde es y le asombra que sea de Zambia y esté con nosotros.
La verdad es que no tengo muchas ganas de hablar. Pienso en los poblados, en la gente de Kasempa, en los leprosos. En este barco lleno de turistas, paseando por el río. No puedo dejar de admirar la belleza que hay ante mis ojos, pero los pensamientos atenazan un poco mi alegría.
La cena es en bufé, bajo cubierta, pero yo no voy a buscarla. Prefiero seguir aquí, contemplando el agua, el sol bajando entre las nubes, coloreándolo todo. Es noche cerrada cuando regresamos al muelle. Dos indígenas, vestidos como guerreros, con lanza, saltan, cantan, bailan una danza de caza, creo. Nos vamos. Nadie habla y me gusta el silencio. JM nos lleva al hotel a tomar algo, junto a la piscina. La orquesta toca una melodía suave. Tomo una kastell. La música, la noche, es tiempo de nostalgias. Grace me pregunta, al verme tan pensativo, le digo: “I remember my wife”. (Recuerdo a mi esposa.) Me pregunta cuantos hijos tengo y le hago relación de ellos, chapurreando en inglés, como buenamente puedo. Ella luego me habla de sus hermanos. Uno trabaja en computadoras, otro en agricultura, dos estudian todavía, los más pequeños y ella quiere estudiar para profesora de religión.
Llega una animadora que canta, acompañada por la orquesta. Después de escuchar algunas canciones, emprendemos el regreso a casa. Al llegar, doy las buenas noches y me voy a la cama. Ellos se quedan en la cocina, cantando y tocando el tambor. Cuando Mauro se acuesta todavía no duermo.
Cuando me levanto ya es día. JM se ha ido a decir la misa a las monjas. Después de desayunar nos vamos a un parque natural que hay cerca. Enseguida vemos impalas, cebras y monos, sobre todo. También hay hipopótamos, ñus, búfalos, y jirafas. Los elefantes solo se pueden ver desde muy lejos, porque están con las crías y son peligrosos. Hace calor. Me duele la hernia. Damos vueltas y vueltas, pero no hay manera de encontrar a los rinocerontes. Les digo a mis compañeros que le voy a decir a JM que les pregunte si se lo comieron. Imelda me reprende, porque se puedan molestar los guardias del parque. Bueno, me parece una tontería, claro, como si pudieran entenderme o como si no fuera simplemente una broma que comento con ellos. Bueno, surge un pequeño roce con ella, por esa tontería, pero a partir de ahí me siento un poco aislado.
Al regreso se ponen con la comida. No tengo apetito, me basta con una tortilla francesa, un plátano y un helado. Después de una hora y media de descanso, nos vamos. El plan por la tarde es un paseo en barco por el Zambeze, contra corriente. Cuesta cuarenta dólares el pasaje, en el que va incluida la cena y toda la bebida que quieras tomar. Ocupamos una mesa. Al poco rato todos se levantan para recorrer el barco. Me quedo solo con las bolsas.
Cerca de la orilla se ven bastantes hipopótamos, pero ni un cocodrilo. Nos traen cosas para picar y bebidas. Tomo una coca-cola. Al poco rato, algunos turistas ya están bebidos. Seguro que son ingleses. El camarero pregunta a Grace de donde es y le asombra que sea de Zambia y esté con nosotros.
La verdad es que no tengo muchas ganas de hablar. Pienso en los poblados, en la gente de Kasempa, en los leprosos. En este barco lleno de turistas, paseando por el río. No puedo dejar de admirar la belleza que hay ante mis ojos, pero los pensamientos atenazan un poco mi alegría.
La cena es en bufé, bajo cubierta, pero yo no voy a buscarla. Prefiero seguir aquí, contemplando el agua, el sol bajando entre las nubes, coloreándolo todo. Es noche cerrada cuando regresamos al muelle. Dos indígenas, vestidos como guerreros, con lanza, saltan, cantan, bailan una danza de caza, creo. Nos vamos. Nadie habla y me gusta el silencio. JM nos lleva al hotel a tomar algo, junto a la piscina. La orquesta toca una melodía suave. Tomo una kastell. La música, la noche, es tiempo de nostalgias. Grace me pregunta, al verme tan pensativo, le digo: “I remember my wife”. (Recuerdo a mi esposa.) Me pregunta cuantos hijos tengo y le hago relación de ellos, chapurreando en inglés, como buenamente puedo. Ella luego me habla de sus hermanos. Uno trabaja en computadoras, otro en agricultura, dos estudian todavía, los más pequeños y ella quiere estudiar para profesora de religión.
Llega una animadora que canta, acompañada por la orquesta. Después de escuchar algunas canciones, emprendemos el regreso a casa. Al llegar, doy las buenas noches y me voy a la cama. Ellos se quedan en la cocina, cantando y tocando el tambor. Cuando Mauro se acuesta todavía no duermo.
sábado, 22 de noviembre de 2008
Mis viajes a Zambia: capítulo XIII
Viernes, 17 de febrero de 2006.
Me despierto. No se la hora. Es de noche. Me levanto. Voy al baño y me ducho y desnudo me meto bajo la sábana, esperando a que amanezca, para no despertar a Mauro. Veo en mi imaginación la película de todo lo vivido hasta entonces. Cuando la luz se filtra por la ventana, me visto. Ruidos de cacharros en la cocina me indican que alguien anda por ahí. En efecto, Imelda ya está en pie. A las siete nos vamos con JM a la misa. La dice en inglés, para las monjas y nos enteramos a medias. Luego en el desayuno, JM nos indica lo que hemos de llevar. Preparo una bolsa con el chubasquero, chancletas, camiseta y calzoncillo de repuesto. Me echo el protector para la piel y los mosquitos y calzo deportivos.
Nos dirigimos a las cataratas. Voy delante con Grace. Es muy cerca. Como aún es temprano, JM nos enseña los dos grandes hoteles de lujo: el Zumbeam Sun, de estilo africano y el Livingstone hotel, al más puro estilo colonial inglés. En la cafetería y salones anexos, hay diversos recuerdos del famoso explorador, incluso fotografías: es todo un museo. Luego recorremos los jardines con muchos árboles y un césped exquisitamente cuidado, que recuerdan a Inglaterra. Hay monos por todas partes.
Caminamos hasta un mirador desde donde se ve saltar el agua de las cataratas hasta fundirse con las nubes. A la vuelta un grupo de impalas y cebras pastan tranquilos, saben que somos cazadores inofensivos, únicamente armados de cámara de fotos. Son hermosos. Están allí, quietos, posando, invitándonos a usar la cámara. Y nosotros amablemente no nos resistimos y nos damos una buena sesión fotográfica.
JM hace un buen arreglo y entramos pagando por dos nada más. Un sendero nos lleva hasta un mirador para tomar fotos, después no podremos hacerlo con tanta facilidad, pues el agua mojaría las cámaras. Se oye un estruendo formidable. Al dar la vuelta a un recodo, se ofrecen a nuestra vista, impresionantes, las cataratas. Se forman tres y hasta cuatro arco iris. El agua se precipita a 107 metros de profundidad, en una anchura de 1,7 km. La cámara es pequeña para un espectáculo tan grandioso. El agua precipitándose atrae nuestras miradas, absorbe todo nuestro pensamiento, solo soy capaz de experimentar esa naturaleza exuberante que pone de manifiesto nuestra pequeñez ante las manifestaciones de la naturaleza. En unos minutos nos desplazamos a otro mirador. Allí alquilan chubasqueros. JM había dicho que los lleváramos de casa y pero ahora los alquila. También dijo de ir en dos tandas, para unos quedaran cuidando de las bolsas. Ahora quiere que vayamos juntos, pero yo no puedo llevar las cosas bajo el chubasquero. Así que se van él con Mauro y Marietta y nos quedamos Grace, Imelda y yo. Tardan unos cuarenta y cinco minutos. En ese tiempo sacamos fotos y nos sobra tiempo para disfrutar de las vistas.
Al fin regresan y emprendemos el camino nosotros tres. Yo voy en bañador, con una camiseta y chancletas, dispuesto a mojarme. El sendero es muy estrecho, formado por pequeñas piedras, que enseguida se tornan húmedas. En cuanto salimos al exterior, una lluvia finísima y fría nos envuelve. Cada poco hay pequeños senderos que conducen a los miradores. Desde ellos el agua en plena caída parece que se puede tocar con los dedos. No puedo acercarme mucho, porque no hay protección y tengo vértigo. Estoy empapado, con las gafas mojadas impidiéndome ver. Pero más que ver, experimento el abrazo inmenso del Zambeze. Imelda lleva la máquina y se le moja. Grace se tapa los oídos y grita. Aquellos millones de litros de agua saltando al vacío para salvar la falla ahogan nuestras voces, lo llenan todo. Hemos de cruzar un puente sobre la garganta. Ahí el agua te envuelve, te llega de todas partes, por arriba y por abajo. El puente es muy seguro, metálico y con barandillas altas. Caminas despacio, por miedo a resbalar. No puedo mirar hacia abajo, pero sería inútil hacerlo, no hay nada más al alcance de la vista que una cortina de agua, es como ir dentro de una nube en movimiento, viajando dentro de la catarata misma.
Al otro lado es agradable sentir los rayos de sol. Se ve el puente que une Zambia y Zimbabwe. Un grupito hace pointing. La ruta ahora es seca. El río fluye manso y humilde por la garganta, ingenuo después de la formidable caída, como un niño que nos mira inocente. En efecto, parece increíble, que este inocente arroyo, haya sido capaz unos metros más arriba de lanzar sobre el abismo aquella tromba de agua.
Al regreso me quedo con las ganas de que Mauro nos haga una foto, pues seguro que ofrecemos una imagen única. Me calzo y visto una camiseta seca. Aun hay tiempo para acercarnos al río, unos metros antes de precipitarse para observar con asombro una corriente tranquila e inocente, que invita al baño. Nadie podría imaginar viendo el antes y el después de aquel río, que fuera capaz de una hazaña semejante. Se me ocurre pensar en que podría tener cierta semejanza con JM, nadie diría al verlo tan sencillo y humilde, que fuera capaz de realizar una actividad tan enorme como la que lleva a cabo en su misión en Kasempa. Una vez más llego al convencimiento de que la naturaleza es un gran libro lleno de sabiduría que nos enseña a leer el gran libro de la vida.
Es hora de comer. En el restaurante aprovecho para ir a los servicios a mudarme. JM me ha pedido un filete con patatas. A el le traen cuatro gigantescas costilletas de cerdo. La carne es muy buena. Hay que ayudar a JM con las costilletas. La verdad es que el agua y el ejercicio son el mejor ingrediente para un menú.
Después de la comida, nos vamos al mercadillo donde venden recuerdos. Es igual que cualquiera de nuestras ferias, pero los puestos están más cerca unos de otros, apenas hay un estrecho pasillo para pasar y te agobian con su parloteo para que compres. En cuanto saben que somos españoles, chapurrean alguna palabra en nuestra lengua para hacer más atractiva su oferta. Compro un par de cosillas, aconsejado por JM y luego, él, Mauro y yo nos vamos a la ciudad dejando allí a las chicas que disfrutan con toda aquella algarabía de ofertas y regateos. Imelda está en su salsa, se entiende a la perfección con aquel mundillo. Al regreso aun hay que esperar un buen rato por ellas.
Aún nos guía JM a otro mercado, más o menos con los mismo artículos, pero más caros. El y yo nos quedamos tomando un refresco mientras los demás compran. Marieta regresa con un tambor y otros instrumentos musicales nativos, además de algunos collares. Imelda viene sofocada y con las bolsas rebosando regalos para todo el mundo.
En la cafetería del Zumbiam Sun nos sentamos a tomar un refresco para hacer tiempo antes de la puesta de sol. Las cebras son el elemento decorativo, paseando por los alrededores de la piscina.
Desde un lugar estratégico en los jardines contemplamos la puesta de sol. Grabo con la cámara, mientras Grace, muy bajito canta. Es un postre espléndido después de un día tan completo. La capacidad de la naturaleza para asombrarnos es interminable.
En casa cenamos el resto del guiso del día anterior. Tengo prisa en irme para cama y rumiar en el silencio de la noche todas las imágenes grabadas. Alguien dijo que recordar es volver a pasar por el corazón las vivencias. Es delicioso dejar que en esta noche los recuerdos me acunen.
Me despierto. No se la hora. Es de noche. Me levanto. Voy al baño y me ducho y desnudo me meto bajo la sábana, esperando a que amanezca, para no despertar a Mauro. Veo en mi imaginación la película de todo lo vivido hasta entonces. Cuando la luz se filtra por la ventana, me visto. Ruidos de cacharros en la cocina me indican que alguien anda por ahí. En efecto, Imelda ya está en pie. A las siete nos vamos con JM a la misa. La dice en inglés, para las monjas y nos enteramos a medias. Luego en el desayuno, JM nos indica lo que hemos de llevar. Preparo una bolsa con el chubasquero, chancletas, camiseta y calzoncillo de repuesto. Me echo el protector para la piel y los mosquitos y calzo deportivos.
Nos dirigimos a las cataratas. Voy delante con Grace. Es muy cerca. Como aún es temprano, JM nos enseña los dos grandes hoteles de lujo: el Zumbeam Sun, de estilo africano y el Livingstone hotel, al más puro estilo colonial inglés. En la cafetería y salones anexos, hay diversos recuerdos del famoso explorador, incluso fotografías: es todo un museo. Luego recorremos los jardines con muchos árboles y un césped exquisitamente cuidado, que recuerdan a Inglaterra. Hay monos por todas partes.
Caminamos hasta un mirador desde donde se ve saltar el agua de las cataratas hasta fundirse con las nubes. A la vuelta un grupo de impalas y cebras pastan tranquilos, saben que somos cazadores inofensivos, únicamente armados de cámara de fotos. Son hermosos. Están allí, quietos, posando, invitándonos a usar la cámara. Y nosotros amablemente no nos resistimos y nos damos una buena sesión fotográfica.
JM hace un buen arreglo y entramos pagando por dos nada más. Un sendero nos lleva hasta un mirador para tomar fotos, después no podremos hacerlo con tanta facilidad, pues el agua mojaría las cámaras. Se oye un estruendo formidable. Al dar la vuelta a un recodo, se ofrecen a nuestra vista, impresionantes, las cataratas. Se forman tres y hasta cuatro arco iris. El agua se precipita a 107 metros de profundidad, en una anchura de 1,7 km. La cámara es pequeña para un espectáculo tan grandioso. El agua precipitándose atrae nuestras miradas, absorbe todo nuestro pensamiento, solo soy capaz de experimentar esa naturaleza exuberante que pone de manifiesto nuestra pequeñez ante las manifestaciones de la naturaleza. En unos minutos nos desplazamos a otro mirador. Allí alquilan chubasqueros. JM había dicho que los lleváramos de casa y pero ahora los alquila. También dijo de ir en dos tandas, para unos quedaran cuidando de las bolsas. Ahora quiere que vayamos juntos, pero yo no puedo llevar las cosas bajo el chubasquero. Así que se van él con Mauro y Marietta y nos quedamos Grace, Imelda y yo. Tardan unos cuarenta y cinco minutos. En ese tiempo sacamos fotos y nos sobra tiempo para disfrutar de las vistas.
Al fin regresan y emprendemos el camino nosotros tres. Yo voy en bañador, con una camiseta y chancletas, dispuesto a mojarme. El sendero es muy estrecho, formado por pequeñas piedras, que enseguida se tornan húmedas. En cuanto salimos al exterior, una lluvia finísima y fría nos envuelve. Cada poco hay pequeños senderos que conducen a los miradores. Desde ellos el agua en plena caída parece que se puede tocar con los dedos. No puedo acercarme mucho, porque no hay protección y tengo vértigo. Estoy empapado, con las gafas mojadas impidiéndome ver. Pero más que ver, experimento el abrazo inmenso del Zambeze. Imelda lleva la máquina y se le moja. Grace se tapa los oídos y grita. Aquellos millones de litros de agua saltando al vacío para salvar la falla ahogan nuestras voces, lo llenan todo. Hemos de cruzar un puente sobre la garganta. Ahí el agua te envuelve, te llega de todas partes, por arriba y por abajo. El puente es muy seguro, metálico y con barandillas altas. Caminas despacio, por miedo a resbalar. No puedo mirar hacia abajo, pero sería inútil hacerlo, no hay nada más al alcance de la vista que una cortina de agua, es como ir dentro de una nube en movimiento, viajando dentro de la catarata misma.
Al otro lado es agradable sentir los rayos de sol. Se ve el puente que une Zambia y Zimbabwe. Un grupito hace pointing. La ruta ahora es seca. El río fluye manso y humilde por la garganta, ingenuo después de la formidable caída, como un niño que nos mira inocente. En efecto, parece increíble, que este inocente arroyo, haya sido capaz unos metros más arriba de lanzar sobre el abismo aquella tromba de agua.
Al regreso me quedo con las ganas de que Mauro nos haga una foto, pues seguro que ofrecemos una imagen única. Me calzo y visto una camiseta seca. Aun hay tiempo para acercarnos al río, unos metros antes de precipitarse para observar con asombro una corriente tranquila e inocente, que invita al baño. Nadie podría imaginar viendo el antes y el después de aquel río, que fuera capaz de una hazaña semejante. Se me ocurre pensar en que podría tener cierta semejanza con JM, nadie diría al verlo tan sencillo y humilde, que fuera capaz de realizar una actividad tan enorme como la que lleva a cabo en su misión en Kasempa. Una vez más llego al convencimiento de que la naturaleza es un gran libro lleno de sabiduría que nos enseña a leer el gran libro de la vida.
Es hora de comer. En el restaurante aprovecho para ir a los servicios a mudarme. JM me ha pedido un filete con patatas. A el le traen cuatro gigantescas costilletas de cerdo. La carne es muy buena. Hay que ayudar a JM con las costilletas. La verdad es que el agua y el ejercicio son el mejor ingrediente para un menú.
Después de la comida, nos vamos al mercadillo donde venden recuerdos. Es igual que cualquiera de nuestras ferias, pero los puestos están más cerca unos de otros, apenas hay un estrecho pasillo para pasar y te agobian con su parloteo para que compres. En cuanto saben que somos españoles, chapurrean alguna palabra en nuestra lengua para hacer más atractiva su oferta. Compro un par de cosillas, aconsejado por JM y luego, él, Mauro y yo nos vamos a la ciudad dejando allí a las chicas que disfrutan con toda aquella algarabía de ofertas y regateos. Imelda está en su salsa, se entiende a la perfección con aquel mundillo. Al regreso aun hay que esperar un buen rato por ellas.
Aún nos guía JM a otro mercado, más o menos con los mismo artículos, pero más caros. El y yo nos quedamos tomando un refresco mientras los demás compran. Marieta regresa con un tambor y otros instrumentos musicales nativos, además de algunos collares. Imelda viene sofocada y con las bolsas rebosando regalos para todo el mundo.
En la cafetería del Zumbiam Sun nos sentamos a tomar un refresco para hacer tiempo antes de la puesta de sol. Las cebras son el elemento decorativo, paseando por los alrededores de la piscina.
Desde un lugar estratégico en los jardines contemplamos la puesta de sol. Grabo con la cámara, mientras Grace, muy bajito canta. Es un postre espléndido después de un día tan completo. La capacidad de la naturaleza para asombrarnos es interminable.
En casa cenamos el resto del guiso del día anterior. Tengo prisa en irme para cama y rumiar en el silencio de la noche todas las imágenes grabadas. Alguien dijo que recordar es volver a pasar por el corazón las vivencias. Es delicioso dejar que en esta noche los recuerdos me acunen.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Mis viajes a Zambia: capítulo XII
Jueves, 16 de febrero de 2006.
Hoy viajamos de Lusaka a Livingstone. JM nos ha dicho que sería imperdonable irse de Zambia sin ver las cataratas Victoria. Nos acompaña Grace, una monjita de la misma orden que Salomé. Le cedemos el asiento delantero, acompañada de Imelda. JM nos explica que en este país es muy importante tener ese detalle, pues todavía se mantiene mucho la imagen del blanco como una clase superior al negro. La recogemos en su casa por la mañana. Después, como viene siendo habitual ya, hay que ir a un taller mecánico para arreglar la bocina. Es un gran problema viajar sin ella, porque es muy necesaria en la carretera. Aun hemos de ir al banco para cambiar. Le hemos dado dinero a JM para los gastos del viaje y algo más para comprar regalos. Antes de emprender el viaje, le hacemos una visita a Salomé, pues todavía no le habíamos dado su regalo: un frasquito de perfume. Aquí las mujeres son muy coquetas, aunque sean monjas. Salomé se lleva a las chicas al taller donde enseñan costura y les toman medidas para unos vestidos tradicionales.
Por fin nos hallamos en ruta hacia Livingstone: quinientos km. Desde Lusaka. La hernia me castiga un poco. A mitad de camino parada técnica para almorzar. Se le da fin a las empanadillas de Dany con un poco de embutido. La carretera está en mucho peor estado que la de Lusaka a Kasempa, tiene más agujeros que un queso de Gruyere y es como si viajáramos dentro de un sonajero en manos de un bebé nervioso. Mis huesos se resienten y siento como si fueran a soltarse.
Anochece cuando nos detenemos en la residencia de las monjas que será nuestro alojamiento. Es una casa de planta baja, al estilo del país, con un cuarto de baño y cuatro dormitorios. Mauro y yo compartimos uno, Marieta e Imelda otro, JM y Grace, se instalan en los otros dos. Se van a comprar comida, quedándonos en casa Marieta y yo, lo que aprovecho para darme una ducha. No hay agua caliente: ¡qué novedad! Regresan pronto. No encontraron pollo y JM prepara un buen guiso con carne, guisantes, zanahoria, fideos, tomate y cebolla. Lo cierto es que prepara bastante cantidad y sobra. Después de cenar, enseguida me voy a la cama. Estoy molido. Todo está en silencio. Ni el más leve ruido cruza la oscuridad. Apenas hemos podido ver la ciudad, aunque se parece a las que ya hemos visto. Nos hayamos al suroeste de Zambia, en la frontera con Zimbabwe, dibujada en gran parte por el río Zambeze. Esta es una ciudad turística y además histórica pues lleva el nombre del famoso explorador y misionero escocés que descubrió las cataratas más grandes del mundo.
Hoy viajamos de Lusaka a Livingstone. JM nos ha dicho que sería imperdonable irse de Zambia sin ver las cataratas Victoria. Nos acompaña Grace, una monjita de la misma orden que Salomé. Le cedemos el asiento delantero, acompañada de Imelda. JM nos explica que en este país es muy importante tener ese detalle, pues todavía se mantiene mucho la imagen del blanco como una clase superior al negro. La recogemos en su casa por la mañana. Después, como viene siendo habitual ya, hay que ir a un taller mecánico para arreglar la bocina. Es un gran problema viajar sin ella, porque es muy necesaria en la carretera. Aun hemos de ir al banco para cambiar. Le hemos dado dinero a JM para los gastos del viaje y algo más para comprar regalos. Antes de emprender el viaje, le hacemos una visita a Salomé, pues todavía no le habíamos dado su regalo: un frasquito de perfume. Aquí las mujeres son muy coquetas, aunque sean monjas. Salomé se lleva a las chicas al taller donde enseñan costura y les toman medidas para unos vestidos tradicionales.
Por fin nos hallamos en ruta hacia Livingstone: quinientos km. Desde Lusaka. La hernia me castiga un poco. A mitad de camino parada técnica para almorzar. Se le da fin a las empanadillas de Dany con un poco de embutido. La carretera está en mucho peor estado que la de Lusaka a Kasempa, tiene más agujeros que un queso de Gruyere y es como si viajáramos dentro de un sonajero en manos de un bebé nervioso. Mis huesos se resienten y siento como si fueran a soltarse.
Anochece cuando nos detenemos en la residencia de las monjas que será nuestro alojamiento. Es una casa de planta baja, al estilo del país, con un cuarto de baño y cuatro dormitorios. Mauro y yo compartimos uno, Marieta e Imelda otro, JM y Grace, se instalan en los otros dos. Se van a comprar comida, quedándonos en casa Marieta y yo, lo que aprovecho para darme una ducha. No hay agua caliente: ¡qué novedad! Regresan pronto. No encontraron pollo y JM prepara un buen guiso con carne, guisantes, zanahoria, fideos, tomate y cebolla. Lo cierto es que prepara bastante cantidad y sobra. Después de cenar, enseguida me voy a la cama. Estoy molido. Todo está en silencio. Ni el más leve ruido cruza la oscuridad. Apenas hemos podido ver la ciudad, aunque se parece a las que ya hemos visto. Nos hayamos al suroeste de Zambia, en la frontera con Zimbabwe, dibujada en gran parte por el río Zambeze. Esta es una ciudad turística y además histórica pues lleva el nombre del famoso explorador y misionero escocés que descubrió las cataratas más grandes del mundo.
jueves, 20 de noviembre de 2008
Mis viajes a Zambia: capítulo XI
Miércoles, 15 febrero 2006.
Me levanto a las cinco menos veinte, hora local. Hay agua calentando. Está solo Dany en la cocina. Aprovecho para ducharme. Cuando entro en la ducha Mauro sale vestido de la habitación. Justo en el momento de ponerme los calcetines, me da un apretón y salgo disparado al baño.
Ya todos desayunaron. Me tomo un té y una pastilla de Fortasec. Nos vamos. Dany nos abraza. El abrazo es algo especial aquí, solo se abraza en la intimidad, en familia, en los acontecimientos importantes. Como estoy mal me dejan ir delante yo solo. En Solwezi JM tiene que hablar con el obispo. Además aprovecha para que le revisen la bocina que no funciona. Allí mismo en la finca de la diócesis, hay un taller. Las chicas acompañan a JM para ir al servicio. Cuando regresa JM aun hemos de esperarle en el centro, pues tiene que ir al banco. La verdad es que el día es espléndido. Es maravilloso gozar del verano en pleno febrero.
En Kitwe se queda ChT. A falta de 300 km. Hacemos alto en la carretera para comer, igual que a la ida. Yo, por si acaso no pruebo bocado, solo bebo agua. Dany preparó empanadillas y parece que están buenas. Al atardecer estamos en Lusaka. En la residencia no hay quien nos atienda y hay que ir hasta las monjas. Por fin podemos dejar el equipaje e irnos a cenar. JM nos lleva a una pizzería. Ellos piden pizza y yo medio pollo a la brasa. Aunque es grande lo termino después de veinticuatro horas de ayuno. La pastilla ha hecho efecto y me encuentro bien.
JM necesita ver el correo, así que aprovecho para ver el mío. Hay un correo de casa. Envío uno rápido, porque el tiempo de uso es caro. Es tarde. En la residencia vemos un rato la tele, antes de acostarnos. JM, Mauro y yo estamos en la misma habitación. Al poco rato JM ronca plácidamente y a mi el calor no me deja conciliar el sueño. Pasan horas antes de caer rendido y las experiencias vividas acuden una y otra vez a mí. Creo que habrá un antes y un después de este viaje. La realidad adquiere una perspectiva diferente. El sueño me rinde al fin.
Me levanto a las cinco menos veinte, hora local. Hay agua calentando. Está solo Dany en la cocina. Aprovecho para ducharme. Cuando entro en la ducha Mauro sale vestido de la habitación. Justo en el momento de ponerme los calcetines, me da un apretón y salgo disparado al baño.
Ya todos desayunaron. Me tomo un té y una pastilla de Fortasec. Nos vamos. Dany nos abraza. El abrazo es algo especial aquí, solo se abraza en la intimidad, en familia, en los acontecimientos importantes. Como estoy mal me dejan ir delante yo solo. En Solwezi JM tiene que hablar con el obispo. Además aprovecha para que le revisen la bocina que no funciona. Allí mismo en la finca de la diócesis, hay un taller. Las chicas acompañan a JM para ir al servicio. Cuando regresa JM aun hemos de esperarle en el centro, pues tiene que ir al banco. La verdad es que el día es espléndido. Es maravilloso gozar del verano en pleno febrero.
En Kitwe se queda ChT. A falta de 300 km. Hacemos alto en la carretera para comer, igual que a la ida. Yo, por si acaso no pruebo bocado, solo bebo agua. Dany preparó empanadillas y parece que están buenas. Al atardecer estamos en Lusaka. En la residencia no hay quien nos atienda y hay que ir hasta las monjas. Por fin podemos dejar el equipaje e irnos a cenar. JM nos lleva a una pizzería. Ellos piden pizza y yo medio pollo a la brasa. Aunque es grande lo termino después de veinticuatro horas de ayuno. La pastilla ha hecho efecto y me encuentro bien.
JM necesita ver el correo, así que aprovecho para ver el mío. Hay un correo de casa. Envío uno rápido, porque el tiempo de uso es caro. Es tarde. En la residencia vemos un rato la tele, antes de acostarnos. JM, Mauro y yo estamos en la misma habitación. Al poco rato JM ronca plácidamente y a mi el calor no me deja conciliar el sueño. Pasan horas antes de caer rendido y las experiencias vividas acuden una y otra vez a mí. Creo que habrá un antes y un después de este viaje. La realidad adquiere una perspectiva diferente. El sueño me rinde al fin.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
Mis viajes a Zambia: capítulo X
Martes, 14 de febrero de 2006.
Durante la noche hubo tormenta. Me despierto a las seis menos veinte. Me levanto para acudir a la estimulante ducha fría. Lo peor de todo es que por vergüenza no canto ni grito, para amortiguar el impacto Pronto se levantan los demás. Hoy las sábanas nos han amarrado bien a la cama. JM se va al banco. Imelda lleva la ropa a la lavadora. Viene ChT a desayunar y estamos un rato de cháchara. Al regresar JM nos comunica que vamos a visitar a los leprosos. Primero se carga el furgón con sacos de maíz, almacenados en un local cercano. Después se compra aceite, jabón y azúcar en una tienda. Marieta, Imelda y yo nos acomodamos atrás, con tres ayudantes que lleva JM para cargar la mercancía. Mauro va delante. Imelda me había dicho que fuera yo solo, junto a JM, que conduce, pero Mauro se me adelantó, así que me subo con las chicas. La hernia discal molesta un poco, pero quien puede pensar en quejarse cuando uno se dirige hacia un poblado de leprosos.
Estoy un poco nervioso y el corazón se me acelera. Es la primera que voy a contemplar de cerca los efectos de la lepra. En menos de media hora el vehículo se detiene en un poblado. Al instante un nutrido grupo de gente nos rodea, sobre todo niños. Se forma un círculo y JM se sienta en el centro. Se intercambian frases de saludo y luego libreta en mano, nombra al cabeza de cada familia. Treinta y seis familias viven aquí. Les reparte a todos la misma cantidad. Las que se acercan, con un recipiente para el maíz, la mayoría son mujeres muy jóvenes, de catorce o dieciséis años.
Ya no padecen la enfermedad pero sufren las consecuencias: les faltan dedos en las manos o los pies, están ciegos. Los niños nos miran sin pestañear, con mezcla de asombro y tristeza, como si nos interrogaran. Tomamos fotos, pero cuesta arrancarles una sonrisa. Aquí solo viven los enfermos y los niños, la mayoría son nietos, los padres se han ido. Es como si en aquel pequeño lugar se concentrara la hipocresía del opulento mundo en el que vivimos.
Al terminar el reparto uno de los hombres habla, en kaonde. JM traduce y escuchamos sin atrevernos ni a tragar saliva. Nos dice que está bien que vengamos de lejos a visitarlos, pero que no olvidemos que ellos pasan necesidades. Agradecen mucho nuestra visita, pues nadie va a verlos, que solo “el father” los ayuda y el día que falte, ¿quién lo hará? Nos dan las gracias, que ellos han padecido la enfermedad, que ahora ya no son enfermos, sino gente normal.
Cruzamos el poblado a pie para acercarnos al río, donde hace poco un hipopótamo les comía las cosechas y lo mataron. En compensación tuvieron un poco de carne extra.
Ahora hay que regresar y cargar de nuevo la camioneta para ir a otro poblado, pues no podemos irnos de uno, cargados con la comida para otro. ¿Como irte de un lugar donde pasan hambre con comida? Es más cerca y son unas veinte familias. Aquí el entorno familiar acompaña al enfermo y están mejor cuidados, aunque son más pobres. Se repite la operación de reparto como el anterior. Impresiona ver como visten algunos niños con harapos. Y algunas personas en Vigo me dicen que también en nuestro país hay pobres. El más pobre de nuestros conciudadanos sería allí un potentado.
Al final también nos habla un miembro del poblado, este es ciego. Nos agradece la visita. Nos dice que les gusta y está bien que les hagamos fotos, pero que ellos también tienen ojos para verlas, así que agradecerían mucho si le enviamos alguna. En ese momento hago el propósito firme de hacer copia de todas las fotos para enviárselas por JM. A mi pregunta de quien es el que nos habla, me dice que un espontáneo.
Recorremos el poblado a pie, nos sigue bastante gente, sobre todo niños, somos un acontecimiento para ellos, un espectáculo, probablemente su mayor distracción del año. Nos muestran alguna casa con problemas, por las termitas, el pozo, con más de doce metros de profundidad. El agua se extrae con una roldada que mueven dos mujeres girando una manivela cada una. Esta operación cada vez que se necesita agua, para cocinas, para regar, para lavar, para beber. Conseguir lo más elemental aquí requiere un gran esfuerzo. A nosotros no nos llega el tiempo para muchas cosas y a ellos les sobra para casi todo, no tienen otra cosa que hacer. Su vida es un quehacer inagotable.
De vuelta en casa, JM nos da un desinfectante para lavar las manos. Hoy alubias y arroz para comer. Por la tarde duermo una siesta.
ChT nos lleva a las tres y media, hora local, al centro juvenil. Todos los jóvenes quieren jugar con nosotros y hacen grandes fiestas cuando nos ganan. Son inteligentes. Juego varias partidas a las damas y luego al billar americano, hasta que uno me gana, entonces todos lo festejan y da gusto verlos tan felices, mostrando dos hileras de dientes muy blancos. Lo cierto es que parece un grupo muy agradable de jóvenes el que allí se reúne. Llueve con fuerza.
Atardece. En casa los niños nos quieren cantar la Rianxeira. Han aprendido los gestos que les enseñaron Imelda y Marieta. Los grabo con la cámara. Hacemos una foto con Dany y se apuntan todos. Marietta me pide la maleta pequeña y preparo un poco la grande. Es la última noche. Da pena marcharse. Sabe a poco, queda hambre de estar aquí, aunque JM siempre está ocupado y no es fácil moverse solo por aquí.
Anochece. JM me firma el convenio por cinco años con la Fundación.. Nos sentamos a cenar. JM no está. Hay arroz, alubias y salchichas. Vemos un rato la tele: están pasando los juegos olímpicos de invierno: patinaje artístico. Vamos desfilando para la cama, de uno en uno, a intervalos: JM, Mauro, Marietta, ChT y yo que paso antes por el baño. Se queda Imelda sola con la tele.
Durante la noche hubo tormenta. Me despierto a las seis menos veinte. Me levanto para acudir a la estimulante ducha fría. Lo peor de todo es que por vergüenza no canto ni grito, para amortiguar el impacto Pronto se levantan los demás. Hoy las sábanas nos han amarrado bien a la cama. JM se va al banco. Imelda lleva la ropa a la lavadora. Viene ChT a desayunar y estamos un rato de cháchara. Al regresar JM nos comunica que vamos a visitar a los leprosos. Primero se carga el furgón con sacos de maíz, almacenados en un local cercano. Después se compra aceite, jabón y azúcar en una tienda. Marieta, Imelda y yo nos acomodamos atrás, con tres ayudantes que lleva JM para cargar la mercancía. Mauro va delante. Imelda me había dicho que fuera yo solo, junto a JM, que conduce, pero Mauro se me adelantó, así que me subo con las chicas. La hernia discal molesta un poco, pero quien puede pensar en quejarse cuando uno se dirige hacia un poblado de leprosos.
Estoy un poco nervioso y el corazón se me acelera. Es la primera que voy a contemplar de cerca los efectos de la lepra. En menos de media hora el vehículo se detiene en un poblado. Al instante un nutrido grupo de gente nos rodea, sobre todo niños. Se forma un círculo y JM se sienta en el centro. Se intercambian frases de saludo y luego libreta en mano, nombra al cabeza de cada familia. Treinta y seis familias viven aquí. Les reparte a todos la misma cantidad. Las que se acercan, con un recipiente para el maíz, la mayoría son mujeres muy jóvenes, de catorce o dieciséis años.
Ya no padecen la enfermedad pero sufren las consecuencias: les faltan dedos en las manos o los pies, están ciegos. Los niños nos miran sin pestañear, con mezcla de asombro y tristeza, como si nos interrogaran. Tomamos fotos, pero cuesta arrancarles una sonrisa. Aquí solo viven los enfermos y los niños, la mayoría son nietos, los padres se han ido. Es como si en aquel pequeño lugar se concentrara la hipocresía del opulento mundo en el que vivimos.
Al terminar el reparto uno de los hombres habla, en kaonde. JM traduce y escuchamos sin atrevernos ni a tragar saliva. Nos dice que está bien que vengamos de lejos a visitarlos, pero que no olvidemos que ellos pasan necesidades. Agradecen mucho nuestra visita, pues nadie va a verlos, que solo “el father” los ayuda y el día que falte, ¿quién lo hará? Nos dan las gracias, que ellos han padecido la enfermedad, que ahora ya no son enfermos, sino gente normal.
Cruzamos el poblado a pie para acercarnos al río, donde hace poco un hipopótamo les comía las cosechas y lo mataron. En compensación tuvieron un poco de carne extra.
Ahora hay que regresar y cargar de nuevo la camioneta para ir a otro poblado, pues no podemos irnos de uno, cargados con la comida para otro. ¿Como irte de un lugar donde pasan hambre con comida? Es más cerca y son unas veinte familias. Aquí el entorno familiar acompaña al enfermo y están mejor cuidados, aunque son más pobres. Se repite la operación de reparto como el anterior. Impresiona ver como visten algunos niños con harapos. Y algunas personas en Vigo me dicen que también en nuestro país hay pobres. El más pobre de nuestros conciudadanos sería allí un potentado.
Al final también nos habla un miembro del poblado, este es ciego. Nos agradece la visita. Nos dice que les gusta y está bien que les hagamos fotos, pero que ellos también tienen ojos para verlas, así que agradecerían mucho si le enviamos alguna. En ese momento hago el propósito firme de hacer copia de todas las fotos para enviárselas por JM. A mi pregunta de quien es el que nos habla, me dice que un espontáneo.
Recorremos el poblado a pie, nos sigue bastante gente, sobre todo niños, somos un acontecimiento para ellos, un espectáculo, probablemente su mayor distracción del año. Nos muestran alguna casa con problemas, por las termitas, el pozo, con más de doce metros de profundidad. El agua se extrae con una roldada que mueven dos mujeres girando una manivela cada una. Esta operación cada vez que se necesita agua, para cocinas, para regar, para lavar, para beber. Conseguir lo más elemental aquí requiere un gran esfuerzo. A nosotros no nos llega el tiempo para muchas cosas y a ellos les sobra para casi todo, no tienen otra cosa que hacer. Su vida es un quehacer inagotable.
De vuelta en casa, JM nos da un desinfectante para lavar las manos. Hoy alubias y arroz para comer. Por la tarde duermo una siesta.
ChT nos lleva a las tres y media, hora local, al centro juvenil. Todos los jóvenes quieren jugar con nosotros y hacen grandes fiestas cuando nos ganan. Son inteligentes. Juego varias partidas a las damas y luego al billar americano, hasta que uno me gana, entonces todos lo festejan y da gusto verlos tan felices, mostrando dos hileras de dientes muy blancos. Lo cierto es que parece un grupo muy agradable de jóvenes el que allí se reúne. Llueve con fuerza.
Atardece. En casa los niños nos quieren cantar la Rianxeira. Han aprendido los gestos que les enseñaron Imelda y Marieta. Los grabo con la cámara. Hacemos una foto con Dany y se apuntan todos. Marietta me pide la maleta pequeña y preparo un poco la grande. Es la última noche. Da pena marcharse. Sabe a poco, queda hambre de estar aquí, aunque JM siempre está ocupado y no es fácil moverse solo por aquí.
Anochece. JM me firma el convenio por cinco años con la Fundación.. Nos sentamos a cenar. JM no está. Hay arroz, alubias y salchichas. Vemos un rato la tele: están pasando los juegos olímpicos de invierno: patinaje artístico. Vamos desfilando para la cama, de uno en uno, a intervalos: JM, Mauro, Marietta, ChT y yo que paso antes por el baño. Se queda Imelda sola con la tele.
martes, 18 de noviembre de 2008
Mis viajes a Zambia: capítulo IX
Lunes, 13 febrero 2006.
Me levanto a las cinco. Después de asearme y vestirme puedo oír a Imelda que se está duchando. Todavía falta un buen rato para el desayuno y ocupo el tiempo escribir. Internet no funciona, esto es frecuente. No recibí contestación de casa, así que no se si ha leído mis correos. Espero verlo en Lusaka. El cielo está despejado, hará calor. Desayunamos la dieta ordinaria: pan, mantequilla de cacahuete, mermelada de guayaba, cacao con agua y una gota de leche. Imelda le arregla las uñas de los pies al compañero de JM. Mauro no se donde está, Marietta lee “El ciervo” y yo sigo escribiendo. Mi pensamiento vuela a Puenteareas, al verano, a los días largos, al calor. Me imagino a los niños de aquí correteando por la finca, descalzos; seguro que mi hierba silvestre les parecería una alfombra de seda. ¡Qué estupendo tenerlos allí de vacaciones! Pero ¿sería bueno para ellos? Conocer algo y no volver a disfrutarlo.
Aquí la vida, aunque a ritmo lento, también se desliza entre los dedos. Si yo hubiera conocido esto con menos años, pero no puedo retroceder en el tiempo. Lo que ya se ha vivido, se ha gastado y solo nos queda gastar mejor lo que resta. Este es el capital del que todos disponemos: el presente. Gastar cada momento del mejor modo posible, hacer feliz a alguien, ese es el banco que mejor interés nos da. Este niño que está enfermo, Mutare, tiene hipotecada la existencia, limitada a unos pocos años y nosotros vivimos con una esperanza ilimitada. Me hubiera gustado que mi esposa estuviera aquí, pasear con ella, sentir su mirada sobre estos niños, ver su sonrisa tan llena de bondad, derramada sobre estas pieles morenas que reciben el cariño con avidez insaciable. Son ingenuos, me dice JM, se lo creen todo. Y pienso si esa no es la mejor forma de vivir, si la confianza no es generadora de un bienestar de otro modo inalcanzable. Creer en el otro es sentirse seguro y si alguna persona pierde la confianza en nosotros ¿cómo podrá recobrarla?
Hay experiencias en la vida que regeneran y está pienso que es una de ellas. El camino recorrido hasta aquí con baches y tropiezos forma una experiencia enriquecedora. No se puede renegar de la propia vida, porque somos como los caracoles, que construimos nuestra casa con todo lo que vivimos y hemos de llevarla a cuestas ¿Cómo conseguir que no pese? O bien la casa es ligera o el que la lleva es tan fuerte que no le supone un esfuerzo imposible y doloroso llevarla. Lo vivido no puede cambiarse, así que si la casa es pesada, no queda otro remedio que ponerse en forma para transportarla sin sucumbir bajo su peso. La mañana, esta mañana está formando parte de mi vida, pronto se convertirá en recuerdo, pero ahora que lo estoy viviendo he de poner todos los sentidos en tensión para no dejar de percibir cuanto acontece, para enriquecer precisamente esos recuerdos. Paciencia e impaciencia, todo a la vez. Paciencia para esperar que los acontecimientos se sucedan, sin pretender dominarlos. Impaciencia para no perder la oportunidad de enriquecer el presente con acciones que de no tenerlas hacen hueco, un vacío difícil de llenar.
Son las nueve, nos vamos con ChT, el compañero de JM. Nos lleva en su vehículo, un mitsubishi que no es suyo sino prestado. No tiene cubierta atrás y ahí van las chicas, tomando el sol. Mauro y yo vamos delante. Primero nos enseña el centro juvenil. Son dos edificios de ladrillos. Confeccionados con una máquina propia. El proyecto se llama Kadida y pretende que haya formación y ocio. ChT nos explica que son necesarios dos locales más para completar, cuyo coste está sobre los 4.000 euros. Nos muestra la máquina que hace los ladrillos. Es un armatoste en apariencia sencillo, pero el problema que tiene es que se necesita ser un experto en manejarla, eso añade el coste de un técnico para contratar la máquina, por lo que no resulta muy rentable. Desde allí, por una carretera de tierra, infame por las lluvias vamos a la guardería, constituida por dos casas. En una de ellas, en lo que sería el comedor, están los niños con la profesora, la otra es la vivienda de esta. Necesitan construir otro edificio porque pretenden que sea un centro de acogida diurno, con comedor. Los niños son huérfanos por el SIDA, su pizarra son las paredes. A la vuelta Mauro y yo subimos atrás. Se disfruta del aire libre, aunque es preciso sujetarse bien con una mano para no caer y con la otra evitar que el viento te lleve el gorro.
ChT nos lleva a ver la casa que está haciendo para su hijo adoptivo Marlon. Es hermosa y con una gran finca. Allí el terreo no se compra, se consigue una concesión por un largo periodo, que se puede prorrogar. Al regreso Mauro y yo fotografiamos el molino de la misión, una de las dos fuentes de ingresos de la misma, la otra es el autobús, porque allí, cada uno tiene que valerse por si mismo, no se reciben ayudas externas, cada misión, cada diócesis tiene que ser autosuficiente. Al poco rato es la comida. Después JM se queda dormido en el salón, Marietta lee, Imelda se va a la Kimsansha, Mauro mira las fotos de su cámara en la sala. Me entran unas ganas irresistibles de regalarme una siesta. Estoy un buen rato sobre la cama, hasta que JM nos avisa que a las tres y media subiremos la montaña que hay frente a la misión. Se llama Kamusongolwa.
Nada más salir a la carretera un camino recto llega hasta la base de nuestro objetivo. Nos acompañan dos nativos con machetes, porque dice JM que es posible que haya maleza por las lluvias, así que nuestra expedición es como un pequeño safari. Cerca ya del destino, nos desviamos por un camino estrecho entre maizales. Caminamos en fila india. El sol es fuerte. Comienza la pendiente. Ellos apuran y me cuesta aguantar el ritmo, me entra la fatiga, me falta aire. El último tramo es entre rocas. El pantalón se me pega a las piernas por el sudor. Los diez metros finales, casi verticales, se hacen interminables. Cuatro niños de la misión, que nos han seguido, llegan antes que nosotros y se mueren de risa con nuestras fatigas.
Desde la cumbre la vista es inmensa, el país es muy llano. Vemos perfectamente la misión desde allí y todo Kasempa. Apenas hay donde poner los pies en la roca. Marietta descansa bajo un paraguas de colores. Tomamos las fotos de rigor para el recuerdo. Luego la bajada es muy rápida. Cuando llegamos a casa estoy empapado en sudor. Es un alivio tomar una ducha caliente, la primera desde que estamos en Kasempa.
Marietta e Imelda arreglan los pantalones deportivos de JM, porque le quedan largos. Esperamos por el para cenar. Hay judías con huevos cocidos. Tras un poco de sobremesa, nos vamos a la cama: estamos agotados.
Me levanto a las cinco. Después de asearme y vestirme puedo oír a Imelda que se está duchando. Todavía falta un buen rato para el desayuno y ocupo el tiempo escribir. Internet no funciona, esto es frecuente. No recibí contestación de casa, así que no se si ha leído mis correos. Espero verlo en Lusaka. El cielo está despejado, hará calor. Desayunamos la dieta ordinaria: pan, mantequilla de cacahuete, mermelada de guayaba, cacao con agua y una gota de leche. Imelda le arregla las uñas de los pies al compañero de JM. Mauro no se donde está, Marietta lee “El ciervo” y yo sigo escribiendo. Mi pensamiento vuela a Puenteareas, al verano, a los días largos, al calor. Me imagino a los niños de aquí correteando por la finca, descalzos; seguro que mi hierba silvestre les parecería una alfombra de seda. ¡Qué estupendo tenerlos allí de vacaciones! Pero ¿sería bueno para ellos? Conocer algo y no volver a disfrutarlo.
Aquí la vida, aunque a ritmo lento, también se desliza entre los dedos. Si yo hubiera conocido esto con menos años, pero no puedo retroceder en el tiempo. Lo que ya se ha vivido, se ha gastado y solo nos queda gastar mejor lo que resta. Este es el capital del que todos disponemos: el presente. Gastar cada momento del mejor modo posible, hacer feliz a alguien, ese es el banco que mejor interés nos da. Este niño que está enfermo, Mutare, tiene hipotecada la existencia, limitada a unos pocos años y nosotros vivimos con una esperanza ilimitada. Me hubiera gustado que mi esposa estuviera aquí, pasear con ella, sentir su mirada sobre estos niños, ver su sonrisa tan llena de bondad, derramada sobre estas pieles morenas que reciben el cariño con avidez insaciable. Son ingenuos, me dice JM, se lo creen todo. Y pienso si esa no es la mejor forma de vivir, si la confianza no es generadora de un bienestar de otro modo inalcanzable. Creer en el otro es sentirse seguro y si alguna persona pierde la confianza en nosotros ¿cómo podrá recobrarla?
Hay experiencias en la vida que regeneran y está pienso que es una de ellas. El camino recorrido hasta aquí con baches y tropiezos forma una experiencia enriquecedora. No se puede renegar de la propia vida, porque somos como los caracoles, que construimos nuestra casa con todo lo que vivimos y hemos de llevarla a cuestas ¿Cómo conseguir que no pese? O bien la casa es ligera o el que la lleva es tan fuerte que no le supone un esfuerzo imposible y doloroso llevarla. Lo vivido no puede cambiarse, así que si la casa es pesada, no queda otro remedio que ponerse en forma para transportarla sin sucumbir bajo su peso. La mañana, esta mañana está formando parte de mi vida, pronto se convertirá en recuerdo, pero ahora que lo estoy viviendo he de poner todos los sentidos en tensión para no dejar de percibir cuanto acontece, para enriquecer precisamente esos recuerdos. Paciencia e impaciencia, todo a la vez. Paciencia para esperar que los acontecimientos se sucedan, sin pretender dominarlos. Impaciencia para no perder la oportunidad de enriquecer el presente con acciones que de no tenerlas hacen hueco, un vacío difícil de llenar.
Son las nueve, nos vamos con ChT, el compañero de JM. Nos lleva en su vehículo, un mitsubishi que no es suyo sino prestado. No tiene cubierta atrás y ahí van las chicas, tomando el sol. Mauro y yo vamos delante. Primero nos enseña el centro juvenil. Son dos edificios de ladrillos. Confeccionados con una máquina propia. El proyecto se llama Kadida y pretende que haya formación y ocio. ChT nos explica que son necesarios dos locales más para completar, cuyo coste está sobre los 4.000 euros. Nos muestra la máquina que hace los ladrillos. Es un armatoste en apariencia sencillo, pero el problema que tiene es que se necesita ser un experto en manejarla, eso añade el coste de un técnico para contratar la máquina, por lo que no resulta muy rentable. Desde allí, por una carretera de tierra, infame por las lluvias vamos a la guardería, constituida por dos casas. En una de ellas, en lo que sería el comedor, están los niños con la profesora, la otra es la vivienda de esta. Necesitan construir otro edificio porque pretenden que sea un centro de acogida diurno, con comedor. Los niños son huérfanos por el SIDA, su pizarra son las paredes. A la vuelta Mauro y yo subimos atrás. Se disfruta del aire libre, aunque es preciso sujetarse bien con una mano para no caer y con la otra evitar que el viento te lleve el gorro.
ChT nos lleva a ver la casa que está haciendo para su hijo adoptivo Marlon. Es hermosa y con una gran finca. Allí el terreo no se compra, se consigue una concesión por un largo periodo, que se puede prorrogar. Al regreso Mauro y yo fotografiamos el molino de la misión, una de las dos fuentes de ingresos de la misma, la otra es el autobús, porque allí, cada uno tiene que valerse por si mismo, no se reciben ayudas externas, cada misión, cada diócesis tiene que ser autosuficiente. Al poco rato es la comida. Después JM se queda dormido en el salón, Marietta lee, Imelda se va a la Kimsansha, Mauro mira las fotos de su cámara en la sala. Me entran unas ganas irresistibles de regalarme una siesta. Estoy un buen rato sobre la cama, hasta que JM nos avisa que a las tres y media subiremos la montaña que hay frente a la misión. Se llama Kamusongolwa.
Nada más salir a la carretera un camino recto llega hasta la base de nuestro objetivo. Nos acompañan dos nativos con machetes, porque dice JM que es posible que haya maleza por las lluvias, así que nuestra expedición es como un pequeño safari. Cerca ya del destino, nos desviamos por un camino estrecho entre maizales. Caminamos en fila india. El sol es fuerte. Comienza la pendiente. Ellos apuran y me cuesta aguantar el ritmo, me entra la fatiga, me falta aire. El último tramo es entre rocas. El pantalón se me pega a las piernas por el sudor. Los diez metros finales, casi verticales, se hacen interminables. Cuatro niños de la misión, que nos han seguido, llegan antes que nosotros y se mueren de risa con nuestras fatigas.
Desde la cumbre la vista es inmensa, el país es muy llano. Vemos perfectamente la misión desde allí y todo Kasempa. Apenas hay donde poner los pies en la roca. Marietta descansa bajo un paraguas de colores. Tomamos las fotos de rigor para el recuerdo. Luego la bajada es muy rápida. Cuando llegamos a casa estoy empapado en sudor. Es un alivio tomar una ducha caliente, la primera desde que estamos en Kasempa.
Marietta e Imelda arreglan los pantalones deportivos de JM, porque le quedan largos. Esperamos por el para cenar. Hay judías con huevos cocidos. Tras un poco de sobremesa, nos vamos a la cama: estamos agotados.
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